EL
OTRO
Hombre llega a
un pueblo suburbano. Desde la estación camina sin
rumbo. Todas las cosas allí le parecen pequeñas...
o hechas para gente pequeña. Con el sol ya bastante
bajo, desemboca en una plaza. Se sienta. Oblicuamente y
a lo lejos algo llama su atención: una persona realizando
indefinidos rituales.
La lejanía y la penumbra le escamotean detalles,
pero le permiten observarlo sin ser descubierto.
La plaza se va entregando a la oscuridad como en retazos.
El observador entreve a la distancia el cuerpo tosco y voluminoso
del otro. En la cara se le antoja colocarle un mezcla de
brutalidad e inocencia.
Se inclina por atribuir a los síntomas de la locura
los misteriosos movimientos que aquel efectúa. Admite
con pesadumbre que la locura también depende de leyes
rigurosas, que exigen tributos ineludibles, como esa combinación
de actos obsesivamente perfectos y austeros, que sólo
requieren de la obediencia del hombre que permanece de pie,
en el límite de su casa y la vereda, o que alternativamente
se pone en cuclillas palpando el aire con las manos, como
si elaborara un infinito dibujo, un interminable tejido,
como si de ese modo alabase a un Dios cercano y tangible
A veces el ritual parece estar sólo destinado a ser
una mortificación física. Pero en ocasiones
ese esfuerzo se traslada al espacio, desparramando en él
puntos imaginarios, que luego, con prolijidad de mimo, el
hombre intenta enhebrar.
La noche ya está muy fría. El observador sigue
abstraído en su hallazgo, que ahora es sólo
un punto lejano y oblícuo, apenas visible sobre el
fondo de la calle.
Siente pena de sí mismo, porque un inexplicable peso
lo mentiene y quieto y condenado a observar todo aquello.
Recuerda que por la noche los trenes empiezan a ralear,
y se siente un poco perdido.
En un determinado momento, su hombre interrumpe la inagotable
tarea y se introduce en la casa.
El observador, cediendo a una curuiosidad que califica de
morbosa, decide acercarse. Cuando está a media cuadra
piensa, "es ridículo gastar tiempo en esto,
a ver si todavía pierdo el último tren".
A un par de metros de la casa lo asalta una ligera confusión,
que pronto se convierte en vértigo. Superado el mal
trago, continúa avanzando hasta tropezar con el cerco
de delgadísimas fibras de alambre, que el otro había
estado elaborando pacientemente aquella tarde.
Daniel Herrera
Empleado
46 años
Mar del Plata (Argentina)
Hobby: Literatura
Escribile
al autor
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