Una soleada y cálida tarde de otoño, donde la tranquilidad y el silencio ocupaban la mayor parte del territorio, se transformó inexplicablemente en una tormenta brusca y ventosa, que golpeaba con furia lo que se interponía en su camino. El mar se quejaba, azotando con sus largos brazos que se enrollaban a "La Pitonisa", en la cual se encontraba bamboleándose Pablo, un marinero hijo del vendedor de pescados y mariscos del pueblo. Desplegaba las velas, mientras trataba de tomar el timón con su mano, pero el viento era demasiado fuerte para que éste pudiera mantenerse en pie. Su cuerpo se trasladaba violentamente de un lado a otro por el pequeño barco. El cielo, repleto de nubes, bañaba todo el océano con lo que parecían miles de pequeñas agujas, que se clavaban una tras otra rápidamente en el indefenso marinero. "La Pitonisa" no dejaba de dar vueltas por todo el lugar, tambaleándose tanto, que en varias ocasiones las olas hambrientas, intentaban comérsela y hundirla en el profundo mar. Los relámpagos eran los únicos destellos de luz que se percibían cada tanto. Todo se encontraba tan oscuro que parecía medianoche, pero seguía siendo de tarde, esa misma tarde que había sido una vez tan hermosa y serena. Pablo , luego de tanto luchar contra la naturaleza, ya se encontraba muy herido, y después de un golpe doloroso en su cabeza, quedó completamente inconsciente.
Llegó nuevamente una mañana calurosa y colorida. El extenso mar se encontraba ahora calmado y en paz, y un rayo de luz incandescente que provenía del sol, saliendo del horizonte, penetró en los lastimados ojos de Pablo, los cuales se abrieron lentamente. Se hallaba tendido sobre uno de los restos de su querido barco, con su ropa humilde completamente desgarrada y sucia, al igual que su cuerpo. Cautelosamente consiguió levantarse. Observó su alrededor por unos instantes y luego volvió a desparramarse sobre el trozo de madera en el cual se encontraba apoyado. Como el marinero se lo esperaba, lo único que consiguió ver cuando levantó la vista fue agua y cielo. Se situaba en el medio del océano, a miles de kilómetros de la civilización y sin provisión alguna. Estaba tan exhausto que volvió a dormirse tan pronto cerró sus ojos, o quién sabe... tal vez deseaba dormir para creer que lo que estaba viviendo era una terrible pesadilla, y cuando se levantara estaría navegando felizmente en "La Pitonisa", esperando llegar a su casa con una gran red llena de pescados.
Lo despertó un rotundo golpe. Se incorporó rápidamente para descubrir qué había sucedido y vio que la mitad del trozo de madera en donde él se situaba, se encontraba enterrado en arena. Al principio pensó que estaba salvado, pero se dio cuenta unos minutos después, que se hallaba en una isla desierta. Comenzó a investigar todo a su alrededor, pero era en vano; no había ninguna señal de algún ser humano cerca, solamente enormes árboles y palmeras, arena y tierra. Estaba desesperado; desesperado del hambre, de la soledad, del miedo. ¿Cuánto tiempo podría transcurrir hasta que algún barco lo encontrara?
Trató de calmarse. Respiró profundamente y se sentó en la suave arena. Un centenar de pensamientos le inundaron la cabeza: pensó en cómo iba a conseguir sobrevivir, cómo tratar de escapar, cómo mentalizarse que ésta era ahora su nueva casa. Pensó en su padre, y en lo avergonzado que se sentía por haberlo defraudado. Después de todo, era la primera vez que navegaba en una trayectoria tan larga y complicada; pero falló.
Luego de un rato de profunda meditación, decidió buscar algo de comer. Por suerte era un gran pescador, entonces consiguió unas ramas y hojas y pudo construirse una caña bastante buena. En la noche, tomó dos palos pequeños y prendió una llama de fuego, y más tarde durmió junto a él en una sábana hecha de hojas.
Unos meses ya habían pasado, y Pablo conocía la isla como la palma de su mano. Hasta le había puesto un nombre, "La Isla Destino". Pero había algo en aquel lugar que ignoraba completamente, pero que después de un largo tiempo pudo descubrir, gracias a un animalito escurridizo que molestaba continuamente al marinero. Pablo comenzó a excavar cada vez más aprisa para poder alcanzarlo, pero en el camino profundo que estaba construyendo, encontró algo duro que lastimó su mano derecha. Siguió desenterrando para ver qué era, y mientras más lo hacía, más fuerte era el latido de su corazón. Cuando observó la pieza entera, sus ojos comenzaron a derramar lágrimas, y rápidamente lo sacó del pozo y lo depositó en la arena. Era tan pesado que demoró tiempo verlo a su lado, pero cuando lo consiguió, tomó una rama filosa que se encontraba cerca y rompió el candado con el cual estaba encerrado el cofre de madera. Ilusionado por encontrar las más brillantes monedas y joyas, abrió con violencia la tapa. Quedó mudo. Perplejo. Dentro de esa caja sucia y llena de algas, se podían observar miles de monedas doradas, perlas cristalinas, diamantes que brillaban con intensidad, y muchos objetos de oro y plata. Su cara se empalideció más de lo que se encontraba, y mantenía los ojos tan abiertos que parecía que saldrían disparados hacia el cofre. Pensó que estaba alucinando, pero cuando se acercó y cogió un jarrón de oro cubierto de perlas supo que era tan real como la arena que sentía en sus pies. Luego de la tranquila y sorpresiva primera impresión al darse cuenta que era millonario, comenzó a correr, saltar y cantar por toda la isla; y este sentimiento de felicidad se extendió por varios días más.
Lo primero que siempre realizaba Pablo en las mañanas, y lo último en las noches, era contar una por una todas las piezas, y luego pensar en qué se podría comprar con ellas: una mansión, cinco autos, un restaurante de mariscos. Tal vez si su padre lo viera llegar con ese tesoro, lo perdonaría por haberlo defraudado. Ya no estaba tan deprimido como antes, sino que ahora pensaba positivamente, creyendo que algún día, estaba seguro que alguien lo rescataría. ¿y por qué no podría ser mañana?
Día a día, el tesoro se fue convirtiendo en su única esperanza, y se volvió tan dependiente de él, que no lo abandonaba nunca. Y así transcurrieron años y años; la barba cada vez estaba más crecida y blanca, e iban marcándose arrugas en su cuerpo.
Pero un día inesperado, donde la marea se encontraba más serena que de costumbre, Pablo vio como se acercaba a la isla, un puntito negro que a cada paso se hacía más visible. Cuando por fin pudo presenciar lo que era, se emocionó tanto que dejó su cofre y se incorporó para poder alcanzar a la pequeña balsa, manejada por un joven, que se aproximaba lentamente hacia "La Isla Destino". Pablo gritaba y gritaba pidiendo ayuda, mientras se imaginaba su restaurante y la cara de su padre cuando llegara nuevamente a su pueblo. La balsa chocó contra la arena como lo había hecho hace tantos años, el pedazo de lo que quedaba de "La Pitonisa". El chico de la balsa le ofreció a Pablo llevarlo a su casa, y éste tan entusiasmado, corrió a su escondite a buscar su tesoro para colocarlo en la barca. Cuando lo tomó con sus dos manos, ya dispuesto a llevárselo consigo, razonó unos instantes y se dio cuenta que si le mostraba el cofre al joven, éste lo querría para sí y tendría que compartirlo. No iba a permitir eso de ninguna manera, él lo había encontrado y cuidado por tanto tiempo, entonces se le ocurrió una simple idea: si el joven le llegaba a proponer repartirlo entre ambos o si tenía en mente robarlo, lo mataría. Con el plan ya realizado, sin más vueltas, cogió el tesoro y se dirigió a la balsa, donde el hombrecillo aguardaba. El chico se sorprendió al principio al ver el cofre, pero luego miró a Pablo y le dijo que iba a ser imposible llevar la caja, ya que se hundiría la balsa con tanto peso. El viejo marinero no lo pensó dos veces, y le respondió al joven de la balsa que si el tesoro no iba, él tampoco. Tratar de convencer a Pablo era en vano, no había manera de que se subiera a la balsa sin su preciado tesoro. El chico sintió pena por el marinero, pero dio media vuelta y se fue navegando sólo, al igual que como llegó.
Unos años más pasaron, y Pablo, ya cansado y anciano, falleció en la solitaria "Isla Destino", junto a su tesoro lleno de oro.
Su esqueleto reposaba tranquilamente, cuando tiempo después, un gran barco pesquero llegó a la pequeña isla. Varios hombres desembarcaron y comenzaron a inspeccionar el lugar. Detrás de dos palmeras gigantescas, encontraron una cueva oscura, y decidieron entrar. Avanzaron con cautela, y en la mitad del camino, divisaron una gran caja de madera gastada, y a su lado el esqueleto de una persona, abrazando el cofre con todas sus fuerzas. Uno de los hombres se aproximó sigilosamente hacia allí, limpió con su mano la tapa del cofre, y lo abrió. Dentro no había monedas doradas, ni diamantes brillantes, ni joyas o perlas, sino que simplemente un montón de algas amarronadas y ropa vieja, toda perfectamente bien doblada y acomodada. Los hombres estaban confundidos y querían seguir explorando, pero un ruido estremecedor que provenía de adentro de la cueva, los hizo salir de ésta apresuradamente. Volvieron a su barco, y se dirigieron a su destino, observando desde lo lejos, cómo la montaña en la cual aquella cueva se encontraba, se desvanecía poco a poco y acababa con la isla, hundiéndola en el mar.