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El secreto del gringo rojo -Un horrible disparo en la cabeza mató a la princesa, hace tanto tiempo. Yo conocí a Laureano Barreda. Había trabajado muchísimo tiempo en mis campos, en condiciones casi de esclavitud-¡a veces hay que ser duro en la faena, señor!-, y le di, pues, porque ya no me servía, un viejo Colt 38 largo, como pago, aunque a usted le extrañe semejante desprendimiento. El mismo calibre de lo que se encontró en la cabeza…Y nunca, ¡nunca!-continuó el hombre, con cierta agitación-, pudo saberse exactamente quién hizo aquella atrocidad. Se sospechó de algunos, pues la bala coincidía con el arma; sobre todo, y con razón, de Barreda, que escapó del pueblo. Lentamente él encendió la pipa que solía usar después de la cena, y luego el humo merodeó sus isleñas barbas, todavía rojas como crepúsculos melancólicos. -Casi por milagro, no hubo orificio de salida; tal vez el tirador andaría no muy cerca. Yo guardé aquella bala como una prueba de mi afecto-la sacó entonces de un bolsillo de su chaqueta, y, ante mi asombro y extrañeza, la exhibía ante mí. A la bala, pues, la dejó sobre la mesa de caoba que estaba a un lado; el inglés parecía misteriosamente sereno. Entonces se levantó y dirigió sus manos hacia un cajón de la misma mesa; extrajo algo del cajón: parecía aquello un poco pesado y largo, envuelto en un pañuelo; yo no pude, por el momento, reconocer qué era. Me sonrió; reposó el paquete en el elegante sillón vacío que tenía frente al suyo, dejándolo muy a su mano cuando se volvió a sentar. Y su sonrisa tenía algo de picardía. Quizá, me parece, hacía mucho tiempo que el gringo estaba entre nosotros. -Usted estuvo muy enojado cuando ella fue a la casa de Lola-dije algo turbado, hace ya tanto tiempo de ello que veo a mis recuerdos entre las nieblas de la vejez. Hicimos, pues, un silencio opresivo; añadí a mis palabras anteriores: -Creo que entiende lo que digo. -¡Era una infamia!-gritó, sí, llegó a gritar el flemático inglés de las pampas-¡Una infamia que no se podía tolerar! -Todos tuvimos que tolerarla-insinué. De pronto se dio vuelta, y miró hacia la ventana. -Usted es un amigo-dijo con una sencillez ominosa, haciendo una pausa-. Ha de saber que tengo cáncer-agregó al fin-. Así es que no me queda mucho de vida. Y la muerte afloja la lengua. Hace muchísimos años que Thomas Bridges llegó a las pampas bonaerenses. Los chicos y yo estábamos, como siempre, en el bar de Flores, un mulato que regentaba aquel lugar todo sucio, donde bebíamos ginebra y cerveza, dejando al buen Dios pagar. Pero Flores nos tenía miedo. Aunque todos los que allí acudíamos comenzamos a tenerle miedo a quién, tiempo después, se le diera el término de “el inglés” como apellido y bautizo. Digo estas cosas de Bridges, de nosotros, de mí mismo, para que me comprendan. Al fin y al cabo, no éramos, en todo este asunto, en esta confesión, una serie de individuos. Éramos, en verdad, el pueblo. Después trabé amistad con él, al doctorarme en derecho por la Universidad de Buenos Aires, cuando volví a la localidad de Villa Adelina. Frecuenté su casa por muchos años, pues era uno de los pocos que podía hablarle en la lengua natal. Juntos leíamos el Herald en voz alta; luego compartíamos unas cenas silenciosas. Yo recordaba todavía aquello- pronto sabrán qué-, entre la fría intimidad que cultivábamos. -Hace muchos años. Nunca sabremos quién la mató-dije y recordé, no sé porqué, tomando un poco de mi café. Él me miraba profundamente… -Siempre nos preguntábamos-suspiraba Bridges, entre aro y aro de humo-quién y porqué la había matado. Un crimen viejo-decía-, tan viejo como la maldad. Tan viejo como yo lo soy, amigo. Todavía lo recuerdo con una nitidez asombrosa, cuando Thomas Bridges vino a tomarse la primera caña a lo de Flores. Debo decir que al lado, en una casa blanca y de baja estatura, encajonada detrás de un jardín con malezas, estaba la notoria casa de prostitución de Doña Lola. De los grandes pueblos cercanos venían a ese lugar, y también nuestros lugareños; yo ya había probado los secretos eróticos ese año, a los dieciocho. Fue aquel día, cuando llegó a lo de Flores, en que el inglés Bridges, o el gringo rojo, como lo llamarían algunos, nos dirigió por vez primera la palabra. -Dejen de hacer ruido de una vez-dijo, habiendo dado cuenta de una caña, sentado en una de las pequeñas y derrengadas mesas del sucio bar. No puedo imitar ni transcribir su extraño acento. Nosotros nos burlamos. Pero Bridges sacó un pequeño cuchillo. -Si alguien lo quiere probar-dijo, sopesándolo en la mano-, que avise. Yo siempre convido. Adivinarán, para mi vergüenza, que entonces se hizo dueño de nuestra admiración. Desde entonces guardamos todo el respeto al gringo rojo, que se instaló en la misma casita victoriana en la que cenara y departiera yo años después, casita que había comprado a otro inglés que trabajaba para el reciente ferrocarril. Aquel fue el primer día en que empecé a comprender a nuestro nuevo morador. Parecía sereno cuando nos hablaba; su serenidad, sin embargo, escondía un bien disimulado fanatismo. Sí, es una especie de sombrío código, de ley popular, lo que me hace recordar al inglés. -Era hermosa-me decía, fumando su pipa y mirando hacia las ventanas del pasado-. Trabajaba cerca de mi casa, en el miserable rancho de los Irala. Señor-dijo-, no comprendería, usted, cómo un hombre mayor, un viejo, y casado además, puede enamorarse de la manera en que yo me enamoré. Siendo, empero, la muchacha extraña y ajena a mi patria. -Así, pues, estaba enamorado. El gringo rojo resopló. -Pero mi amor era distinto al común, era secreto. Yo la respetaba-¡qué significado tenía para Bridges, para mí, para nosotros, esta última palabra!-. Hasta que tuvo que…ejem…trabajar. Suspiró. -Me sorprende, señor Bridges-dije a mi vez-. Jamás pensé que escondiera ese amor por la princesa. Nos sorprendimos, sí, cuando la deliciosa jovencita fue descubierta como una de las muchachas de Doña Lola. Ella era muy pobre. Desafiando pesimistas expectativas, nadie la odiaba por ello, ni siquiera las mujeres que asistían a la iglesia destartalada. Claro que no duraría mucho semejante piedad. -Cuando apareció en el campo, camino a su casa, con un tiro en la frente-me decía Bridges, en la noche que les estoy recordando-, yo me sentí contento. ¡Sí, contento! Decían que Barreda había hecho su trabajito, algo sentimental. Él tenía el Colt 38; ya le dije que yo mismo se lo había dado. Aguardó el efecto de sus palabras, pero me quedé quieto en mi asiento. -Mi padre era un inglés que participó en la guerra civil norteamericana; le quedó de ella un afectuoso apego por las armas. Me regaló, a mí también lo mismo que yo a Barreda, un Colt 38 largo que había sido para su uso propio. Todavía conservo el arma… La otra me la gané en una reyerta, con muerto y todo. Sería la que le di como pago a un peón que trabajó mucho en mis campos. El arma de Barreda quiero decir. Se levantó de su asiento, con aquella misma lentitud magnífica que yo conservara en mi memoria, quizá sorprendido de que mi mente aún no descifrara sus enigmáticas palabras. Entonces abrió el paquete y me lo dio con la bala, a mis manos que se habían abierto. Y se puso a sollozar, débil, poniendo una cara sobre su mano. Luego alzó aquella mirada glacial. Como si el mar no existiera. -¿Tengo que deletreárselo, mi joven huésped? ¡Lo mejor que podía hacerse con ella era matarla! ¡Matarla! El pajonal yo lo conocía, y era de noche. Esperé tranquilo; al rato, no había un alma por ahí, excepto la princesa, como le decíamos, que iba para el rancho, y yo. ¡Ella era tan suave! Estaba un tanto lejos de ella tal vez, pero pude verla con cierta claridad. Me sonrió, bajo la luna, y no dijo nada. Pero luego quería que quedara otro recuerdo además de su sonrisa. El médico del barrio también era británico, escocés; me confió la bala que había sacado de la cabeza de la víctima porque era un hombre callado y propendía, al igual que todos nosotros, a una absoluta confianza por la raza. Hizo una pausa. Murmuró, como quitándose el peso que llevaba encima, a punto de tener después la pesada e inexorable losa de la muerte: -Y ésa, la que envolví en un pañuelo durante tantos años y que ahora tiene en sus manos tal vez para siempre, es mi arma, sí, la verdadera arma asesina. ¿Qué, me mira? ¿Se sorprende?-entonces se puso a pasear por la habitación ovalada, completamente indignado y asombrado-¡Es que no hay hombres acá! ¡No había quién pudiera dejar de hacer sufrir a esa desamparada muchacha! El honor puede ser la muerte, querido amigo. Cualquier niño se hubiera dado cuenta de lo que quise decirle durante toda esta noche-se agitó, con un aire de locura. Luego preguntó: -¿Puede comprenderme? Si lo hubiera hecho Barreda, pero no… Me sirvió para mi plan-continuaba Bridges-, porque la justicia de los hombres no se podía permitir someterse a la justicia de la ley, que siempre falla y nunca es…honesta. -¡Pero señor Bridges!-y cuando exclamé ello, me parecía todavía verlo la primera vez en el bar, autoritario y autoridad a la vez. El pueblo. La admiración. -Sé que guardará mi secreto. Ahora es mío, pero también suyo-dijo, y los años, como el humo de su pipa, envolvieron nuestras manos, nuestras almas, nuestro pueblo y quizá todas las pampas que viéramos crecer... Y, al fin, quien escribe estas líneas va pasando los noventa, ya anciano y moribundo; mucho me temo, lectores, que la hora fatal no ande muy descarriada de mi camino. Bueno, a todos nos ha de llegar. Tengo ante mi vista, en una vitrina, el Colt 38 del padre del inglés y la bala asesina, de la misma arma, de la misma mano que estreché. El día, entonces, en que le entregué mi mano al gringo rojo, al inglés Thomas Bridges, dejando el Colt y la bala de la princesa sobre la mesita de caoba para ello, me puse la misma losa encima. Y me alojé en el silencio, sabiendo que una extraña convención había matado a la bella Irala. Que alguien tomó en sus manos la propia dignidad de la joven, y la había librado de ella, tanto como del supuesto vicio. Al poco tiempo Bridges murió, dejándome su secreto; fue enterrado en nuestras llanuras que le eran tan y tan extrañas. Aún era un pueblo lleno de baldíos y lodazales, solitario, donde cualquiera se enterraba en cualquier lado. Por mucho tiempo, pues, no recordé dónde estaba su última morada y luego, sintiendo la gravedad de mi conciencia, escogí un lugar supuesto. Allí le rezo, a la tumba que postula mi desasosiego, con todas mis fuerzas. Porque espero que alguien me rece la mía. Creo que he hablado del honor de otro hombre. Es difícil comprender a un hombre, menos todavía cuando dicho hombre, pese a ser extranjero, es parte y se confunde con un pueblo. Ahora escribo porque la muerte me aguarda. Pero he llegado a comprender que el viejo apretón de manos, y el silencio que obedecí luego, no se debían tanto a Bridges. Se debía a una maligna ley popular. Era la ley de un lugar al cual había que obedecer. Éramos todos nosotros que, oigan la verdad, también nos aliviamos cuando supimos que nuestra virtud había triunfado, aunque fuera mediante la muerte de la princesa que queríamos salvar. Que alguien rece en algún rincón donde mis llanos decidan dormirme; en un sueño verdadero, sólido, eterno. Y, sobre todo para mi pobre alma, culpable y condenado…
Autor: Arboces
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