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La invitación Tenía que visitar a su amigo Dan y no llegaba nunca. Se sentía perdida. Esa dirección era de lo más extraña, ningún medio de transporte dejaba bien, y como no permitían llevar auto, había que caminar bastante una vez que se dejaba el vehículo que podía alcanzarlos. Dan la había telefoneado un par de días antes para invitarla a conocer su oficina y su nuevo pueblo, la invitó a pasar el fin de semana. No se podía creer que respondiendo a avisos de los periódicos se encontraran trabajos como ese: buen sueldo, pocas horas y trabajo administrativo liviano. La única incomodidad era la falta de medios de transporte, el pueblo tenía propuesto llevar adelante un proyecto de salud ambiental y no los permitían. Dan era un tipo equilibrado, por lo tanto, no había que desconfiar de su palabra, tenía que ser verdad todo eso. Por eso ella fue a verlo, aunque la localidad quedara un tanto...digamos...apartada. Al fin llegó, la entrada no decía nada, no tenía nombre ni carteles de bienvenida ni nada por el estilo, pero era ese el sitio, sin duda. Entró, caminó, tenía que encontrar la calle Rincón, oficina de la casa 5. A medida que entraba en el pueblo, comenzó a sentirse inquieta. Las casas estaban una al lado de la otra, algún comercio que otro vacíos de clientela, tan solo podía verse a quienes atendían tras el mostrador, todos con la misma expresión distante y aburrida. Las casas eran raras, la estructura edilicia le hacía recordar a las bóvedas que se veían en el cementerio de la Chacarita. Intranquila, la visitante comenzó a sentir miedo. Observó un detalle extraño, al lado de cada casa había una oficina, parecían oficinas inmobiliarias, en todas había gente trabajando, gente que respondía al mismo perfil: hombres jóvenes, no mayores de 35 años, trajeados y bien parecidos. Dan respondía a ese perfil por lo que su amiga dedujo que había encontrado trabajo en una de esas oficinas. Era curioso, parecía que cada casa tuviera su administrador particular. Comenzó a lloviznar, el día se puso gris y hallándose perdida en ese barrio tan raro, (a pesar de ver gente quedaba la sensación de estar en un pueblo fantasma), decidió dejar de dar vueltas. Entró a una de esas oficinas y preguntó: -¿Sería tan amable de decirme dónde queda la calle Rincón? El hombre, sin levantarse de la silla que ocupaba, señaló detrás suyo: -Siga derecho, al final del pasillo se encontrará con unas escaleras, suba y saldrá directamente a Rincón. Extrañada y asustada siguió las indicaciones, encontró escaleras al final de un largo pasillo, subió, pero al llegar arriba se encontró con un descanso, siguió unos pasos y ...se topó con escalones para bajar nuevamente, como un juego de escaleras sin salida, horrible y espantoso. Trató de recordar por donde había venido para retomar los pasos, bajó por donde pensaba había subido, temblaba y le sudaban las palmas de las manos, hasta que sintió que el alma le volvía al cuerpo al encontrarse nuevamente en el pasillo que la había conducido a las escaleras. Regresó a la oficina, o eso creyó ella, porque la oficina era la misma en apariencia pero el empleado era otro. -Mire señor, voy hasta la calle Rincón, otra persona me indicó que vaya por las escaleras pero fui y por allí no se puede salir. -Tranquila, que sí se puede, estamos sobre la calle Rincón. Caminó hacia atrás, como en las películas cuando se ve un fantasma, de manera que las escaleras habían funcionado..pero...¿dónde estaba?... Salió, el día estaba más gris que nunca y la llovizna presagiaba una fuerte tormenta. Empezó a caminar por ese lugar buscando el número 5, hasta que lo encontró y bendita sea, encontró a Dan trabajando en la oficinas. Se saludaron calurosamente y Dan le mostró su oficina, le explicó su trabajo: en el pueblo cada casa tenía su administración propia para impuestos, luz, teléfono, etc. En ese momento entró un niño de unos siete u ocho años, rubio, hermoso -¿Ese quién es Dan? -Un niño del pueblo que es mi ayudante, le dicen Ochimeme. -¿Cómo? -Ochimeme. A ella le pareció conocer a ese niño, ¿dónde lo había visto antes? ¿y por qué llamó tanto su atención? Seguro que no era por el nombre, a veces hay seudónimos de los más estrafalarios. Al otro día, le preguntó a su amigo detalles sobre el niño. Dan no se había preocupado mucho por él, era como una especie de “chico de los mandados” de las casas de su calle. Lo ayudaba a él y a otros. Por la noche siguió dándole vueltas el tema del niño, no podía dormir y se acercó a una ventana, todo estaba tranquilo, pero no veía al pueblo con los ojos de Dan. Ese pueblo era aterrorizante, con todas sus casas tan iguales, las tiendas eran tristes, la gente era rara, solo unos pocos tenían la vivacidad de Dan. Las primeras sospechas surgieron en su segundo día de visita, ya sabía quien era ese Ochimeme. Ese niño había salido una mañana de su casa para ir al almacén y nunca más había vuelto, era ese sin duda, ella había hecho un trabajo con sus compañeras en la secundaria sobre ese caso, nunca olvidaría ese rostro por lo que les había costado hacer la monografía. Era ese el chico. Lo extraño era que aquello había ocurrido hacía quince años. De estar vivo ese niño tendría ahora unos veintidós años por lo menos. De estar vivo, claro, a no ser que... A no ser que estuviese muerto. Fue allí cuando se le ocurrió por primera vez la idea, en ese pueblo vivían personas muertas hacía tiempo y por alguna razón hacían venir personas como Dan, como ella, les ofrecían ofertas de trabajo, vivienda y luego... Y luego los convertirían en uno de ellos y jamás podrían salir de allí. Ahora le quedaba todo más claro, por eso todo era tan raro allí. No esperó un minuto más y fue a golpear la habitación de Dan. -Tenemos que escapar Dan , esta es una ciudad de muertos. Es una ciudad de muertos, atrapan gente viva con engaños de trabajo para convertirlas en seres como ellos, no sé si a la noche dormirán en sus ataúdes, pero te aseguro que todo es una gran trampa. -¿Pero que estás diciendo? -Me fijé en todos los detalles, la gente, las casas, los comercios, esto es una trampa, uno cae y no sale más. -¿Cómo te diste cuenta de eso? -De a poco, pero la pista fue el niño. -¿Ochimeme? -Sí, ese nene es un muerto. Se perdió como hace quince años, en la escuela nos hicieron hacer un trabajo sobre él, conozco su historia, no hay duda posible. Observa que está siempre igual y no crece nunca, si viviera tendría que tener más de veinte años. -No sé si es verdad o mentira esto, pero no me gusta nada, me estoy asustando, yo también notaba cosas raras pero me cuidé de decir nada, pensé que eran locuras mías. Nos iremos mañana a primera hora. Apenas amaneció salieron a la calle. Caminaban de un lado para otro intentando en vano buscar una salida, que no aparecía por ninguna parte, todas las calles se parecían unas a otras, las casas eran idénticas y no se atrevían a entrar a ningún comercio. Y otro tema, ¿cómo distinguir a los vivos de los difuntos? De pronto, alguien los tomó del brazo, alguien con la mirada fría, penetrante, que les dijo: -¿Cómo no están en la gran fiesta del pueblo? No es conveniente andar por la calle cuando no hay nadie. Vengan conmigo. Sin poder decir nada, los condujo a un salón donde se ofrecía una gran cena o banquete. La gente era rara pero Dan y su amiga se sentaron fingiendo que nada pasaba, hasta se sirvieron canapés, aunque ninguno de los dos pudo comer. No habrían pasado unos diez minutos cuando la joven se levantó y comenzó a gritar: -¡A los que todavía están vivos, huyan, huyan!, porque los mataran para convertirlos en muertos vivos, en estos seres extraños que no se sabe exactamente lo que son ni que propósito tienen pero están armando este pueblo a costa de nosotros. ¡Si no me creen fíjense en Ochimeme, está siempre igual y no crece nunca! Sin detenerse a ver la reacción de los demás, se levantaron y comenzaron a correr, no sabían ni donde iban, ni hacia donde escapaban. Aterrorizados y agotados entraron en una de las casa, tenían miedo que los vinieran a buscar, habían descubierto todo. Una vez dentro se echaron en unos sillones. -Vendrán enseguida, estoy seguro. No terminó de hablar Dan cuando tocaron la puerta y alguien entró, era el individuo que los había llevado a la cena con la mirada más penetrante que nunca. -Pero como se van a ir así, vengan para acá, vuelvan, los espero en el auto. Con un hilo de voz Dan atinó a decir: -Espérennos afuera, que ya salimos. -Dan-susurró su amiga-es mentira, aquí no se permiten autos. -Lo sé, lo dije para que tengamos cinco segundos salvadores y escapar, no sé donde, pero escapar. -Escapemos por la terraza de esta casa Dan, a algún sitio nos conducirá y además por la puerta no podemos salir. Van, pero la escalera que podía llevarlos hasta la terraza estaba rota, cortada, y no se podía utilizar, saltaron por una ventana y salieron a una de las calles de esa extraña ciudad. Sintieron que pasos los seguían, corrieron, por una calle por otra...hasta que en un momento se percató que Dan no estaba, no lo veía. -Dan, ¿dónde estás? ¡tengo miedo! Se vio sola, Dan no estaba, pero tampoco nadie la seguía. Caminó, caminó, las calles iguales, las casas, iguales, y Dan no aparecía. De pronto, en una esquina, un kisoco de golosinas, como los que suele haber en los barrios. Llorando se acercó y de la frustración, el miedo y la impotencia que sentía comenzó a romper todo, a arrojar golosinas al suelo y a vociferar frente a la mujer que atendía el pequeño comercio: -Lo sé, lo sé, ustedes están todos muertos, no son reales, están muertos. -No puedo hacer nada, no puedo hacer nada.-oyó que murmuraba la extraña mujer. Enjuagando su llanto, sonrió al ver lo que creyó su única esperanza: un teléfono público. -Es el primero que veo desde que estoy aquí, tal vez funcione, después de todo, Dan me llamó desde este pueblo para pedirme que viniera. Tres veces intentó poner las monedas en el teléfono, tanto temblaban sus manos que se caían apenas trataba de colocarlas. Hasta que lo consiguió. No había empezado a marcar cuando sintió que una mano fría sujetaba la suya. Se le heló la sangre y se dio vuelta -¡Dan! Que susto me has dado... -¿A quién ibas a llamar? No hagas eso. -Tal vez funcione y sea nuestra última chance de salir vivos de aquí. -No llames a nadie -dijo pausadamente Dan- este es el mejor lugar para quedarse...y nos quedaremos...por siempre.
Autor: Guada Aballe
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