La hiedra

Poco a poco, la enredadera fue cubriendo las paredes de la entrada de la casa, esos enormes muros con ventanas enrejadas, que daban al comedor y a la habitación de la abuela, confundiéndose el color de las hojas, con la pintura verde de las persianas.

-Esta planta está tomando demasiada fuerza, se está extendiendo mucho -comentó quejosa un día.

Nadie hizo caso a sus palabras. Había vivido muchos años allí, advirtiendo como las ramas de la hiedra, progresaban, apropiándose lentamente, del frente de la vieja casa.

Sin embargo, solía regarla, porque sí, cada vez que lo hacía con las otras plantas.

-Ya casi ni veo la calle, un día voy a arrancarla de raíz. .

Había tenido unas palabras con el abuelo, cuando se le ocurrió a él plantar una hiedra.

Ni siquiera daba flores. ¿Por qué no una enamorada del muro, una glicina, una santa Rita? No, era vasco e hizo su voluntad, además, le dijo, que esas trepadoras eran muy sufridas, no necesitaban mucho riego ni cuidado, duraría hasta el día que ellos no vivieran, como prueba de su gran amor. Sería como sus dos cuerpos juntos.

Pasados los años, la planta iba aferrándose a los muros, al alambrado de la entrada, el arco de la puerta, las paredes, y por fin, las ventanas.

A la muerte del abuelo, había pensado podarla completamente; pero no se atrevió, por respeto, o por ese estremecimiento extraño que sintió cuando intentó regarla con agua hirviendo.

Ahora comenzaba a preocuparla el exagerado crecimiento que al parecer, no tenía parate.

La anciana hablaba con su hijo por teléfono, muy de vez en cuando, reclamándole en esas oportunidades, ya que ella no se atrevía, el corte de la planta, con vanas promesas de que sería un día u otro.

La hiedra, completamente enmarañada, cubría ya todo el frente del domicilio, como una gran pared de hojas verdes, lustrosas, una masa densa cuyas pequeñas raíces, se aferraban a cuanto lugar se pusiera a su alcance.

Metida en la cama desde hacía ya dos días, casi sin fuerzas, pensó en aquellas palabras dichas con todo amor, pero que habían sido perentorias, premonitorias.....

"Esta hiedra durará como prueba de nuestro amor, hasta el día de nuestra muerte..."

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se levantó trabajosamente, calzó sus pantuflas , muy lentamente se encaminó hasta la cómoda. Del interior de uno de los cajones tomó unas enormes tijeras de sastre que habían sido de su esposo. Comenzó a cortar las raicillas que sellaban la puerta, pasando una de las puntas afilada por el borde del marco. Desfalleciente, apoyando el cuerpo lo mas que pudo, con un esfuerzo sobrehumano, empujó hacia fuera.

La puerta se abrió. Un raudal de aire y luz entró por la abertura.

Salió al pequeño patio que daba a la calle. Rodeada por aquella planta que solo le dejaba ver un pedazo de cielo muy azul.

Suspiró profundamente el fresco del amanecer. Comenzó a clavar la tijera una y otra vez. Apenas un grito sofocado de dolor, hasta que el tronco quedó separardo.

Arrancadas por una mano crispada, las hojas fueron desprendiéndose, mientras ella se aferraba fuertemente, hasta quedar tendida en el suelo, con la boca y los ojos muy abiertos. Apretadas en una mano, tenía hojas de hiedra y en la otra, la enorme tijera, manchada de savia y su propia sangre.

"Esta hiedra durará como prueba de nuestro amor, hasta el día de nuestra muerte."

FIN

Autor: Guillermo Molina
Fecha de publicación: 03/06/2004


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
12/09/2004 20:23:34 »» miguel:
me gustaria saber si tiene escrito algun llibro con las vivencis de ese barrio gracias