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Luna de octubre Lo primero es escoger un día perfectamente claro, diáfano y dejarlo reposar al viento fresco del atardecer empapado de una buena plática y vino tinto hasta que pardee, se ponga prieto y se convierta en noche impenetrable, déjalo por aparte, luego volvemos con el. Aquí viene el quid de mi receta, escoger la mejor rebanada de luna, fresca, grande, redondita, un círculo perfecto y brillante; tu sabes que en estas lides de la cocina soy categórico, yo solo escojo las lunas de octubre, que son las más bellas, habrá otros menos puristas que te digan que con una luna de agosto o septiembre no se nota la diferencia, pero no les prestes tus oídos a estos necios, la perfección del resultado está en los pequeños detalles (como el lunar junto a tu boca -hablando de lunas-). Ya con la rebanada plateada lista volvamos a la receta. Toma un recipiente grande en forma de valle, con un bosque añejo y montañas coronadas de azúcar , puedes poner un lago y una cabaña por ejemplo, puedes pensar en la cabaña que fuimos hace algunos meses si anda perezosa la imaginación y vivo el recuerdo. Llénalo todo con sonidos de la noche, un grillito por acá, una chicharra por allá un coyote lejano, en fin tu eres mujer diestra en el detalle, derrocha niña bonita. Ya entonces es tiempo de envolver todo esto, cubre todo esto con la noche que habías apartado y macerado en vino y verbo, cierra perfectamente todo el recipiente para que no se cuele ni una chispa de luz perdida, ahora cuelga con amor y cuidado la rebanada de luna , ¿Te la imaginas en medio de las montañas? ¿Reflejándose en el lago ? es tu guiso amor, ve, disfruta como se torna todo en un mundo iluminado de argenta. Toma con dos deditos un poco de polvo de estrellas y espárcelo en el firmamento como adorno, este es tema de otra receta - noche estrellada- de la que también probaremos en otra oportunidad, por último y a manera de detalle con una brocha grande embarra una cuantas nubes por aquí y por allá para enmarcar nuestra luna y darle la oportunidad de esconderse de cuando en cuando, -por que es traviesa y cómplice-, sabe que cuando se esconde me gusta robarte un beso para luego sorprendernos y cubrirnos de plata al otro instante. Llegó el momento de meter todo al horno, siente mi mano, mira mis ojos , siente como esa estorbosa visera llamada corazón se nos quiere salir del pecho como un sapo enloquecido, sólo una vela prendida , el mundo se detuvo un instante , quitémonos todo lo secundario y volvamos a lo principal ... y así vamos a hornear este guiso divino hasta que claree la noche y ya terminado dejémoslo reposar en el espejo de la memoria el resto de nuestras vidas. Leonardo Martos
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