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El gran día Es un día gris y sopla un viento frío. Se diría que el tiempo está consternado. Sólo estamos presentes sus amigos más íntimos, y los únicos que tenía, que quizás por el viento, o quién sabe por cuál otra desconocida razón, nos agrupamos muy cerca junto al féretro, y escuchamos sin oír las palabras rebosantes de caridad del padre oficiante. Este termina al fin su discurso cálido, tanto que a nosotros no nos parece que tenga nada que ver con el difunto, y tras una breve indecisión, Manuel se adelanta para decir unas frases de despedida. Esto siempre será una tarea engorrosa, y no creo que alguien sepa la forma de realizarla de la forma debida; pero Manuel la comienza de la forma más simple: "Ha muerto Pepe: Nuestro conocido, viejo y hasta estimado Pepe. En vida, no se ató a esquematismos, ni a regla alguna. Nada que significara matar su iniciativa. ¿Qué podemos decir de Pepe? Esa será siempre una pregunta difícil. Pero si nos preguntáramos ¿qué podemos decir de Pepe que sea bueno?, ya eso es otra pregunta más concreta. En realidad, puede decirse muy poco, por no decir nada. Pepe tenía pocas virtudes, pero sólidas. Era un borracho empedernido. Sus borracheras eran memorables. Le daba por orinar en cualquier lugar. En más de una ocasión, lo saqué de la estación de policía por orinar a los monumentos de los mártires. Decía que la policía no entendía que él era un disidente pacifista. El decía de sí mismo que "no era de armas tomar, sino de orines echar". No era nada nuevo que Pepe era un pillo versado en mil malas artes. El mismo decía que "tenía 25 movimientos y ninguno repetido". Todos malos. El era un mentiroso por excelencia. No puedo olvidar toda la verborrea abundante y barata que le soporté en los bares de intelectuales que concurríamos, ni el fondo que me pidió para editar un libro, que nunca escribió. No se me olvida todo el dinero que me debía. Eso, sin hablar de la bebida y las comidas que hizo a costa de mi generoso bolsillo. Un aprovechado y un sinvergüenza era Pepe. En varias ocasiones, lo recogí de sus borracheras y lo llevé a mi casa. Y Pepe me pagaba vomitándose y cagándose en la cama. Pepe se cagaba en todo. Puede decirse que hizo de su vida lo que quiso. Es decir, una mierda. El quería hacer de su vida un cuento de Antón Chéjov. Quería salpicarla de ironías sutiles, de hechos memorables, y de un delicado sentido del humor; para luego terminarla abruptamente en el más puro, repito, estilo chejoviano. Pero no logró nada de esto. Su vida se parecía mucho a una narración kafkiana, aunque no tan optimista. Fueron muchas las peleas que le evité. Peleas con individuos que hubieran puesto en peligro su vida. Como yo, por ejemplo. Porque Pepe tenía la virtud, la limpia y llana virtud de sacarme de quicio. No importa cuánto esfuerzo yo hiciera. Al final, Pepe vencía y me hacía enojar. Era lo máximo Pepe. Uno de sus defectos era su mala cabeza. Quiero decir, su mala memoria, porque lo que guardaba en su mente no era malo. Era terrible. En una ocasión, al ver su deteriorada vestimenta, le regalé un traje de uso, en muy buenas condiciones aún. El olvidadizo Pepe quiso vendérmelo al día siguiente. Pepe no tenía madre. Pero hay que entender a Pepe. Pepe no tuvo infancia. La vida en el orfelinato le fue muy dura. Para Pepe no fue nada fácil lograr incendiar el ala de los dormitorios. Fueron muchas las noches que pasó robando almohadones y colchonetas. "Fueron 80 almohadones y 23 colchonetas", me confesó. El muy cabrón se acordaba perfectamente. Más difícil aún resultó esconder debidamente su botín incendiario. Y dice que casi lloró de felicidad cuando culpó del incendio a otro niño que era sordomudo, me contaba Pepe. Caín era un bebé a su lado. Pero no le faltaba tesón y voluntad a Pepe, y gracias a ello, y a su actitud, salió pronto del orfelinato, para ingresar de modo formal en un centro de presidio para menores, donde se convirtió en lo que conocimos hasta su muerte. Muy íntimamente, Pepe sufría. Sufría cuando no podía joder a alguien. Era un gran peso para él. El sentía necesidad de ser liberado. Y el Señor, apiadándose de su alma, puso su justa mano sobre esta tierra para borrarlo de su faz, el día en que iluminó el sendero de aquel camionero que lo partió al medio en violento choque, antes de pasarle por encima todas las ruedas del lado izquierdo de su vehículo. Pepe ha muerto. Ha sido una suerte para todos. Y es una suerte, porque si no lo hubiera matado aquel camionero, lo hubiera matado yo. Amén". Uno a uno, nos retiramos lentamente. Félix Hernández Sarría
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