Dejé la corbata suelta,
liberé de su nudo la garganta,
descansé con la boca abierta
mi rostro sobre la almohada blanca.
Miré el techo de la alcoba,
la lámpara daba vueltas,
no sabía bien quién giraba,
si ella, la cama o mi alma.
Y llegaste tú,
te tumbaste a mi lado
inundada de azul,
me diste la mano
y me guiaste,
te sumergiste conmigo
donde nunca hubo nadie;
me quedé tranquilo.
En el sopor alcohólico
se cruzaron los labios,
se enlazaron los dedos
se amaron los cuerpos.
Y en su ausencia,
abandonado, me resistí
al miedo de no tenerte,
de no sentirte, de no saberte,
y caí, fatigado, inerte.
Cuando desperté de mi sueño
aún seguía borracho,
mis pensamientos sin dueño,
como embravecidos caballos,
triscaban los montes
con los golpes de sus cascos;
y me observé hasta hartarme
desnudo, escribiendo esto:
que tan solo tus ojos
tus manos, tus besos,
son capaces de embriagarme.