EL REENCUENTRO FINAL
Estamos perdidas.
Te miro y no me reconozco.
Quizás sólo conservas esos enormes ojazos negros,
negrísimos,
que me miran como escudriñando una conciencia;
la mía, la tuya, la nuestra, los recuerdos, los mismos...
¡Cuántos
sueños, anhelos, ingenua vanidad!
Con esos largos cabellos de tierra dorada desteñida
te amarrabas a todos ellos con pasión y amistad,
tan difícil separarlas, por más amarlas
como aquel film, con tanto sexo, pudor y lágrimas...
Cuánto los amamos, a todos ellos, con ilusión
y verdad
al menos en el volátil momento de la revelación
ya ida.
Tanto dijimos, aseguramos,
prometimos
con esos hermosos cojines rosado-terracota
besábamos hasta el tuétano de nuestras vidas
todo lo que sentimos, sin más;
besábamos para echar el alma a volar.
Mas erramos al abrir nuestros corazones
y hacer el amor a la vida, al hola y al adiós, sin más
razones:
la amistad, el deseo, la solidaridad, el sentimiento.
Y sigues tan hermosa,
que ya no me reconozco en ti.
Ahora los años han marchitado la ingenuidad,
dejando a flor de piel la cruda realidad.
Solas quedamos fumándonos y bebiéndonos la vida
en el abismo del olvido, ¿cuándo llegaré
a ti?
Siento que me has abandonado.
Luego de acabar la última copa de vino
un suspiro, una lágrima bajó por tu destino
y lo heló separándolo del mío.
Te miro y no me reconozco,
tantas maravillosas noches etílicas
lactando espíritus destilados.
Deseándote de nuevo,
agarro nuestras pequeñas manos canelas
que el destino nos arrebató en un cerrar
de vidas: la mía, la tuya, la nuestra.
Y dejaré llevar en ti, en mí,
como las lágrimas y velas,
juntas hasta ese fondo con cielo de mármol.
Ana María Fuster Lavín
Editora y redactora de
textos escolares, correctora jurídica y de textos.
32 años
San Juan (Puerto Rico)
Hobby: oír música, leer, escribir, ir a la playa, vivir
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