No mientras me quieras

Resulta curioso comprobar cómo las cosas más importantes siempre nos llegan así, tan de repente que apenas nos damos cuenta. Y no fue distinto con ella, por supuesto.

Tan solo un día antes, habíamos estado paseando, riendo alegre y despreocupadamente o al menos así lo creí yo, ignorante consumado, acostumbrado a no ver más allá de mi propia ingenuidad.

¡Cómo podía imaginar que aquello que creímos tan formidable, tan irreductible, sucumbiría ante el primer envite de la monotonía, ante el primer empujón de la cotidianidad! Más así fue, y ya no hubo nada. Tan solo unas pocas palabras que su boca me escupieron al tiempo que cerraba tras de sí la puerta de lo que hasta entonces fue nuestro hogar.
Y allí quedé yo, herido de muerte en el alma, sintiendo que todo cuanto había a mi alrededor se desmoronaba y comprendiendo con total claridad, lo inútil de su petición.

¿Acaso puede el sol ocultar su brillante resplandor?
¿Acaso podemos detener el paso del tiempo?
Tan extraño e imposible se me antojó entonces su deseo…

Muchos años pasaron sin apenas noticias.
Tan solo si acaso pequeñas pistas que me llegaban por vía de antiguos conocidos comunes.

De ese modo supe de sus aventuras, de sus fracasos y sus triunfos, de su matrimonio y de su divorcio.

Todos estos pequeños granitos de información sesgada, me ayudaron a comprenderla mejor de lo que nunca antes lo había hecho.

A veces sentía rabia, a veces un dolor desgarrador, y la mayor parte del tiempo tan solo una desolación tan profunda y enraizada como quizá tan solo los dementes pueden sentir.

Y sin embargo aquel día, volví a encontrarla.

Ambos estábamos viejos, muy viejos… pero por mi parte, he de admitir que lo que de mí quedaba vivo, se estremeció por el contacto de aquellos labios en mi mejilla, por el suave tacto de sus manos al estrechar las mías.

No fue mucho lo que se habló en aquella ocasión.
A fin de cuentas, ¿qué importaba ya todo aquello? Cuando uno se siente ya más apegado a la muerte que a la vida, cuando uno ya ha perdido a todos y a todo lo que un día conoció, ser indulgente consigo mismo y con los demás no resulta en absoluto difícil.

Nuestros fantasmas llevaban tanto tiempo muertos y enterrados, que ni siquiera el poder de su presencia pudo despertarlos de su profundo sueño.

Mas cuando yo ya me despedía, ella reunió el valor necesario para hacer un último conjuro.

-Muchos años esperé que me llamases, saber de ti y de tus cosas –dijo titubeando, sin un asomo de rencor o de maldad en sus ojos-. ¿Tan poco te importé? ¿Tan odioso recuerdo tenías de mí?

-¡Ay, mi princesa! –dije sin siquiera atreverme a mirarla a los ojos-. No fueron el odio ni la amargura quienes me mantuvieron apartado de ti, sino tus palabras…

-¿Mis palabras?
-Recuerdo todavía lo que me dijiste antes de marcharte –continué diciendo mientras me daba cuenta por primera vez de lo estúpido que había sido todo ese tiempo-. Te pregunté: “Puedo llamarte?, ¿puedo volver a verte?”
Y ella como si de pronto hubiese recordado la escena por primera vez en mucho tiempo, añadió:
-Y yo te respondí: “No mientras me quieras”

Esas fueron de nuevo las últimas palabras que escuché de su boca.
Una vez más, se marchó de mi vida sin volver la vista atrás, caminando lentamente pensando sin duda en nuestra charla como yo después he hecho tantas veces.

Lo que los dos pensamos aquel día, nadie lo sabrá jamás.

Autor: J. A. Aznar
Edad: 32
País: España
Lugar de residencia: Zaragoza
Hobby: mi hijo
Fecha de publicación: 23/05/2003


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
02/08/2003 23:30:35 »» Ingrid Perotti:
Me llegó, sentí la tristeza de los
personajes. Además es una
historia que te deja preguntándote
cuántas veces pasa algo así en la
vida real.
30/05/2003 17:27:14 »» paula:
muuyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyybueno
25/05/2003 6:38:17 »» Palomita:
Muy bueno, emotivo... esta semana empecé a leer los textos de abajo a arriba, y cuando ya estaba harta de encontrar relatos amorosos apareció este... y me demostró que el romanticismo, una vez más puede ser bello y emotivo sin tender a la cursilería. Gracias, de verdad me encantó... ¿pasó de verdad?