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Cincuenta años Estaba limando sus uñas en la puerta de su casa cuando un galán bien vestido, que daba vueltas frente a la puerta de una casa contigua le preguntó la hora. - ¿Tiene hora señorita? Sin quitar atención de sus uñas le contestó. - No señor, me da alergia la correa del reloj y no acostumbro a llevarlo. Se volvió a establecer el silencio entre los dos. El hombre continuó su paseo de un lado a otro de la calle. Parecía a la espera de alguien. Al poco tiempo se volvió a dirigir a la joven. - Oiga, ¿conoce usted a la señorita Rosario Álvarez? La muchacha contestó con la misma actitud anterior. - Se ha mudado esta misma mañana.
Ha vuelto al pueblo. Su padre llevaba aquí un tiempo buscando
trabajo pero sin fortuna. El hombre sacó del bolsillo de su chaqueta un par de entradas y dijo con un tono apelativo: -¡Vaya! ¿Qué hago ahora entonces con estas dos entradas para el teatro? La chica abandonó su faena y levanto la cara algo paralizada. - A mí me encanta el teatro, pero no me puedo permitir ir muy a menudo. El caballero la sonrió. - ¿Gustaría la señorita...? La chica miraba con seriedad al hombre. - Dolores. La chiquilla se levantó sonriente y alegre. Su dentadura se oculto un momento. - Pero le advierto al señor que soy una chica muy decente, no soy como la Rosarito. El hombre sonrió. - En un momento vuelvo. En efecto en unos minutos la joven volvió con un el pelo recogido y un abrigo negro largo. - ¿Vamos? El hombre fascinado con la belleza de su improvisada cita dijo: - Vamos. Fueron caminado por las calles de Madrid de los años cincuenta. Muy pronto entablaron una conversación. Entre ellos brotaban espontáneas risas y al parecer fue una cita bastante agradable. Cuando llegaron a casa, a las nueve y media se despidieron con un apretón de manos y complicidad en sus miradas. Volvieron a quedar para pasear por el Retiro, a Dolores le encantaba pasear por allí. Al día siguiente el joven galán esperaba en la puerta de su casa. Ella salió mostrando su hermosa sonrisa. - ¿Vamos? Pasaron la tarde nuevamente entretenidos con sus conversaciones amenizadas con sonoras risas, comenzó a surgir algo especial. Al llegar a casa, lo mismo que el día anterior, un apretón de manos. Por supuesto volvieron a quedar. Así continuó esta situación durante unas dos semanas pero un día Martín, el galán, la esperaba a la misma hora de siempre en la puerta de la casa de Dolores. Esta vez no salió sonriente, salió entre lágrimas, de su boca no salió el mismo interrogante de siempre. Salió despeinada, con los ojos hinchados de llorar, su padre le había mandado irse a casar al pueblo así lo había pactado con los padres de un joven pastor del pueblo. Se abalanzó sobre él abrazándole como nunca lo había hecho, poco después le besó. Ella era una mujer decente pero le besó de una forma cálida y hermosa. Era el beso de despedida. - Siempre te llevaré en mi corazón. Adolfo estaba pastoreando las ovejas. La tarde empezó a caer. A lo lejos vio a una muchacha que estaba haciendo un ramo de flores. Se acercó un poco con el rebaño y cuando la veía bien se detuvo y se quedó mirándola. Era la hija del nuevo médico del pueblo. Se quedó atontado mirando su cutis blanquecino entre margaritas y amapolas. Su pelo brillaba a lo lejos con el sol del atardecer, era dorado como el oro. Adolfo jamás había visto ese pelo entre las lugareñas. La muchacha advirtió su presencia miró de reojo y vio a Adolfo ensimismado, le miró pícaramente y sonrió, entonces se levantó y salió corriendo. El domingo Adolfo se puso su traje de gala y fue a misa. Miró hacia el banco de las mujeres y ahí estaba ella junto a su madre sonriéndole y echándole disimuladas miradas. Al bajar la cuesta hacia su casa un brazo le atrapó y le llevo al callejón. Era la hija del medico que le esperaba con una sonrisa. - ¿Dónde vas pequeño pastor? Adolfo no pudo pronunciar palabra, sus orejas le ardían y sus pequeños ojos negros comenzaron a brillar. - ¿Que pasa se te ha comido la lengua
el gato pequeño pastor? Adolfo se puso completamente rojo de la vergüenza. - Bueno yo... Adolfo comenzó a correr al grito de: - Rojo el último. Comenzaron a correr calle abajo y poco después se encontraron en un remanso de agua, era muy frondoso, había flores de todos los colores. Empezaron a jugar entre ellas y al final acabaron rodando en un mar de infinitos colores. Cansados de correr y juguetear se quedaron tumbados en la hierba. Estaban sudando. Empezaron a hablar un rato, la chica echó una sonora carcajada cuando oyó el nombre del chico, ella se llamaba María del Carmen. Pero prefería que le llamaran María. Al poco tiempo María se levantó. - ¿Nos bañamos? Adolfo se sorprendió muchísimo, en esa época era un pecado mortal. - ¿Estás loca? Ella no le hizo caso y se empezó a desnudar mientras corría hacia el lago. - Rojo el último. Entonces Adolfo se levantó y comenzó a desvestirse dirigiéndose hacia ella. Juguetearon con el agua y las risas no cesaban. Mas tarde volvieron corriendo al pueblo porque llegaban tarde a comer. A María la castigaron aquella tarde por su retraso. Adolfo fue a verla por la noche llamándola por la ventana con pequeñas piedrecitas. Se pasaron hasta tarde hablando en voz baja. A partir de ese día se comenzaron a ver en el pequeño estanque mientras Adolfo cuidaba las ovejas. Tuvieron largas charlas sobre sus sueños, imaginaciones y divagaciones. Se reían mucho había una gran complicidad. Todo era muy bonito hasta el día de la fiesta del pueblo. Había baile. Adolfo se puso su traje de los domingos. María lucia un hermoso vestido blanco. Se miraban mientras charlaban en sus grupos. Las miradas que se dirigían no eran las pícaras de antes, eran miradas serias y tristes. María no podía reprimir las lágrimas y salió de la plaza. Al verla, Adolfo, salió tras ella pero la perdió de vista entre la multitud. Caminó vacilante por la calle hasta que un brazo le enganchó y le llevó a un callejón oscuro, al callejón donde conoció a María. Efectivamente era ella. - ¡Eh! Pequeño pastor, tu por aquí. Tenía los ojos llorosos. - ¿Que te pasa? Ambos se quedaron tristes en silencio. Adolfo lo rompió. - María Empezaron a correr calle abajo hacia el estanque y bajo aquella luna llena hicieron lo prohibido. Estaban en su rincón, aislados del mundo. Nadie podía decirles lo que podían y no podían hacer. De esto hace ya cincuenta años. Hoy Adolfo y Dolores celebran sus bodas de oro, con sus hijos. Hoy se celebran cincuenta años de farsa. Y aunque entre los dos hay un cariño especial a causa de la convivencia, está lejos del amor. Lo de Adolfo y Dolores es algo más fraternal. El cura celebra la misa, han asistido familiares y multitud de gente del pueblo. Pero en la parte de atrás de la iglesia dos rostros se ocultan. A la izquierda hay un hombre con el pelo encanecido luciendo a la perfección un traje de chaqueta y a la izquierda una señora con el pelo rubio y la piel blanca como la nieve oculta sus lágrimas bajo una amplia pamela. Autor: Anthony
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