El amor en tiempos de...

Déjeme que le cuente sobre las mujeres, compañero Chávez. Déjeme que le cuente, como fiel representante de la juventud burguesa (con toda esa avasallante riqueza de frivolidades) la historia de las mujeres. Mejor dicho, y ya me estoy excusando por mi petulancia, mi historia con las mujeres o más específicamente la historia que tuve una noche con una mujer. Porque déjeme decirle ante todo, Don Chávez, que un buen joven burgués siempre debe contar de sus aventuras amorosas o citas a sus amigos; pues si no, es decir, si no cuenta a sus amigos, es como si sus proezas amorosas no hubieran existido. Es una cuestión muy compleja, donde los elementos autoestima y la propia existencia tienen gran trascendencia. Pues en el acto de compartir, una y cien veces, con los mismos amigos y conocidos, con un interlocutor casual, o como en mi caso con usted, hombre confidente; digo el acto de compartir el suceso con una dama es condición indispensable para dar existencia objetiva a tal experiencia, será como un pellizcón para despertarnos y no creer que es un sueño; y a la vez como una afirmación (por el simple hecho de que nos escuchen) de nuestra suficiencia y de nuestra pericia, y compete a quien nos escucha la función de fortalecer nuestra autoestima. Aquella noche en que con unos amigos nos fuimos al boliche, a priori, desde el momento en que comenzaba a bañarme, perfumarme, engrasarme con gel y peinarme, desde el preciso instante en que comenzaba a vestirme, y luego durante el viaje en colectivo y tren, sentía que la desmotivación se hacía de mi cuerpo. Y cuando un joven burgués, y no importa entonces si ha sido o no instigado por sus amigos para ir al boliche, siente esa desmotivación, esa hipobulia omnipotente que toma su cuerpo; pues entonces no debe hacer caso a las presiones de sus amigos, a esos compromisos mecánicos, a esos pactos apócrifos que se sellan inquebrantables y dogmáticos entre los amigos, solo debe hacer caso a su corazón. Y si su corazón late despacio y con pocas ganas, pues usted no debe salir; y esto es la pura verdad, ya que de ir al boliche, de intentar la faena del levante, en un 99 % las cosas le saldrán mal Don Chávez, muy mal. Esto es lo que yo siempre pensé, y a lo cual nunca hice caso; manteniéndome firme en las imposiciones formales de mi clase y haciendo caso omiso a la experiencia y a la razón, todo esto llevado a cabo a la perfección, como buen burguesito que soy. Y sin embargo, aquella noche fue distinta. Pues la Providencia dispuso que aquel sábado nocturno yo me encuentre en el 1 %. ¡Que sorpresa! ¡Que delicia! ¡Cuánto tendría que contarle a mis amigos! ¡Y a usted, Don Chávez! Una y mil veces repetiría, con la misma pasión y arrebato, mi historia. Una y mil veces contaría mi aventura amorosa, sin cambios, siempre la misma, y siempre sin aburrirme. Pasaré a continuación a contarle lo sucedido. Antes de comenzar le pido un favor compañero Chávez, no se me duerma, y si acaso el letargo le gana, pues dele permiso al tímpano para vibrar; es decir, escúcheme lo que voy a contarme. Yo me encontraba contra la baranda, en la periferia de la pista de baile. El alcohol estaba haciendo estragos, pero no me refiero a mí, pues en aquella noche me encontraba totalmente sobrio, tanto como el papa (si acaso es tan puritano como dicen). Hablo de las gentes, de los jóvenes en general, de las chicas y los chicos. El alcohol como una plaga, como una sustancia que toma vida por sus propios medios, como un fetiche que se expande por el boliche y se diluye en la sangre, y fluidifica el cerebro y hace de las neuronas una orgía, una población anárquica y errante. Tal el funcionamiento (desfuncionamiento, mejor dicho, y creo aquí estoy inventando una palabra) de las mentes en aquella noche. Yo me encontraba, como le estaba contando, arrimado contra la baranda, mirando todo y a la vez mirando nada, como esperando algún suceso imprevisto que me distraiga, o que me explique o que se yo. Y entonces la encontré, o mejor dicho, ella me encontró a mí. Me miraba con esos ojos tiernos y profundos, con tanta avidez como si hiciera rato que me estuviera observando y aguardando a que mi mirada encuentre sus ojos. Continuaba con su baile, con sus movimientos femeninos y juveniles expugnados por la música; pero sus ojos, sus ojos bailaban otro ritmo, y al contemplar esta disrupción de su danza, me di cuenta que el culpable era yo. Y aquí debo de aclarar una cosa, y preste usted mucha importancia a esto, pues sí es verdad que no soy erudito (y es más, siempre dije que si acaso hubiera una cátedra sobre las mujeres en la facultad, pues de seguro me comería todos los bochazos) pero algo de esto puedo decirle. Que el joven burgués es vivo y chamullero, sí. Que el joven burgués es entrador y chanta, sí. Que el joven burgués se acerca a las mujeres y les habla sin prejuicios ni trabas, sí. Todo esto sí, vuelvo a decir, pero con alcohol, rodeado de sus amigotes y en el boliche; es decir, en un ambiente frenético, impersonal y donde tenga gran apoyo moral; donde sus actos (por más cínicos y estúpidos que sean) se desenvuelvan avalados al verse repetidos en los mismos actos que llevan a cabo sus amigos; y entonces se constituyan en las acciones más anónimas, inconscientes y masivas que sea posible... Y ya ni me acuerdo a que venía todo esto, que va. Le decía compañero, que ella me miraba, y ahora entonces me acuerdo a que venía todo lo anterior. Sus ojos negros y brillosos que con un descaro tan seductor se posaban sobre los míos, y ese cuerpo que se ondulaba al son de la música matizando con júbilo y lascivia aquella mirada intimidante, me descolocaron. Y lo hicieron por varias razones, y se desprenden todas ellas por oposición a todo lo que había venido diciendo antes. Yo no me encontraba alcoholizado, mis amigos (y a pesar de encontrarse a dos metros mío) no cumplían en ese entonces el rol de amigotes (no había pues apoyo moral) y finalmente estaba yo tan abstraído en la meditación de la nada, se encontraba mi mente tan vacía, y en un vacío tan oscuro, que a pesar de estarme en un boliche con todo ese frenesí y con toda esa gente, más cerca estaba de hallarme cautivo en un lóbrego y pequeño calabozo. En conclusión, y es esto lo que quiero referir, sólo me encontraba. Y ella que me seguía mirando. Y yo que me estremecía, y que se me atragantaba la saliva, y la ansiedad que me carcomía como cosquillas furiosas e inquietas que germinaban en mi carne, solo, sin nadie; acosado por esa mirada severa y dulce a la vez, inquietante y también desesperante. ¡Que impotente me sentía entonces! ¡Y que desgraciado me creía! Que falta de iniciativa, que conducta (¿qué conducta?) pusilánime. Pasó media hora hasta que decidí acercarme. Luego, cuando volvimos a encontrarnos, ella me dijo que mi estupidez e impericia se prolongaron hasta alrededor de dos horas. Y no es mi intención adelantarme en el desarrollo de los hechos, pero es que se dio todo de una manera tan abrupta, que se me escapan las piezas de este rompecabezas, como si tuviera cientos de globos bajo mi cuerpo y quisiera al aplastarlos retenerlos a todos. ¡Imposible! Igualmente haré el intento, pues es mi deseo ser ordenado en la composición de mi relato. ¿Qué le decía? Ah, si, perdone el despiste compañero. ¡Y de que manera caprichosa se dio el encuentro! ¡Caprichoso el destino! ¡Inquietante el azar! Mis amigos se iban, y yo que me tragaba mis ganas de encarar a esta dama; pero a la vez era conciente de mi impotencia y mi puntillosa vacilación, casi hasta el punto de estar frustrándome. Seguí a mis amigos por detrás, ellos tomaron la salida, y yo, en un momento, como una pequeña pero determinante luz que se enciende en el cerebro, detuve mi marcha contra la escalera y gire mi cuerpo hacia ella. ¿Y sabe que Don Chávez?

La dama me seguía mirando. Había contorsionado su cuerpo, casi hasta 180 grados como si fuera una lechuza, pero aún conservando su dichosa gracia. Entonces dije unas cuantas groserías hacia mis adentros, recriminándome indignado mi proceder infecundo. Pues la cosa era bien clara. Aquella preciosura me estaba contemplando. Y no era por curiosidad pues nada tenia yo de raro ni de exótico. ¿Y que de raro voy a tener yo? Flaco y de estatura media, cabello negro y rasgos europeos; estudiante de medicina y sensibilizado por la miseria del mundo, pasivo, estable desde todo punto de vista, neurótico y miedoso, ¡Casi el estereotipo de mi clase! Tampoco había hecho nada malo (algo que un buen burguesito no puede permitirse), por lo que menos sería por eso que la dama me observaba. En fin, y yendo al grano, concluí y ya era hora, que a la muchacha yo le gustaba. Punto este último que en ulteriores citas ella confirmó de la siguiente manera, textualmente trascribo sus palabras. Y yo decía, este pelotudo no se da cuenta de la manera en que lo estoy mirando. Pero sigo cronológicamente y de la real forma en que se sucedió todo. En un momento, se dirigió hacia donde yo me encontraba (días después me dijo que no me estaba buscando, pues pensaba que yo era tan idiota como había llegado a la pista así de idiota me había ido) y allí entonces vi mi oportunidad, la oportunidad de demostrar que aun con poca suficiencia, mi generación puede lograr grandes cosas. Así relato ella días después la forma en que me dirigí: “Hola... Eeemmm. Yo te estaba mirando hacia rato.... Yyyyy... Soy tímido... No me animaba a sacarte a bailar porque para esos menesteres soy de terror”. Todo esto acompañado con ademanes y con un tono burlesco, satirizando mi intervención. Resumiendo, y no tanto, pues quitaría allí riqueza al relato; me apuró de una manera muy resolutiva y práctica. Me dio su teléfono, y me dijo que la llame (quizás supuso conveniente esta última aclaración, pues por mis recientes antecedentes, podría ser que no supiera que hacer con su número). Al otro día me acordaba riéndome de esta escena y me imaginaba lo que pasaría por su mente en aquel momento en que tomó la decisión pragmática de darme su numero de teléfono. Créame, compañero Chávez, que si acaso todo eso hubiera sido un cortometraje extranjero, bien podría salir impreso como subtitulo de sus palabras (es decir de lo que estaba pensando, de lo que insinuaba con ese ofrecerme el numero, de lo que hubiera querido decirme): Bueno pibe, esto no da para más, parece que hoy no es tu día. Toma mi número, y mañana tempranito lo pensás estando un poquitito mas lucido. Chau. Todo esto pasó aquella noche. Dos días después, un lunes creo, la llamé a su celular, tuvimos una charla divertida y exquisita, y al fin acordamos una cita. Una cita, sabe que, no me gusta esa palabra, me parece demasiado anticuada, impregnada de mucha formalidad. Bien, de lo que pasó en ese encuentro, sólo un hecho que rescatar. La besé. Y es esto último de suma trascendencia. ¿Y sabe por qué? No se me duerma Don Chávez y tenga un poquito más de paciencia, que aquí viene la explicación de la importancia de besar a una dama en la primera cita. Usted debe besarla, en primer lugar acuérdese de eso, y ahora vera la trascendencia de este acto. Se pueden presentar varias posibilidades, y aquí debe olvidar usted la impresión que la muchacha le ha causado la noche que la ha conocido; al día del siguiente encuentro nada de eso vale, y mucho menos si la cita se hace a la luz delatora del día. Es lo que llamamos el efecto día. Al momento del encuentro, usted esta limpio, desde todo punto de vista. Pues usted contempla a la dama sobrio, sin amigos y ya tampoco con el frenesí del boliche. Y a pesar, de que en mi caso personal, es decir al hecho que me estoy refiriendo desde hace rato en mi relato, dije ya que en ese estado me encontraba la noche de conocer a M., hay una diferencia fundamental en el contexto en el cual se desarrolla esa cita de re-conocimiento y al cual alude ese citado efecto día. La luz del día desnuda a la mujer; la claridad y a pesar de que hay veces en que destapa sus virtudes, en las más acusa sus defectos. Resumiendo, y siendo práctico en las definiciones, todo visto desde un punto de vista físico; la mujer puede presentarse linda o fea. No hablemos aquí de simpatía, ni de inteligencia, ni tampoco de intuición; pues a pesar de ser todos estos factores muy importantes y que no excluyen pero si se complementan con el componente físico, si acaso quisiéramos abordar estos tópicos sólo lograríamos hacer más compleja la cuestión y a ninguna conclusión arribaríamos. Hablaba en un principio entonces sobre el beso y anotaba su importancia. Analicemos las dos posibilidades y veamos la significación que adquiere el roce de los labios en cada una de ellas. La mujer es fea: aquí la cuestión es simple. Póngase en situación compañero Chávez, y lo comprenderá tanto mejor. Piense usted en una noche en que ha conocido a una dama, habla con ella gran tiempo, toma su numero de teléfono y a los dos o tres días habla con ella. Arreglan una cita, quizás para más adelante o quizás la cita se suspende y se posterga. Entre idas y venidas, al fin se encuentran. Por ser la etapa de re-conocimiento, en que tanta importancia tiene la primera impresión (¡Y que importante que es la imagen en mi mundillo!) usted busca un buen lugar donde cenar o por lo menos tomar algo. Un sitio con clase, bañado en una romántica penumbra, con música ambiental; en fin, un lugar con estilo. Usted objetará, para que tanto gasto y preparación, si empecé con que la chica era fea. Bien, tendrá usted razón en este punto y sin embargo siempre nos queda la esperanza que con el paso de las horas y desde otra perspectiva; es decir, tomando otro de los perfiles de la dama, el concepto y percepción de la belleza cambien mágicamente. Conclusión; la dama es fea y usted hace un gran gasto administrativo y monetario; sumemos a esto la ansiedad que lo persigue hasta que vuelve a ver a la muchacha. Aquí entonces se plantea la pregunta crucial y que a primeras se supone difícil de contestar. ¿Cuál es aquí la importancia del beso? La respuesta es bien fácil. Primero: debe llevarse algo de toda esa inversión que usted ha hecho, pues si no al otro día se sentirá insatisfecho, frustrado y vacío; entonces un beso (y a pesar de que venga de una dama fea) es un buen botín. Al fin y al cabo, y si usted ha elegido bien el lugar; y puede ser esto el talón de Aquiles de la cita si acaso ha usted seleccionado mal; la penumbra temperará la carencia de virtudes estéticas de su dama y en el transcurso del beso (también puede si quiere, y es esto recomendable, cerrar los ojos) su fantasía se encargara del resto. Segundo: y es este un punto fundamental que da fuerza a toda esta explicación. Sin beso, no hubo levante. Y sin levante, no hay aventura amorosa. Y sin esta última, no hay relato. ¿Qué contará entonces a sus amigos? Puede mentir, me dirá usted. Claro, eso es fácil, pero no le será fácil luego escaparle a su conciencia. Por otro lado, es esa una actitud patética y decadente. En cambio, si hubo beso, usted tendrá un relato. Luego, todo dependerá de sus condiciones literarias; es decir, matizará con todo tipo de situaciones y descripciones lo que ha pasado con su dama. Hasta podrá omitir su fealdad. ¿Qué eso es mentir me objetará usted? No se indigne, compañero Chávez, que sólo se trata de una mentira relativa que afianza un tanto más su autoestima; pues así usted (ante los rostros expectantes y ávidos de sus amigos) hará carne su fantasía y ya no distinguirá si tal o cual agregado realmente ha sucedido o no. La esencia es lo importante y esta no debe cambiar en el relato, y de hecho no cambia.

Hubo beso, hubo aventura. Vayamos al segundo caso. La dama es linda. Aquí el significado del beso es diferente, y la finalidad de tal debe ser el de aminorar trabajo futuro, el de resumir las palabras en este acto, la cuestión esta en que a través del beso ya no necesitará de una futura excusa para volver a llamar o para arreglar otra cita. El beso en este caso es el corolario de una cita ideal; y es lo siguiente lo que quiero significar: la dama es linda, usted la besó (y por tanto seguramente lo disfrutó); y al fin estampa en este acto la firma de un futuro encuentro, sin más excusas ni más razones. Y ya voy terminando, pues veo que los ojos le lloran y le temblequean los párpados. En mi caso, se dio la segunda posibilidad. M., es bonita y pude besarla. Y es esta última la razón del ímpetu que pongo en el relato; pues en él sublimo mi alegría, forjo mi ego y lo afianzo en cada palabra que digo, me permito vivir y gozar una y mil veces mi aventura amorosa; pero para eso, claro, necesito alguien que me escuche... Que soy un cínico, sí. Que soy frívolo, sí. Que soy narcisista dice usted, sí. Que tengo chispazos de indiferencia casi atávicos, pues sí. Que soy un joven burgués, sí... Y creo esto último lo explica todo.

Autor: Marquinho Bosé
Edad: 25
País: Argentina
Residencia: Buenos Aires
Ocupación: Médico
Hobby: Estar fuera del hospital
Comentarios: Modestamente, creo que este texto merece ser publicado...
Fecha de publicación: 10/04/2003


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
13/04/2003 0:49:28 »» marimar:
Finalmente,´¿ qué pasó con la chica?
Disculpa, es que me dormí.
Saludos.