B I O G R A F I A

Esta es la historia del mismísimo Jeremy Arch, quien fue nativo de las islas Cyclades en el Mar de Candia , pero de padres españoles que alguna vez se atrevieron a recorrer otros sitios, en otros continentes a lo cual le daría una mezcla a sus raíces, pero que no lo haría especial, mas bien equivoco en su humanidad entre muchos. Esta flaqueza no era maligna, pero era continua, dando un aspecto descuidado en la aproximación hacia la otra persona.


Podría jurar en el tiempo, que hubo muchas personas que lo quisieron, pero también hubo muchas que lo detestaron en el proceso de entenderlo. Debo pensar que fue cautivante en su delirio, una herramienta que usaría toda su vida, ya que era la única que sabía y también era la única que trabajaba para los demás. Este mismo rasgo era de certeza natural, sin esfuerzo alguno, con equilibrio psicológico, que lo lanzaba dentro de un estado imaginativo sin parpadear, mientras escuchaba la conversación, se atrevía a explorar el espectro más oscuro de la mente, adivinando con precisión la próxima palabra por escuchar. Claro que no siempre era así , ya que todo dependía de su estado de ánimo, producto de un cansancio sin esfuerzo físico, pero quizás químico en su estructura. Yo lo conocí de toda la vida y hasta me animé a tratarlo sin que se de cuenta, pero claro que este desafío en extremo no era fácil, ya que implicaba atravesar su mente sin que lo notara, y éste era un ejercicio casi imposible de conquistar.


Creo profundamente que fue mi estructura la que delataba este acto, mi falta de creatividad, de solo poder ver las cosas en forma numéricas, lineares, y sin curvas, esperando respuestas lógicas solamente. Por un momento quise cambiar todo eso, quise ser como él, asi que trate de imitarlo e intente movimientos singulares que eran parte de él, pero sin resultado alguno, ya que muchos de ellos no respondieron o fueron torpes en su intento. Desde entonces aprendí a escucharlo y a entenderlo, ya que éste era el engranaje primario de su identidad. No importaba con quien tratase, nada podía cambiar el aspecto de ningún individuo, sabía muy bien que todos llevaríamos un balance genético desde el mismo momento en que todos fuéramos engendrados, un parámetro inamovible para lo científico o religioso, una creencia en que si algo no existía, entonces no pertenecía ahí. Muchos de estos alineamientos mentales vivían secretamente muy dentro de él, y fue que nunca se atrevió al debate por miedo a perder, o a cambiar lo que no debió.

Hay veces en que me encuentro sometido a él, sin darme cuenta, como un Dios omnipotente, pero sin súplicas por lo eterno, y ésto sea quizá, porque él y yo somos la misma persona, unidos por el cordón corpus callosum, pero divididos en dos hemisferios, en el cual yo representaría el izquierdo y el sin duda el derecho, dándole la sensibilidad de amar, de reír, de llorar, de expresar en una y mil formas el arte de estar vivos, de ser quien somos en el acto representativo de todos los seres humanos.

GABRIEL

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