No podía ser, me decía.
Era una idea absurda, que me podría haber parecido hilarante,
si no hubiera sido cierta. Por era verdad. Aquel pequeño
animal, el mismo que había desecho entre mis dedos minutos
atrás, estaba nuevamente junto a mí y me miraba
desde su pequeñez. Parecía que me tentaba a que
lo destruyera de nuevo, para volver a aparecerse con la misma
insolencia de quien tiene un plan y lo ejecuta a ultranza.
Se que lo podría haber tomado entre mis dedos y haberlo
apretado y estrujado hasta que se deshiciera, hasta que sus minúsculas
partes se volatilizaran y no quedara de él más que
una pequeña huella, una marca apenas imperceptible y un
sabor salobre si hubiera llevado mis dedos a la boca.
Pero, qué sentido tenía en estas condiciones, destruir
lo que parece indestructible, aquello que por ser tan sutil, parece
no existir; pero sin embargo, existe, vive, come, anda y como
hace ahora, tiene la facultad de molestarme.
Quizás dada su misma pequeñez ejecutaba sus actos
guiado por una conciencia superior, que tal vez fuera yo. Quizás
era yo mismo quien lo guiaba hasta mí, quien de alguna
manera lo atraía como símbolo absurdo de mi incompetencia
para arreglar ciertos asuntos.