Leyendas

Cuentan que, en la capital de quién sabe qué país, un día sucedió algo que modificó la historia de la humanidad y si ustedes me lo permiten me gustaría contárselos:

Como ya les adelanté, un día como cualquier otro, como hoy si quieren, en una de las mesas de un viejo bar, se encontraba un hombre joven, de mediana edad, cabellos un poco largos, barba candado y vestido de una forma un poco rara.

Mientras que todos (tres ó cuatro no más) lo miraban con recelo por su aspecto y por el hecho de que ya llevaba varios días en el mismo lugar, un cliente, de aquellos que nunca largan el vaso por miedo a caerse del mostrador, escuchó que el individuo sentado frente a la ventana, no paraba de susurrar palabras que éste (obviamente) no podía descifrar.

Como la intriga es para el ser humano como las pulgas para el perro, ni corto ni perezoso (pero sí bastante tomado el hombre) se acercó pasito a pasito y una vez que estaba parado detrás del sujeto, escuchó lo que este decía.... Son muchas las horas que llevo mirando las calles a través de este vidrio y sumadas a esas horas, sus días y sus noches.

Es extraño el dolor que ejerce en mí el estar de este lado, tanto igual o más que aquello que pasan en televisión, pues, a través de este vidrio uno encuentra los mismos personajes.

Las señoras de gran estirpe con sus lacayos a cuestas, las galleguitas que les sirven al lacayo, el taxista y sus pasajeros, al oficinista y sus jefes y a los jefes de sus jefes, al comerciante, al repartidor que trabaja para el comerciante, a las chusmas de barrio y a los señores que les sacan el cuero, a las chusmas,... Señor.

Cada hora me llenó de espanto al ver estas calles, este edén transformado en basurero; la mala voluntad de las personas para con sus semejantes, la contaminación, la pobreza de unos y la desproporcionada riqueza de otros, el trato deleznable a los chicos,… Señor.

Al usurero, al traficante, al ladrón, al conductor en sus maniobras, al patrón en sus abusos, a los padres en su despreocupación por sus hijos y a estos hijos detestando a sus padres, la despreocupación en la prevención de los desastres, ... mi Dios.

Los políticos corruptos, los que corrompen a los políticos, las amas de casa con su carga diaria, al padre de familia con sus dos trabajos para poder darles de comer a su seres queridos, a los ancianos mendigando sus derechos y los burócratas negándoselos, a los ciudadanos evadiendo la ley, a la ley tratando de detener a aquellos que evaden, a la ley evadiendo la ley sin poder encontrarlos, … Dios mío.

A los clérigos defendiendo las innovaciones y a sus pares despreciándolos, las iglesias, que últimamente parecen ferias comunales

Y yo aquí, sentado viendo como cada hora transcurre delante de mis ojos, enturbiados por tanta pobreza de espíritu.

Ma´ si, yo me vuelvo al cielo y le digo a mi viejo que mande otro diluvio.

Autor: Juan Jose Grimaldi
Edad: 43
País: Argentina
Residencia: Capital Federal
Ocupación: Cuentapropista
Hobby: Escribir, dibujar y pintar
Fecha de publicación: 29/10/2002


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
27/01/2003 9:36:08 »» Ernesto:
Alcance de nombre. Así se llama un gran poeta magallánico fallecido hace más de una década.
01/11/2002 21:53:17 »» María del Mar:

Ecxelente tu relato!!!!!!!!!!!
Un final impresionante!!!!!!!!!
Felicitaciones!
Marimar
30/10/2002 20:15:37 »» Miriam:
Muy bueno, me gusto, no se que tiene pero me gusto mucho.
Sigue escribiendo, que yo espero seguir leyendote.