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Leyendas Cuentan que, en la capital de quién sabe qué país, un día sucedió algo que modificó la historia de la humanidad y si ustedes me lo permiten me gustaría contárselos: Como ya les adelanté, un día como cualquier otro, como hoy si quieren, en una de las mesas de un viejo bar, se encontraba un hombre joven, de mediana edad, cabellos un poco largos, barba candado y vestido de una forma un poco rara. Mientras que todos (tres ó cuatro no más) lo miraban con recelo por su aspecto y por el hecho de que ya llevaba varios días en el mismo lugar, un cliente, de aquellos que nunca largan el vaso por miedo a caerse del mostrador, escuchó que el individuo sentado frente a la ventana, no paraba de susurrar palabras que éste (obviamente) no podía descifrar. Como la intriga es para el ser humano como
las pulgas para el perro, ni corto ni perezoso (pero sí
bastante tomado el hombre) se acercó pasito a pasito y
una vez que estaba parado detrás del sujeto, escuchó
lo que este decía.... Son muchas las horas que llevo mirando
las calles a través de este vidrio y sumadas a esas horas,
sus días y sus noches. Al usurero, al traficante, al ladrón, al conductor en sus maniobras, al patrón en sus abusos, a los padres en su despreocupación por sus hijos y a estos hijos detestando a sus padres, la despreocupación en la prevención de los desastres, ... mi Dios. Los políticos corruptos, los que corrompen a los políticos, las amas de casa con su carga diaria, al padre de familia con sus dos trabajos para poder darles de comer a su seres queridos, a los ancianos mendigando sus derechos y los burócratas negándoselos, a los ciudadanos evadiendo la ley, a la ley tratando de detener a aquellos que evaden, a la ley evadiendo la ley sin poder encontrarlos, … Dios mío. A los clérigos defendiendo las innovaciones y a sus pares despreciándolos, las iglesias, que últimamente parecen ferias comunales Y yo aquí, sentado viendo como cada hora transcurre delante de mis ojos, enturbiados por tanta pobreza de espíritu. Ma´ si, yo me vuelvo al cielo y le digo a mi viejo que mande otro diluvio. Autor: Juan Jose Grimaldi
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