Era una noche muy fría
de verano. Como todos los días iba al bar de la vuelta
de la casa de mi hermano a ahogar mis penas en un vaso de alcohol.
Cuando llegué vi a una mujer en la cantina y me ofrecí
a pagarle el vaso pero ella no me respondió.
Le pregunté al mesero si la conocía, pero no me
respondió. Fui directo hacia ella y me senté al
lado, ella no dijo nada.
Traté de sacarle conversación pero seguía
callada. A cada rato miraba el reloj hasta que finalmente habló.
- Hoy es mi aniversario, tengo que irme antes de las doce. Hay,
Yamila. ¿Para qué bebiste esa noche? Fue lo único
que pronunció hasta el momento que se fue caminando. La
seguí varias cuadras. Hasta que, en una esquina desapareció,
justo en la cuadra de un cementerio y en una de sus tumbas la
vi parada hasta que el cuidador me habló -¿necesita
algo, señor? -Sí, ¿por casualidad no vio
entrar una chica?- y con gesto extraño me respondió-
aquí se ven cosas muy raras.
Esperé que el cuidador estuviera distraído y, sin
hacer ruido, trepé por la puerta del cementerio y por una
extraña razón algo me llevó a un lugar donde
había tres tumbas juntas. En una de ellas, donde había
visto a la chica, la lápida decía: Yamila Velásquez
4-3-1979 hasta el 30-7-1995.
- Hoy se cumplen 3 años de su muerte- me sorprendió
el cuidador - pobres chicas, ella venía muy borracha esa
noche, se empecinó en manejar y chocaron contra un paredón-
continuó el cuidador.
- Pero si yo la vi hoy - algunas almas jamás de descansan.
Lo que me pasó esa noche nunca terminé de entenderlo.
Cada año, el día de su muerte estoy siempre en el
mismo bar esperando a esa pobre alma en pena acosada por su conciencia
de culpa, esperando a aquella desconocida.