Por mi vida no pasaban más
que barcos, barcos con destino al Uruguay. Todas las mañanas
me sentaba en el mismo lugar y la fila de pasajeros daba la vuelta
y llegaba hasta la confitería del puerto. Era una fila
inagotable que parecía multiplicarse hasta el infinito.
- Quiero un pasaje al Uruguay- me decían.
- ¿A qué parte?-
- Al Uruguay- me volvían a decir, desquiciándome
ya desde el inicio.
- A Colonia, Montevideo, Piriápolis, Punta del Este...
-decía como un disco rayado.
- Ah... sí... a Colonia, nena
El término nena me ponía los pelos de punta.
Así todos los días, todos maniáticos que
viajaban y yo tan sólo podía saborear esos viajes
que nunca pasaban más que por una venta de los mismos.
Esa mañana me encontraba todavía dormida. Eran las
seis, hora en la cual el puerto se abría a la multitud.
Tenía las sábanas pegadas y mi cabeza se encontraba
más en la cama que en el lugar donde me hallaba. La gente
comenzaba a amontonarse y como de costumbre empecé a ponerme
un poco nerviosa. Ya había atendido a más de veinte
personas, cuando se me acercó un hombre con un semblante
fuera de lo común. Y digo fuera de lo común porque
sus facciones parecían poco humanas o por lo menos esa
era la impresión que me daba a mí. Describiéndolo
rápidamente puedo decir que tenía unas orejas puntiagudas
y tan largas que parecían dar la vuelta a su cabeza y tocarse
entre sí. Sus manos eran sumamente blancas y hacían
contraste con su rostro que era de una tez oscura. Al principio
no lo pude comprender y asocié que el color en su rostro
podía ser obra del sol. Luego lo pensé mejor y mi
razonamiento no encajaba, no podía tostarse tanto la cara
quedando sus manos con esa palidez cadavérica.
Cuando volví de mis reflexiones, el hombre me estaba hablando
y yo no le contestaba.
- ¿Adónde quiere viajar?- le dije apresuradamente.
- A Atlántida- me contestó muy seguro.
- La única forma es con un barco a Montevideo y luego un
bus a Atlántida- dije con ese speech característico
de la empresa donde trabajo. El hombre me miró y pareció
confundido.
- ¿Qué?- fue la interrogación que salió
de sus labios
- Con un barco y un micro- volví a decir, intentando convencerlo.
- En ese instante él pronunció unas palabras que
me dejaron helada
- ¡Atlántida no se hundió!
- ¿Cómo?- me animé a preguntar, sin dar a
entender que sus palabras eran las de un loco.
- ¡Atlántida no se hundió!- volvió
a decir y ya sus ojos estaban desorbitados.
- Señor- intenté calmarlo- el sistema sólo
me permite venderle de esa forma- y mi discurso parecía
no querer contagiarse de las palabras de ese hombre.
- Fíjese señorita, su sistema debe poder hacerlo-
me increpó con violencia.
Sin darme cuenta, emprendí una búsqueda en la computadora
de algo que sabía no iba a encontrar. Conocía de
memoria todas las opciones, pues eran años de entrenamiento
que no dejaban lugar a duda alguna. Y sin embargo, en la desesperación,
moviendo las teclas compulsivamente, advertí que aparecía
una opción antes nunca vista por mí. Al lado de
la opción Colonia y Montevideo surgía solitaria
e imponente la palabra Atlántida. Me quedé dura.
¿Atlántida? Pensé ¿Cómo puede
ser? Y aunque mi cerebro se resistía a entender, sabía
que debía venderle el pasaje; así que sin vacilar
me dispuse a ello.
- Documentos por favor- pedí con ansiedad. El me miró
con una tranquilidad casi contradictoria a su humor anterior y
me hizo entrega de su pasaporte. Comencé a llenar los datos.
Apellido y Nombre: Malcolm, Miles. Sonó raro pero los nombres
que de por sí me tocaban eran todos raros. Ese detalle
lo dejé pasar. Fecha de nacimiento: era confusa, los números
no eran del todo claros pero como siempre inventaba las fechas
también pasé por alto ese dato y seguí adelante.
El problema surgió cuando tuve que completar su nacionalidad.
Miré lo que decía el pasaporte, lo miré al
hombre, volví a mirar el pasaporte e instantáneamente
temblé. Recuerdo que la vista se me iba nublando y que
mis ojos no podían ver el teclado. Sentía el murmullo
de la gente que estaba detrás esperando para ser atendida
y no recuerdo lo que decían, pero pude ver que me señalaban
dando a entender que desaprobaban mi atención. Claro, ellos
no podían ver lo que mis ojos miraban, ellos ignoraban
lo que me estaba ocurriendo.
- Pase por la ventanilla "uno", señor- repetí
sin pensar- allí abona y le entregan el pasaje
- Gracias- me dijo- me alegra que haya podido complacerme
Cuando lo vi partir y ponerse en la cola de los que abonan, recordé
lo que le había vendido. No podía ser ¿Adónde
iba realmente ese hombre? Automáticamente me paré
y fui hasta la ventanilla "uno" para mirar su pasaje,
creyendo que cuando lo mirara iba a encontrar algo dentro de los
parámetros de lo normal. No sé que cara habré
puesto esta vez; no podía verme pero sentí cómo
mi rostro se iba transformando por el terror. Me sudaban las manos
y la prueba de ello era que el pasaje que tenía fuertemente
apretado estaba húmedo
- Me permitís el pasaje, por favor- fueron las palabras
del cajero que no podía entender lo que me estaba sucediendo
- Si, disculpá- fue mi respuesta inmediata. Oí como
el cajero llamaba por el apellido al hombre y lo vi acercarse
lentamente hacia el mostrador.
Quizá fue mi imaginación pero creo que en ese momento
me estaba mirando y se sonreía, como si estuviera disfrutando
de mi desesperación. Con la misma mueca macabra lo vi pagar,
tomar el pasaje y dirigirse a la parte de embarque.
Atónita por todo lo ocurrido noté que iba perdiendo
de vista al hombre. Sabía que tenía que seguirlo
pero hacer eso significaba mandar al diablo mi trabajo y como
hacía tiempo que tenía ganas de hacerlo, dejé
todo y corrí desesperadamente.
- ¿Adónde vas?- me gritó mi encargada, pero
yo no la oí o fingí no oírla. Estaba fascinada
siguiendo a este ser y me intrigaba como iba a hacer para viajar.
Por otro lado, no pude evitar que todo el puerto se diera vuelta
para mirarme. No era natural ver a una empleada corriendo en la
forma en que yo lo hacía.
- Tiene que pasar migraciones- pensaba mientras corría-
ahí lo van a parar y no va a poder embarcar- se me ocurrió.
Pero me equivoqué una vez más ya que el hombre sorteó
ese obstáculo sin problemas.
- Me lo está haciendo a propósito- me dije mientras
lo seguía corriendo.
En un momento, cuando ya empezaba a faltarme el aliento, lo alcancé
y le toqué el hombro.
- Señor, dígame que esto no es verdad- fue mi súplica
- Depende de lo que para usted sea la verdad- fue la respuesta
que logró dejarme más confusa aún- yo sé
muy bien a donde me dirijo ¿le ocurre lo mismo?
Sentí que la conversación era ridícula, que
no tenía razón de ser y sin embargo yo insistía
en saber.
- ¿Quiere acompañarme?
- ¿Adónde?- pregunté nuevamente. ¿Era
un diálogo de sordos o me parecía a mí?
- A Atlántida, a la única Atlántida- gritó
- ¿A la de la costa uruguaya?- le pregunté ingenuamente
- No, esa es un fraude, una imitación únicamente
nominal.
Instantáneamente empezamos a caminar por un lugar que yo
desconocía; una parte del puerto se develaba a mis ojos.
El callejón se iba angostando y cuando quise darme cuenta
tan sólo cabían nuestros cuerpos en su ancho. Yo
seguía el paso de Miles casi en sincronización y
por un momento creí que él se esforzaba por seguir
el mío, al punto tal que los dos íbamos saltando
ya y no caminando.
Llegamos por fin a un barco sombrío, un barco que tenía
más aspecto de extranjero que de argentino. Había
dos personas que, según me pareció, nos estaban
esperando.
- Adelante, suban- nos dijeron- el barco está a punto de
zarpar
- ¿Se anima a seguirme?- me preguntó Miles- la ciudad
queda muy lejos y no sé cuando regresaremos.
- Me animo- respondí y cuando traspasé la borda
perdí la conciencia. Desperté en una habitación
blanca, vestida con una pollera muy corta con unos dibujos que,
a mí entender, eran jeroglíficos. Me habían
cortado el pelo, pintado las uñas de muchos colores y me
rodeaba un biombo transparente.
Lo traumático fue que, detrás de ese biombo, me
encontré con un montón de caras, todas pegadas unas
con otras que me observaban. Busqué desesperadamente a
Miles y no lo encontré. La especie de mampara, de improviso,
comenzó a girar de una forma violenta y ya no podía
ver las caras pero si estaba segura de que no se habían
ido, de que allí estaban, inmóviles, mirando. El
biombo giraba cada vez más y empecé a marearme de
una forma indescriptible. Mientras me movía no dejaba de
pensar que hacía allí, si realmente lo que ocurría
era un sueño o una grieta del infierno. Pero ¿Importaba?
No, lo que contaba era la sensación de ahogo que sentía
en esa cápsula de plástico que se movía compulsivamente.
No sé en que momento comencé a sentir que las caras
ajenas, detrás de esa cápsula, comenzaban a serme
familiares ¿Por qué era? ¿Era porque mi cuerpo
estaba distante? ¿Era porque sentía desprenderme
de él y trasladarme hacia otro lado? Por un momento fui
parte de esa muchedumbre que me miraba atónita desplazarme
de un lado a otro. Comprendí entonces que estaba del otro
lado observándome. Me di cuenta porque mi rostro sentía
el contacto de esa especie de plástico, de nylon que cubría
el biombo. ¿Qué estaba pasando? ¿Era yo quien
observaba o quien era observada? ¿Fui yo lo que estaba
en el puerto, la que siguió a Miles y la que subió
al barco? Era extraño, pero toda la experiencia anterior
parecía vivida por otra persona, una persona que no era
yo y que estaba en mi lugar o que estuvo en mi lugar siempre.
Con mucho esfuerzo desprendí mi cara de la mampara y desesperadamente
busqué a Miles para que me diera una respuesta, si la había.
No lo encontraba. Se había esfumado y con él toda
explicación lógica de ese fenómeno. Volví
la vista hacia el biombo y me vi allí girando y a las caras
inmóviles cada vez más cerca de mí. La sala
en la que estaba era semiobscura y parecía no contener
más que ese experimento que se estaba llevando a cabo.
Caminando sigilosamente por todos sus rincones, hallé sólo
una especie de espejo colgado en la parte inferior de una de sus
paredes. Hacia él corrí para ver mi aspecto y, ni
bien logré esto último, retrocedí espantada
por la imagen que se revelaba. Empecé a gritar buscando
a alguien que pudiera decirme que estaba ocurriendo. Nada. Supe
entonces que estaba condenada ¿O condenado? ¿Quién
era yo ahora? ¿O quién fui siempre? ¿Y el
puerto en que lugar quedaba? ¿Y Atlántida? Sabía
que no estaba en ninguno de estos lugares y también sabía
que no sabía dónde estaba.
-¡Miles!- escuche desde el interior de lo que parecía
otra sala- ¡Miles! ¿A quién llamaban? ¿Por
Dios, quién era yo? Volví a mirarme en el espejo
y reconocí algo que parecía representar a mis orejas.
No había duda ya que estas daban la vuelta a la nuca y
parecían tocarse. Mis manos estaban blancas y todo mi cuerpo
tenía aspecto bronceado. Yo era Miles, había dejado
de ser quien era y ahora comprendía que no iba a volver
nunca más al puerto. Se había producido un cambio
y no entendía por qué yo, por qué no otra.
Mientras mi horrible destino se iba revelando observé que
la compuerta del biombo se abría y que yo me iba por donde
había llegado, a ocupar mi lugar o, mejor dicho, a ocupar
un lugar que había dejado de ser mío. Con tristeza
me vi alejarme despacio, atravesar la puerta del barco hasta desaparecer
completamente de mi vista.