Mi cochecito

Me había propuesto terminar con esos viajes colgado en el tren, estrujado en el subte, pisoteado en el colectivo, para ir o volver de mi trabajo, luego de haber estado de pié ocho horas. Concurrí a una Agencia de Automóviles, por un aviso en el diario, siendo atendido allí por una persona quien me dijo que por el dinero que yo podía dar, que era poco, podía comprar una especie de cajón o cucaracha de dos puertas, color violeta, no pudiéndose distinguir la parte trasera o delantera. El agenciero abrió la puerta donde estaba el volante y sin consideración alguna, me empujó al interior del rodado, pegando luego un portazo "porque tenía un problema para cerrar", ordenándome que lo probara. Comencé a transpirar como si toda la parte líquida de mi cuerpo quisiera escapar de esa cosa con ruedas. Se me empañaron los lentes y sin mas, conecté la llave, moví la palanca de cambios, pisé el acelerador y aquello salió disparado en medio de un espantoso ruido, envuelto en una nube de humo y olor a aceite quemado; pero hacia atrás. Creo que si no hubiese existido aquella pared, hubiera seguido quien sabe hasta dónde. Metió aquél señor medio cuerpo por la ventanilla donde yo estaba sentado, pasando sobre mí, mientras decía que debía soltar el "sebador", como primera medida. De pronto por la otra ventanilla, otro cuerpo se metió diciéndome que no me pusiera nervioso. Para demostrarles que no lo estaba, aunque sí lo estaba, apreté el acelerador nuevamente y si no sacan sus cuerpos como movidos por resortes, me los hubiera llevado arrastrando hasta la calle, donde al ver venir un camión, frené poniendo los dos pies sobre el mismo pedal. Por el espejo retrovisor, observé como discutían aquellos dos, uno agarrándose la cabeza y el otro golpeando con su puño la mencionada pared. Volví hacia atrás corriendo. También lo hicieron aquellos dos vendedores, pero hacia los costados, pues fuí a dar nuevamente contra la pared que parecía tener un poderoso imán, y donde estaban aquellos dos apoyados. Abreviando, con esos pocos pesos, según ellos, pude ser el propietario de "eso".
Llegué a mi casa, empujando el cascajo que dejó de funcionar unos metros antes de llegar a la esquina. Cuando doblé, mi familia me esperaba en la puerta, pude ver gestos de decepción, asombro, risas, lo tenía merecido por haber aceptado aquello, según me dijeron. Cuando después de muchos ruegos mis hermanas Felisa y Noemí subieron trabajosamente, quisieron bajarse cuando el auto comenzó a rugir y llenar de humo la calle y salieron como locas del interior, debiendo salir todos por la única puerta que se abría. Ellas sentadas atrás, habían clavado sus rodillas en mi nuca, así que todos estuvimos contentos cuando salimos de esa especie de lata de sardinas. Por dejar el auto, bueno, aquello, en la calle, me robaron una puerta, por suerte, la que no se abría, y las dos ruedas delanteras, no pudiendo encontrar otras del mismo tamaño, debiendo poner unas mas pequeñas. Dicen que "Hay andanzas que fueron premeditadas y encontraron sus víctimas. Yo lo fuí. La agencia cerró y los vendedores desaparecieron. Mirando casi el pavimento, debido a la diferencia de ruedas, manejé mi cochecito viendo como los demás se mataban en los medios de transportes público, para viajar. Dentro de todo, iba donde quería, sin nadie a mi lado, la verdad que no quiso persona alguna acompañarme, hasta que poco a poco, se fué desarmando y quedé sentado sobre el pavimento, arriba del almohadón, que había debido poner en reemplazo del asiento que una vez saqué para arreglar y nunca más pude colocar.

Antonio Guillermo Molina
Edad: 70
País: Argentina
Residencia: Buenos aires
Ocupación: jubilado
Hobby: escribir, cantar, pintar, todas las artes en general y viajar...

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