|
¿Un sueño o una vida?
¿Qué me ha pasado? Me encuentro extraño. No sé si estoy soñando o si esto es realidad. Bajo un estado de confusión e incertidumbre total miro a mí alrededor y veo multitud de gente en lo que parece una gigantesca playa. Gente de todas las razas, colores, edades... parece un pequeño y particular mundo condensado en lo que podría ser un cuadro, toda la esencia de la vida encuadrada en el límite de unos marcos dorados. Ahora me observo a mí mismo, allí sólo entre tanta gente, arrodillado a la orilla de la playa con el agua acariciando mis piernas. ¡No puede ser!, después de mirarme de arriba abajo descubro que soy un adulto prisionero en un cuerpo de niño. Tengo la misma inocencia, la misma fragilidad, la misma dificultad de andar y de articular palabra alguna que tiene un niño de escasa edad pero con la capacidad de reflexionar que puede tener un adulto. Sin saber muy bien qué hacer ni a dónde ir miro hacia arriba. El sol comienza a ofrecernos sus primeros rayos de sol indicándonos que un día espléndido está amaneciendo. Su luz y su calor se pelean por penetrar entre las pequeñas pero compactas nubes con la intención de alcanzarme y dorar mi piel. Instintivamente y como queriendo escapar del cálido recibimiento del astro rey, comienzo a avanzar en un gateo interminable que hace que mis piernas se mezclen con la suave y blanca arena de la playa, depositada ahí gracias a muchos años de insistencia y esfuerzo por parte del mar. A medida que avanzo veo cómo algunos niños y niñas de mi edad se acercan a mí. Jugamos, reímos e incluso algunos me acompañan en mi constante gateo. Echo mi mirada atrás y observo los rostros de los que se han quedado. Unos me siguen con su melancólica mirada mientras me alejo, otros en cambio me observan levemente y continúan riendo y jugando. Yo, sin poder volver sobre mis pasos, continúo mi singular trayecto junto a los demás niños. Autor:
Carlos José Díaz Amestoy
|
|||||||||||