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Muerte
sustituta
El
pequeño monstruo de lata me sobresaltó. Ese despertador
infame.
Mi frente golpeó contra el estante de la biblioteca, sobre la cama.
Reboté contra la almohada. El corazón desbocado quería
abandonar mi pecho. Las sábanas húmedas revelaban la intensidad
de la pesadilla.
El reloj salió volando por la ventana.
Eran los años oscuros, cuando siniestros Ford
Falcon recorrían las calles. A veces con un rumor apagado, otras
haciendo chillar los neumáticos al doblar en una esquina, transportando
su carga de asesinos y víctimas desesperadas.
A diferencia de otros sueños, en este imperaba la luz. Un sol intenso
iluminaba cada rincón, sin producir sombra alguna.
Yo caminaba por una recova, parecía la de Leandro Alem. A cada
paso miraba sobre mi hombro, algo o alguien me seguía.
A dos cuadras atrás mío, apareció la
trompa de un auto negro, gigantesco. Dobló con parsimonia hacia
donde me encontraba. Distinguí cada reflejo en los cromados, los
cristales levemente verdosos, las tres antenas.
Hipnotizado, observé a los dos ocupantes: bestiales. Anteojos oscuros,
enormes; y las sonrisas de triunfo, con demasiados dientes para ser humanas.
Mis piernas eran dos tubos de goma agujereados, por donde se escapaba
un aire tibio. Perdí estatura mientras se desinflaban. Un intenso
deseo de orinar golpeó mi vejiga. Los ojos a punto de reventar
de puro abiertos. Más aire, escapando de mis pulmones, siseando
entre los dientes.
El conductor aceleró con suavidad. El motor subió su ronroneo
una octava y el auto levantó apenas el morro, olisqueando la presa.
La distancia se redujo. Advertí los trajes grises, cruzados. El
que viajaba de mi lado hizo un movimiento grácil: apoyó
el codo en la ventanilla y sacó como al descuido un
arma. Parecía una continuación de su propio brazo.
Supe no sé cómo, pero supe que era una Browning
nueve milímetros. Tan opaca y muerta que absorbía toda la
luz que le llegaba. Un agujero negro cargado con el horror del vacío
infinito.
No contaron con que mi adrenalina violenta, terrible, Santa Adrenalina
de mis arterias acudiría, masiva, en mi ayuda.
Di un salto. Corrí entre los sillares de la recova. A mis espaldas,
las ruedas giraron aullando de furia. El motor rugió su frustración.
Ya estaban sobre mí, casi.
Zigzagueaban esquivando las columnas, para ello el auto debía ondular.
De otro modo, el tamaño le hubiera impedido serpentear en ese espacio
tan estrecho. Gané un poco de distancia. Los rostros de mis perseguidores
muecas demoníacas, se contraían por la ira.
Alcancé la pendiente de Avenida de Mayo, no había un alma.
Empecé a subir resbalando en el adoquinado, misteriosamente húmedo
bajo el sol ardiente. La camisa se me pegaba en la espalda, y los pantalones
de hierro me impedían los movimientos.
Caí.
Gateando no terminaba de incorporarme, rompiéndome
las uñas, con las suelas de los mocasines resbalando en el granito
de la calle, traté de avanzar un poco más.
Llegué hasta una montaña de escombros, frente a la explanada
de la Casa de Gobierno.
El auto giró entre nubes blancoazuladas y olor a caucho quemado.
Me desplomé tras los cascotes, sobresalían unos huesos blancos.
Tratando de embestirme, chocaron contra el amasijo de restos humanos e
inhumanos. Volcaron con estruendo, arrancando chispas, haciendo volar
miríadas de partículas polvorientas. El silencio se hizo
denso, espeso.
Me acerqué ya sin temor al vehículo que yacía
con las ruedas hacia arriba, como un escarabajo gigante e inmundo. Oí
con nitidez el cliqueo del metal caliente, un gorgoteo al retroceder los
líquidos dentro de las mangueras. El conductor no aparecía
por ningún lado. Sólo encontré al otro, al asesino,
seguía vivo y despierto.
Nos miramos con fijeza. El se arrastró hasta la ventanilla empujándose
con los codos, aún empuñaba el arma. Persistente, otra vez
me apuntó.
Solté una carcajada de alivio. La pistola era de plástico,
ordinaria. Un juguete de mala calidad. Todo era una broma. Un chiste pésimo.
Me habían dado un buen susto, resoplé mientras recuperaba
la compostura. Apoyé las manos sobre mis rodillas, inclinándome
para verlo de cerca.
¡Animal! Aullé ¡No servís
ni para robar monederos en la feria, infeliz! Seguí gritándole.
¿Por qué no te dedicás a otra cosa? Mejor hacete
verdulero... ¡Imbécil!
Las palabras eran un bálsamo. Chorreaban por mi espíritu
alterado, lavando los últimos restos del pánico. Me sentía
cada vez mejor. Aspiré hondo, hinchando el pecho. Mi oponente miraba
perplejo, se achicaba a ojos vista.
Algo cambió en el aire, que se volvió ominoso. Dejé
de reír, alerta.
Ahora era el asesino quien sonreía. La boca se le estiraba, casi
hasta partirle la cabeza en dos. Demasiados dientes, demasiado largos.
Y el juguete...
Empezó a transformarse no pude apartar la vista de aquel
horrorcon lentitud, como si fuera un tubo que se llena de agua,
se volvió metálico, real. Era la muerte que se puede
eludir un tiempo, pero es invencible.
Sentí un amasijo de alambre en la garganta.
Percibí cada detalle: el punto de mira, la corredera, el guardamonte,
las cachas ranuradas. Noté la mano firme que la sostenía:
las uñas cuidadas, el índice tirando hacia atrás
el fino gatillo negro. El martillo del percutor cayendo... cayendo...
Y el pequeño monstruo de lata que me sobresalta.
Ese despertador infame que ahora yace muerto en mi lugar.
Despatarrado y con las tripas al aire, en el patio.
Buenos Aires mayo de 2002
Autor: Kalessin
Fecha de publicación: 18/05/2002
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