|
Hasta
los huesos
Suplicó
por su vida. Yo hice caso omiso. Alegó que no deseaba morir, que
todavía no había llegado su tiempo para despedirse. Yo dije
que tampoco deseaba matar, pero era mi deber. No hubo últimas palabras,
ni un solemne silencio antes de morir. Fue rápido y sin dolor;
bueno, casi. No hice más que lo que debía. Fue un trabajo
totalmente profesional, sin dolor, sin gritos, sin sorpresas ni descendencia,
sin remordimiento, sin rastros, ni pistas, ni pruebas ni nada. Salí
por la puerta de adelante, ya con el dinero. Estaba orgulloso, había
sido un trabajo sobresaliente, y nadie me había felicitado. Guardé
mi equipo en el baúl, para no llamar la atención, y encendí
el auto. En el camino de vuelta a casa comencé a sentirme incómodo.
En cualquier momento podría pasarme algo así a mí.
No... en realidad no, estaba siendo muy melodramático.
Desde que había llegado la epidemia que tenía por lo menos
tres o cuatro laburos por día. No me quejaba, me estaba yendo muy
bien, pero dada la naturaleza de mi vocación era algo realmente
tétrico. Vivía solo. No había nada peor que tener
que imaginarme a mí hablando con una esposa sobre lo que hice el
día anterior. Mis días pasaban rápidamente, y cada
vez tenía más trabajo. A veces tenía los horarios
superpuestos y debía correr. A veces el auto no andaba y yo marcaba
nervioso y a los gritos pedía desde mi celular un radio-taxi, o
una grúa, dependía de la cantidad de tiempo que tuviera.
Cuando llegaba a casa ya no miraba televisión, las noticias eran
cada vez menos alentadoras: Leyes para prohibir mi oficio, crecía
el número de infectados, los precios subían, los crímenes
se potenciaban...
Cierto día del que aún tengo memoria yo estaba rebozando
de felicidad, ya que tenía sólo un trabajo por cumplir.
Era un día hermoso, con un cielo radiante, un sol hermoso y seductor
y una brisa seca y fresca que refrescaba hasta el alma. Mientras me dirigía
hacia la dirección acordada, pensaba feliz que tendría una
tarde de ocio. Llegué al lugar, era una hermosa mansión,
yo diría que imitando a los palacios franceses del siglo XVII.
Los dueños de casa me esperaban en la puerta, y cuando el padre
de familia me extendió la mano, la piel de sus dedos se astilló
en duros cristales de sangre que salpicaron en todas direcciones, alcanzando
a su familia, pero no a mí. El hombre me miró, y con una
sonrisa me dijo:
-Bueno... ¡Parece que no seré el único!- a lo que
respondí asintiendo con la cabeza.
-Entonces tendría que triplicar el presupuesto...- Dije, para que
vaya sabiendo que tendría que pagarme más aún.
-No hay problema, buen hombre.... Mientras todo salga bien se merece usted
cada centavo...
Lo miré de nuevo mientras le hacía una nueva factura, esta
vez con el presupuesto para cuatro personas: Dos adultos, dos niños.
La familia, como sorprendida y decepcionada a la vez, me miraba expectante,
como a un mecánico, o al service del televisor. La esposa no era
bella, sino una madre ama de casa con muchas frustraciones, mucho trabajo
doméstico y muchas luchas con los hijos. Estos eran dos niñas,
gemelas, que me impresionaron desde el principio.
-Niñas, niñas, vayan a ordenar sus cosas mientras el señor
prepara sus cosas- dijo la madre, y ellas subieron estrepitosamente las
escaleras que había del otro lado de la entrada, de frente a la
puerta -¡Y recuerden cerrar las persianas cuando bajen!- finalizó
autoritaria la madre.
Fui a buscar mi equipo al baúl del auto, y mientras lo llevaba
a la sala principal de la planta baja vi al hombre sacando dinero en una
bolsa de un maletín. Me dio un par de indicaciones sobre cómo
debía dejar la casa antes de irme, qué debía hacer
con el pez dorado que había en la heladera y un montón de
otras cosas. Como les requerí se vistieron todos de blanco, de
pies a cabeza. Entre los cuatro me ayudaron a mover todos los muebles
de la sala principal y recogieron todas las sábanas blancas que
tenían y las tendieron a lo largo y a lo ancho de la habitación.
Les mostré donde debían arrodillarse y lo hicieron. Les
pregunté si querían una bolsa negra para no ver nada, pero
se negaron. Abrí mi caja de herramientas y les pedí a cada
uno que eligiese un artefacto. Por suerte para mí, todos eligieron
lo mismo, así que no debía cambiarlo en cada uno. Me puse
mi largo guardapolvos, el barbijo, y me preparé. Decidí
empezar primero por las niñas, así no veían a sus
padres. Estaban en cuatro puntos equidistantes los cuatro, mirando para
afuera, y yo en el centro. La primera niña cayó sin tener
ningún espasmo, parecía profundamente dormida. La segunda
pareció ponerse nerviosa, "¡Mamá!" gritó,
y se quiso aferrar a la madre, pero cayó antes de darse cuenta.
La mujer cerró los ojos y me dijo:
-Recuerde que le dejamos un poco de comida que nos sobró del mediodía
bajo un repasador en la cocina... le digo por si luego tiene....- y cayó
al piso sin ninguna expresión que denotase nada, parecía
como si nada más se estuviese tomando su tiempo para seguir la
frase.
-Cierre con llave cuando se vaya, mi abogado vendrá mañana
a la mañana y no quiero que falte nada. Recuerde la puerta de la
coci - y cayó al piso, aún con la sonrisa despreocupada
de un alto empleado en domingo de pascua.
Puse el arma en una bolsa al vacío junto con los cartuchos. Los
envolví a los cuatro en las sábanas y limpié todo
el lugar. Hice todo lo que me dijeron, saqué al pez de la heladera
y estaba congelado, así que lo puse entre las sábanas junto
con los otros. Además aproveché para almorzar con el pavo
al horno de la mamá de casa. Cerré la puerta principal desde
afuera y luego la volví a meter por el buzón, di media vuelta
y me fui hacia el auto. Manejé hasta casa, y cuando llegué
guardé el equipo y me eché a dormir.
Desperté envuelto en sangre y sudor, y cuando quité las
sábanas y vi trozos de piel volar con ellas, supe que ya no me
quedaba otra. Prendí la tele, llamé a todos mis clientes
de ese día y cancelé mientras miraba cómo las noticias
empeoraban y mejoraban: nos habían prohibido, se había encontrado
una vacuna, una guerra entre tal y tal, subían los impuestos...
Pensé que probablemente había sido el pavo y me resigné.
Recordé las caras de felicidad de todos los miembros de la familia
antes de que sus cerebros en sangre y trozos pequeños volasen en
pedazos. Había hecho una fortuna para aquél entonces, y
ahora no la podría aprovechar. "¡Pero qué bah!"
me dije y sentí mi garganta obstruida. Quité el seguro de
la 44· y tiré del gatillo.
Autor: Santos
Domec
Edad: 16
País: Argentina
Residencia: Buenos Aires
Ocupación: Estudiante
Hobby: Escribir
Comentarios: vivir-ser-sentir-sufrir-agonizar-morir--- Esa es mi vida,
eso me dicen tus ojos...
Fecha de publicación: 10/05/2002
El Confesionario - Comentarios sobre el texto
|
Comentarios de los lectores |
|
|
|
No hay comentarios disponibles para este texto. Te invitamos a enviar el tuyo! |
|




|