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EL
ABUELO QUE NO FUE
El
ruido del tren se escucha demasiado, asi que seguramente lloverá dijo
el abuelo mientras Aquel
día estaba alegre y jovial, cumplía casi ochenta y por los festejos yo
no iría al colegio. Para
recibir a los invitados el abuelo quería estar pintón, así que iría a
la peluquería a cortarse el pelo y emparejarse los bigotes; esos que mantenía
desde muchacho y que en la foto que estaba sobre la cómoda, parecían algo
exagerados. Nos
abrigamos y salimos juntos y a pie salvando las pocas cuadras que separaban
casa de la antigua peluquería. Yo iba casi colgado de su brazo aún fuerte,
y mientras respiraba con alguna dificultad, me decía que aspirar con fuerza
ese aire de la mañana era sinónimo de salud. Luego
de la peluquería nos sentamos en la galería al sol y le pedí que me contara
la historia de su vida, que muchas veces oí, pero entrecortada y por boca
de terceros. Salvador
como se llamaba había nacido en el norte de Africa, para ser más preciso
De
jóven pasó dificultades y su familia cansada de vagar por el desierto
sin muchas esperanzas de mejorar, se atrevió un día a cruzar el océano
en barco y llegar hasta la Argentina. En aquel largo pero ansiado viaje
conoció a Simy, la que luego sería su mujer y más tarde mi abuela. Al
llegar al país se casó y comenzó con su familia a poblar a la provincia
de tiendas por todas partes. Mientras recuerda se le llena la cara de
alegría y ve su paso por Juan N. Fernadez, La Colina, Tornquist, Pigue
y Pringles. No teníamos nada que envidiarles a los vaqueros del Far-West
me comenta entre risas, ya que ésto también era desierto allá por principios
de siglo, y nosotros nos aventuramos a poblar estas zonas de a caballo.
La
llegada de parientes y amigos me cortó aquella bella historia, aunque
esta vez había llegado bastante lejos. Aquella
noche sopló las innumerables velitas rodeado de sus seres queridos y me
fuí a dormir entre camellos y caballos. Me
despierto sobresaltado al oir la bocina de un tren y me percato que tuve
un hermoso sueño, pero nada más que eso, y me quedo con ganas de tener
un abuelo que me acompañe hasta el colegio, o me ayude con las cuentas
difíciles que estoy aprendiendo. Gustavo Abejdid Edad: 42 años Escribile
al autor
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