| "Soñando
con Amalia"
Amalia estaba de espaldas al gran salón,
tocando una de las piezas que en el año mil ochocientos veinte hacía estragos
en la sociedad de Buenos Aires, despreocupada de que estuvieran entrando
en la peor crisis las Provincias del Río de la Plata, comenzándose
a desmembrar el Virreinato o que cada intento de unir los territorios
bajo un solo gobierno, terminara en un rotundo fracaso.
Seis gobernadores en seis meses. La anarquía ese año, brillaba con todo
su esplendor.
-Ha escuchado la última pieza de Alberdi?
-Mejor sería que se ocupara de la política.
-"Las Bases" ha sido todo un éxito.
-Una cosa es escribir política y otra música para bailar...
-Parece que está apoyando a los liberales contra Rozas
Este nombre hizo palidecer a los que escuchaban, haciendo cambiar inmediatamente
de conversación.
-El veintisiete de septiembre se ofrecerá el primer espectáculo completo."El
barbero de Sevilla" del maestro Rossini. No me lo pienso perder.
Amalia estaba de espaldas al gran salón, las velas eran reemplazadas luego
de consumirse lentamente, por los criados negros o mestizos quienes además,
atendían servilmente al resto de los presentes.
Sentado cómodamente en un sillón de terciopelo gris con ribetes dorados,
Daniel Bello miraba embobado a la ejecutante, acompañando el ritmo de
la música moviendo la pierna cruzada, mientras sostenía una copa de hermoso
cristal tallado en Europa. Sobre él, un retrato de una hermosa mujer,
firmado por Juan Felipe Goulu.-
Eduardo Belgrano, apoyado en una columna, la cabeza hacia atrás, mirando
el cielo raso, los brazos a la espalda y la boca entreabierta, parecía
San Sebastián a punto de ser atravesado por flechas invisibles.
Los demás, eran figuras fantasmagóricas por momento, debido al humo del
tabaco y al resplandor titilante de las velas repartidas en los candelabros
de plata.
Desde un rincón observaba la escena reflejada en el enorme espejo vestidor
que me permitía ver apenas, los finos rasgos del anguloso rostro de la
dueña de casa.
Una sombra cruzó el patio de baldosones rojos, deslizándose sigilosamente
hasta el ventanal, espiando el interior del salón, tras los barrotes y
cortinados de encajes.
Aunque nadie parecía haber notado aquello, una extraña inquietud recorrió
todo el ambiente en ese instante, volviéndolo opresivo. La digitación
de la ejecutante tuvo un pequeño tropiezo, una señora dejó caer la copa
que en ese momento llevaba a la boca.El viejo militar, disimuladamente,
con un imperceptible temblor en la mano, llevó una pizca de rapé a su
nariz y una vieja criada, precipitadamente, se persignó.
Sin gesto si palabra alguna, pasaron por sus mentes el recuerdo de la
mazorca, de Victoria el Jefe de la Policía, quienes podrían estar husmeando
esa casa, encuentro clandestino de muchos unitarios, según se comentaba.
Me levanté lentamente mirando con recelo el ventanal. Algo se movió. Dos
enormes ojos negros aparecieron tras los cristales. Sin pensarlo, rápidamente,
tomé lo primero que tuve a mano y lo arrojé violentamente.
-¡Animal!¡casi me aplastás la cabeza con ese frasco de vidrio!
Mi compañero de cuarto estaba sentado en la cama, fuera de sí, con una
mano aún en la perilla del velador y en la otra los auriculares de la
radio.
-Che mirá que esto es serio.
Recordé el día en que mi madre me llevó a un médico alarmada, porque aparecía
en su habitación cantando, me encontraban desnudo en el jardín hablando
con seres inexistentes o parado en medio de la habitación de mis hermanos,
aplaudiendo.
Nunca recordaba los sueños. Me sentía confuso, desorientado .
-Perdoname, no volverá a suceder. Voy a solucionarlo.
Amalia estaba de espaldas al gran salón, pero podía ver su rostro enmarcado
por esos rizos en forma de tirabuzones que llegaban a cubrir apenas hasta
los lóbulos de sus pequeñas orejas adornados por dos diminutos colgantes.
Daniel Bello se acercó a mí sacándome de mi ensueño, murmurando tan suavemente
que debí esforzarme para poder entender lo que decía.
-Los unitarios se plegaron a la bandera de Urquiza, porque en ella ven
una posibilidad casi cierta de volver a su patria y gobernar en su país,
lo que de otro modo no hubieran logrado.
-No todos los unitarios luchan desde afuera. Algunos federales no están
de acuerdo con lo que hace la mazorca. Además, no tome con demasiada seriedad
los términos unitarios o federales como si respondiesen a bandos homogéneos-intrigado
se sentó al otro extremo del sillón-He visto a muchos unitarios tirar,
como si fueran federales, del carro en el cual llevaban a Manuelita luego
de la función del teatro, cuando quitaron los caballos y la ponderaban
como hija del Restaurador.
-Lo dice usted por....
-¿Es usted el que escribió "nunca matarás el alma, ni pondrás grillos
en mi mente?
¡Estaba frente a mí!.Por primera vez ee, pero no tenía rostro, solo una
máscara blanca sin rasgo ni expresión alguna.
Dije entonces que quien lo dijera había sido José Mármol el autor de "Amalia"
cuando estuvo detenido por sus ideas contrarias. Yo soy un ferviente admirador
de su obra que puede revivir los momentos relatados, generalmente durante
el primer tercio del periodo de sueño mayor.
-Ah, sonámbulo..soñador..-dio media vuelta y acomodó la banqueta como
para tocar alguna pieza en el piano.
Amalia estaba de espaldas al gran salón. Su cuerpo apenas se movía. Eran
los brazos los que recorrían el teclado como envolviendo y desenvolviendo
un paquete de lentas melodías.
Se oyeron gritos y corridas por el patio, la puerta se abrió bruscamente.
Un grupo de mazorqueros con sus inconfundibles vestimentas , se abalanzaron
contra todo ser viviente que se encontraba allí.
-¡Muerte a los unitarios!¡Viva la federación!
Cayeron cabezas, se mezclaron los gritos de los esbirros con los de aquellos
que eran heridos o morían, el olor de la sangre, con la cera y el humo
de los pabilos, el desgarrante estruendo de vidrios al hacerse añicos
el gran espejo vestidor. Todo en un solo instante.
Amalia estaba de espaldas al salón, de pié, cuando un sable se levantó
en el aire. Solo ví cuando estaba por bajar la mano que lo sostenía.
Mi voz fue un aullido feroz, arrojándome hacia el que quería herirla y
golpeándole la cabeza con algo pesado. Golpeé fuerte, muy fuerte una y
otra véz. Sangre en mis manos, en las paredes, en las ropas, en el pisapapeles
que aún tengo en la mano. Sangre en el rostro desfigurado de mi compañero
de cuarto, con su boca entreabierta y sus ojos abiertos con espanto y
sin vida.
En la mesa de luz, el velador tirado sobre un costado, ilumina como un
reflector mi libro preferido:"Amalia" de José Mármol.-
FIN
Guillermo Molina
70 años
jubilado
Buenos Aires Capital(argentina)
Hobby: Música, pintura, viajes, escribir, todas las artes...
Comentario:Amalia fue señalada como la novela sudamericana mas importante
del siglo. Muy poco tiene que ver con este cuento salvo en algunos detalles.
Hay verdades e invenciones, pero todo está relacionado. Como El Confesionario
me ha dado todas las oportunidades necesarias, sigo insistiendo porque
sé que aquí, habrán muchas personas que lo leerán estén o no de acuerdo
Escribile
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