Los ojos del gato
"me desperté como de costumbre,
tarde"
Me desperté como de costumbre, tarde. Miré con bronca las agujas de
ese reloj que nunca se detienen. Salté de la cama con rapidez
y en diez minutos ya estaba en la calle corriendo para no
llegar tarde a la escuela. Sin embargo no dejé que eso me molestara
porque ese sería el gran día: se realizaría en el colegio una obra teatral
y yo sería el actor principal. Me imaginaba la gente aplaudiéndome,
los directivos felicitándome por el buen papel realizado y mis compañeros
diciéndome lo bien que había estado. Por todo eso... estaba feliz.
El día era hermoso, lleno de calor y color. El tan esperado día al fin
había llegado.
Entré apresurado por la puerta principal y me dirigí a mi aula, pero
al llegar la encontré vacía. Recorrí los demás salones esperando que
alguien me pudiera contar qué sucedía, pero todos estaban en el mismo
estado: completamente vacíos.
" Tal vez todos entran más tarde"- pensé. Me dirigí a la dirección
para confirmarlo, pero no encontré a nadie. Entonces recorrí todos los
lugares de la escuela: estaban desiertos.
" Volver más tarde es la opción más lógica" - me dije y regresé
a la puerta de la entrada... Estaba cerrada. Traté de abrirla con fuerza,
pero parecía imposible. Resignado volví a mi aula, a esperar sentado
que algo sucediera. No sé cuanto tiempo esperé, tal vez horas, tal vez
minutos.
Vi todos los asientos vacíos y yo era el único alumno presente. No puedo
negar que me incomodé, sentía una rara sensación. No estaba acostumbrado
a estar solo. Al poco tiempo sonó el timbre y salí al patio. Traté de
probar nuevamente si la puerta cedía esta vez, pero nada. Parece que
estaba decidida a no dejarme salir. Empecé a dar vueltas y vueltas por
aquel enorme sitio. Era extraño verlo así: vacío, silencioso, sin vida.
Siempre había gente de un lado a otro, de aquí para allá, dándome su
calor, su compañía pero ahora mis pasos hacían eco.
El cielo se oscureció rápidamente, la luz del sol ya no brillaba.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Sentí frío, mucho frío. La soledad
me acompañaba. Me senté en el piso y abracé mis rodillas. ¡Dios! Me
estaba congelando. De repente sentí que alguien tocaba mi hombro, yo
volteé bruscamente. Me choqué con un par de ojos verdes, intensos, cristalinos.
Era un gato. Nuestras miradas se encontraron un segundo, deteniendo
el tiempo, luego él salió huyendo. Lo perseguí con prisa, corriendo
por esos enormes pasillos que parecían infinitos. Entró en mi salón.
Cuando llegué, vi que la habitación había cambiado, las paredes estaban
cubiertas de espejos, espejos reflejando mi imagen una y otra vez. Pero
no eran idénticos a mí, no reflejaban mis movimientos, no hacían lo
que yo hacía. Sus rostros comenzaron a cambiar, empezaron a llorar,
todos al unísono. Miles de reflejos míos me miraban llenos de lágrimas,
llenos de angustia. ¡Ése no era yo! ¡No quería verme llorando! ¡No quería
verme así! No lo pude soportar. Tomé un banco y empecé a romperlos,
uno por uno.
Los rompí a todos, quedaron hechos añicos. Ya no había rostros tristes,
ya no había imágenes de sufrimiento, yo las había eliminado. Nunca
más volverían a molestarme. Cuando me di cuenta, mi cuerpo estaba mojado,
cubierto de lágrimas...
¿Lágrimas? ¿Había dicho lágrimas? Imposible, yo nunca lloraba, siempre
reía. Todo el mundo me conocía como alguien muy feliz... Eso era absurdo.
El día se hacía menos evidente y la oscuridad empezaba a mostrar su
presencia.
El gato, sereno, me miraba desde un rincón bajo los escombros que yo
había causado.
Nuevamente el animal salió corriendo al sentir que me acercaba. Lo perseguía
con todas mis fuerzas; pero parecía que cada vez me alejaba más y más.
Tropecé con algo, no pude ver qué era, todo estaba oscuro. Toqué mis
piernas porque creí sentir un dolor intenso(por el golpe), pero cuando
las palpé no pude sentir nada... éstas no respondían. Estaba inválido.
Pude sentir una presencia detrás de mí, sabía que era él, pero no quería
voltearme. Finalmente lo hice. No pude ver mas que dos destellos verdosos,
mirándome, acechándome. Sentí miedo. ¿Qué quería de mí? ¿ Por qué me
atormentaba? Traté de correr, pero no pude. Mis piernas siempre respondían
cuando quería huir, pero no esta vez. Él comenzaba a acercarse. Me arrastré
con mis brazos arañando el piso, tratando de alejarme. Él me seguía
de cerca, imparable, implacable, y yo avanzaba lentamente, torpemente.
Quería escapar hacia cualquier lado, quería estar lejos de esos destellos
que me traían el sufrimiento; pero todo estaba envuelto en profundas
tinieblas. Pasaron unos segundos(o tal vez horas, aún no lo sé con certeza)
y esa cosa me dejó en paz.
Ahora todo estaba en silencio y una completa oscuridad reinaba en el
lugar.
Suspiré aliviado, pero mi tranquilidad duró poco. De repente miles de
luces me enfocaron, casi señalándome, mientras un gran telón mecánico
se abría de par en par. Estaba sobre el escenario de mi escuela.
Frente a mí estaban las butacas, cientos, todas ellas vacías menos
una, donde estaba ese gato negro, con esa mirada intensa, quieto, observándome.
Yo permanecí callado, expectante...
Finalmente el silencio se rompió: escuché aplausos, ovaciones, gritos.
Pero el lugar estaba completamente vacío. No había ni un alma. ¿Dónde
estaban todos los demás? ¿Porqué me dejaron solo? Nadie daba una respuesta
a mis preguntas, solo pude ver un enorme cartel que colgaba del decorado,
con la inscripción: "El Gran Teatro de Mi Vida". ¿Qué significaba
eso? ¿Qué toda mi vida había sido una farsa?
No comprendía que ocurría, no entendía nada, o no quería entender, sólo
quería huir.
Las luces de escenario se hacían más intensas, los aplausos y gritos
más fuertes y yo seguía aterrado. El gato sólo miraba la escena.
Grité: "¡silencio!". Grité con todas mis fuerzas, pero eran
los aplausos los que se escuchaban. Mis palabras, mis gritos de auxilio,
de terror fueron en vano, solo oía esas voces martillando mi cabeza,
repitiendo esas cosas que había escuchado durante toda mi existencia:
¡nunca estés solo! ¡De nada sirve llorar! ¡Siempre hay que reírse de
la vida!
Clamé silencio a la multitud ausente, pero ya no sentía mi voz. Me había
quedado mudo.
Los reflectores empezaron a traspasar mi cuerpo como si fuera una radiografía,
¡me estaba desvaneciendo! Me sentí desnudo, desnudo frente a nadie,
desnudo frente a mí mismo. No podía huir, nadie me escuchaba, estaba
paralizado.
El animal era el único que parecía entender mi grito de ayuda. De un
brinco estuvo delante de mí. Se acercó tanto que podía sentir su respiración,
me miró y pude ver que había pena en sus ojos. Creo que trataba de decirme
algo. Lanzó un maullido que hizo temblar todo el lugar y finalmente
alzando su garra derecha me araño el rostro. Sentí dolor, un dolor agudo,
un dolor pujante, tan intenso como no lo había sentido nunca. Un grito
desgarrante salió desde lo más profundo de mi ser y quise llorar, pero
mis lágrimas se habían secado. Creo que experimenté por primera vez
el verdadero sufrimiento.
Las luces se apagaron, las voces se callaron. El telón se cerró.
Las campanillas del reloj me decían que el sueño había terminado, que
todo había pasado. Salté de la cama, me lavé la cara y me miré al espejo:
Me pareció ver mis ojos con un brillo diferente: verdes, intensos, cristalinos...
Ese definitivamente era yo. Como siempre, salí corriendo de mi casa,
pero seguro llegaría tarde a la escuela. El día era espantoso, el cielo
se debatía entre diferentes tonalidades de grises y llovía mucho, la
temperatura era baja... pero yo no sentía frío. Ya no. Él habitaba en
mí... y yo... era feliz. .
Angel
19 años
Estudiante
Buenos Aires (argentina)
Hobby: escribir, música.
Comentario: "en la vida no hay nada
blanco, ni nada negro, solo diferentes tonalidades de grises"