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LA
PILETA
Cuando ya nada quedaba en nuestros platos, la mirábamos a mamá, y con mi hermano empezábamos a insistirle: -Ma, ya son las tres, vamos? Le preguntábamos esto reiteradamente, hasta que finalmente nos miraba con resignación y nos daba la orden: -Bueno, está bien, lávense los dientes que vamos. Después de esas palabras salíamos disparados hacia el baño y en menos de un segundo estábamos listos, firmes junto a la puerta, decididos a marcharnos. Rápidamente subíamos a un citroen gris, extremadamente deteriorado, y nos íbamos alegremente a disfrutar la pileta de una señora mayor que gentilmente nos recibía. Ella se sentía sola, y nuestra llegada significaba la posibilidad de sentir la compañía de quienes la escuchábamos atentos cuando nos hablaba. Algo que habitualmente sucedía, después de que con una sonrisa en sus labios nos diera la bienvenida. Así pasamos más de una tarde de verano. Entre corridas y chapuzones nos zambullíamos en el agua y generábamos el bullicio que le faltaban a aquellas tardes silenciosas. Con Facundo corríamos alrededor de la pileta, nos salpicábamos, y hacíamos mil y una piruetas frente a la mirada complaciente de la anciana. Recuerdo que tomábamos la leche, y con frecuencia nos sentábamos en una escalera que serviá de introducción a la pileta. Allí la abuela se sentaba junto a nosotros y se disponía a hablarnos. Hoy vuelvo a recordar la preocupación por transmitirnos sus vivencias, su bondad para que comencemos a delinear un camino; y sus ojos cansados, que se iluminaban cuando le prestábamos atención.
Facundo Valentini, Juan Manuel Valentini, señora dueña de casa. Juan Manuel Valentini Escribile al autor
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