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Especial | Nota en el recuerdo

Olmedo, el hombre que se inventó a sí mismo

Por Juan Manuel Valentini - Diario La Nación - Martes 4 de Marzo de 2003
Edición Web: www.jardindegente.com.ar



Tuvo una infancia humilde; viajó a Buenos Aires y se convirtió en el cómico más importante del país; hizo teatro, televisión y cine; adoptó la improvisación como técnica y derribó las formalidades de la tevé; le dio vida a decenas de personajes.

El
24 de agosto de 1933 nació Alberto Olmedo, en Rosario, provincia de Santa Fe. Desde entonces vivió en la calle Tucumán 2765, en el barrio de Pichincha.

Sus primeros pasos los dio entre la pobreza. Hijo de una familia humilde, residió en una pieza del conventillo junto con su madre. Se crió sin conocer a su padre, quien a los 17 años había abandonado el hogar para formar otro.

En el registro civil lo inscribieron con el nombre: Alberto Orlando Olmedo. Pero la historia no registra a “Orlando”, recuerda a “Olmedo” o “El Negro”, como lo apodaron tiempo después.

Empezó la primaria en la escuela Juan Francisco Seguí. Cuando cursaba el tercer grado abandonó el colegio para trabajar y ayudar económicamente en su casa. Años más tarde, terminó de estudiar en otra escuela de la zona.

Olmedo buscó trabajo y lo encontró. Repartió pan, se empleó en una fábrica de pastas, vendió en la calle, se desempeñó en una imprenta y hasta hizo acrobacias.
Decidido a triunfar, en 1954 tomó una decisión. Quizá fue su gran apuesta. Empacó las maletas y viajó a Buenos Aires. Buscaba su futuro y estaba decidido a encontrarlo. Con poco dinero en sus bolsillos llegó a la capital, donde se reunió con Pancho Guerrero, su amigo.

Al tiempo, Guerrero le encontró un lugar en el viejo Canal 7. Un espacio que Olmedo supo aprovechar. Seis años trabajando como switcher (seleccionaba las cámaras que salían al aire) fueron la plataforma para que salte donde debía estar: dentro de la pantalla.
La oportunidad apareció casi espontáneamente. Fue a fines de 1955, cuando los directivos del canal celebraron una cena con el personal. Olmedo se subió a una mesa y dio un discurso en el que parodió a los personajes de la emisora. Sus compañeros fueron los espectadores privilegiados, y disfrutaron del improvisado show. Tanto que el interventor del canal, Julio Bringuer Ayala, lo contrató para hacer un micro en “La Troupe de TV”, programa dirigido por “Pancho” Guerrero.

- Se inventó a sí mismo
El mérito del artista no fue poco. Creó sus técnicas y sus personajes. Y se inventó a sí mismo.
Memorable fue su debut. Había olvidado la letra y tenía que leer los carteles que el hermano de su amigo, Piruco Guerrero, trataba de mostrarle. Con las letras al revés, la ayuda de Piruco fue sólo una buena intención. ¿Y Alberto? Alberto improvisó. ¿Qué dijo? Nadie lo recuerda, pero gustó. Desde
allí, Olmedo abrazó la improvisación como una técnica y la llevó de la mano hasta el final de su carrera.

A la improvisación le anexó otro recurso que resultó innovador para aquellos años. Terminó con las formalidades mostrando decorados, las personas que trabajaban en el piso, los camarógrafos. Lo mostró todo, desde su entorno hasta su persona. Frecuentes eran los momentos en el que con su rostro risueño quedaba mirando la cámara para dejar aflorar su ingenio. Todos aplaudieron.

La improvisación nació en los monólogos de “La Revista de Jean Cartier”, donde surgió “El profesor de locutores”. Con el tiempo, el actor rememoró los programas, recordó que se salía del libreto y se escapaba del registro de las cámaras. “Lástima que no haya grabaciones”, se lamentó.
Mientras estuvo en Canal 7 conoció a Judith Jaroslavsky, con quien se casó el 12 de marzo de 1958. La relación le dejó tres hijos, pero terminó a los cuatro años.

Con el tiempo, otro nombre se inscribió en la vida sentimental del artista: María del Pilar García, más conocida como Tita Rouss. Se casaron en septiembre de 1967 y estuvieron más de 12 años juntos. Dos hijos nacieron como fruto de su relación.
Numerosos fueron los programas en los que el cómico se lució. En Operación ja, ja, por ejemplo, impulsado por su estilo encarnó el personaje “Rucucu”. Allí inventó la frase “no toca botón”, que tenía por objetivo que los televidentes no cambien de canal.

Diversos personajes expresaron la genialidad del artista. Lucy, con Ethel Rojo; El Nene, con Susana Traverso; Chiquito Reyes; El dictador de Costa Pobre; Yéneral Gonzáles; El Manosanta, y El Mucamo Perkins, entre otros.
Los televidentes no olvidarán tampoco a Alvarez y Borges, un dúo irrepetible que hizo junto con Javier Portales en el programa “No toca botón”.

- Creatividad y sonrisas
Tuvo una vida intensa, marcada por la creatividad y dibujada por la sonrisa. En 1968 hizo “Las 36 horas de Olmedo”. Fue una oportunidad para que la historia registre su solidaridad. La emisión a beneficio se difundió en canal 11. Allí batió el récord de permanencia frente a las cámaras y alcanzó 45 puntos de rating. Nadie sabe si explotaron los televisores. Pero se sospecha que a la sociedad le atacaron ráfagas de carcajadas.

Y Olmedo siguió, como tantas veces. No había tiempo para parar o dejar renglones vacíos en su historia. En 1980 saltó a Canal 13, junto con Susana Jiménez hizo “Alberto y Susana”.

El actor no se privó de nada. Su público tampoco. En 1973 incursionó en el cine. “Los caballeros de la cama redonda” fue el comienzo de una carrera intensa. La fórmula fue perfecta, junto con Jorge Porcel protagonizaron decenas de películas y concitaron la atención del público. A los cirujanos se les va la mano, Los colimbas se divierten, Los reyes del sablazo y Mírame la palomita, son apenas algunos títulos de una amplia lista.

El teatro también supo encontrarle un lugar. En 1986 viajó a Mar del Plata para hacer “El Negro no Puede". La obra batió el récord con 119.877 espectadores que no pararon de reírse. El 9 de enero de 1987 el espectáculo se llevó el premio Estrella de Mar. Y los mejores aplausos.

- El adiós

Nadie cree que se haya ido. Quizá se escondió entre el decorado, o se
burló de las cámaras. Tal vez esté divirtiendo a las estrellas. Desapareció un artista, pero quedaron imágenes imborrables. Quedaron personajes y frases. Quedaron gestos y acciones.

“Con Alberto se fue un grande. Se fue quizá uno de los hombres más queridos del ambiente artístico”, dijo Jorge Porcel cuando falleció Olmedo. El actor estaba en Mar del Plata haciendo la temporada en el Teatro Provincial cuando ocurrió la tragedia.

“Trabajamos juntos en cine, en teatro y en televisión. Nos unía una amistad entrañable. Eramos como esos hermanos que no pueden separarse”, le comentó en la sala del teatro a un periodista, y se retiró apesadumbrado, como ausente.
Olmedo tenía 54 años cuando cayó desde el balcón de un piso 11 frente al mar en la ciudad de Mar del Plata. Era un departamento alquilado en el edificio Maral 39. Fue en la madrugada del 5 de marzo de 1988.
Cuando ocurrió la tragedia, el cómico estaba junto con su ex esposa Nancy Herrera que debió ser internada en ese momento como consecuencia de una profunda crisis nerviosa.

Más de medio millar de personas despidió los restos del popular actor en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires. El sepelio fue en el panteón de la Asociación Argentina de Actores (AAA). Allí, el presidente de la entidad, Onofre Lovero, expresó unas breves palabras para despedir al artista. “Esta es la palabra de un viejo frecuentador de escenarios que siempre siguió admirando la carrera de este cómico excepcional”, dijo Lovero en aquella oportunidad.

Alberto Olmedo murió. Pero vive cada día en las imágenes que difunden los televisores. Viven sus chistes y su genialidad. Viven sus películas y su recuerdo. Con anteojos y mirada picaresca, con una vincha roja en su frente, con bigotes o sin ellos, pero siempre con una sonrisa eterna.


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