CHAIKOVSKY: la obra y su época
Un gran talento dramático
RAMON PLA
I ARXÉ
Parece
paradójico que una ópera basada en un
libreto desleído –si se compara con la
obra de Pushkin en la que se inspira– y con una
música que alterna distintos estilos sin la confortante
unidad de pertenecer a una escuela precisa –germanizada
o rusófila–, se caracterice por lo contrario:
por un patetismo que le da una fuerza dramática
absorbente, por una potente e inequívoca personalidad
musical y por un lirismo tan efusivo como veraz. Talento.
El director de los Teatros Imperiales
de San Petersburgo fue quien impuso el género:
quería un espectáculo deslumbrante. Con
este fin el libretista –Modest Chaikovsky, hermano
del compositor– edulcoró el drama sombrío
e intimista que había escrito Pushkin para darle
la brillantez escénica que podía complacer
al público del teatro Mariinsky, al que iba destinada
la ópera. Los cambios son notables: la época
en que se sitúa la acción se desplaza
de la contemporaneidad realista en que Pushkin la había
situado para refugiarse en el ilustrado y sensual siglo
de Catalina la Grande, cosa que le facilita pautar el
drama con brillantes escenas cortesanas; el protagonista
deja de ser el personaje fáustico que lo sacrifica
todo para poseer el secreto del juego que cambiará
su destino, para convertirse en un enamorado que quiere
ganar dinero para conseguir el amor de una muchacha
aristocrática; y si en la ópera los enamorados
se suicidan, en Pushkin el protagonista acaba internado
en un manicomio, lo cual es más duro y menos
efectista. Unos cambios arriesgados, pues podrían
desfibrar la tensión dramática con fugas
hacia el divertimento banal.
Pero
Chaikovsky no mezcla los registros, sino que, al contrario,
los separa nítidamente como si construyera una
sinfonía con sus distintos tiempos muy contrastados.
Aísla, pues, la tragedia –a la que asigna
una música lóbrega y poderosa, marcada
por los motivos del destino, de las tres cartas o del
espectro– de las escenas costumbristas que subraya
con delicadas muestras, por ejemplo, del folklore ruso.
Y lo hace con tal habilidad que lo que parecía
destinado a diluir la fuerza del drama se convierte
en su contrapunto: delicados y bellísimos scherzi
que pautan el curso reiterado y obsesivo de la tragedia
que vertebra la obra. Con una eficacia dramática
–un ritmo en la secuencia de las escenas–
casi perfecta.