Ir »
El Confesionario | Editora de noticias: Ana Fuster Lavin

Las verdades de la ficción en una gran novela de Mario Vargas Llosa

Pocas veces una obra de ficción describió con tanta precisión el clima de una época marcada por una dictadura feroz, la de Trujillo en Santo Domingo.

El dictador Trujillo, que gobernó Santo Domingo durante tres décadas, tenía malas costumbres. Por ejemplo, disfrutar de las mujeres de sus colaboradores, asesinar a quienes no pensaban como él, compartir el lecho con adolescentes, arrojar opositores al mar para beneplácito de los tiburones, traicionar a sus amigos, censurar a la prensa, instalar títeres en los puestos claves de gobierno, torturar a sus enemigos y adueñarse de la mayor cantidad de empresas de su país.

Así lo describe Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo, su última novela, y una de las más ambiciosas, del escritor peruano. A Trujillo le decían el Chivo, y lo que fue una fiesta para él resultó una tumba para las hermanas Mirabal, asesinadas por el régimen después de que se atrevieron a desafiarlo. El Chivo nunca perdonó la más remota discrepancia. Se hacía llamar “el benefactor” y hasta se atrevió a cambiar el nombre de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo. Cosas de dictadores. O de payasos.

La “prestante dama” –así designaba el protocolo a la esposa oficial del dictador- tenía otros defectos: además de la soberbia y la estulticia era tan miserable que se fue a la tumba con los números de cuentas donde guardaba en Suiza gran parte de la fortuna que su marido le había robado al país. Pero los Trujillo no estaban solos. Contaron con el apoyo de los Estados Unidos, que en la lucha contra el comunismo tuvo en el dictador a uno de su más fieles aliados. Cuando se lo quisieron sacar de encima ya era tarde. El hombre y sus secuaces le habían tomado el gustito al poder. Hasta los hijos, siempre propensos a la inutilidad, disfrutaban de tener la mayoría de las mujeres a su disposición, como si fuesen dueños de un coto de caza propio donde las mejores presas eran las que ellos llamaban hembras y de las que se apoderaban a cualquier hora del día.

Una de las caras más siniestras de Trujillo era la que encarnaba el temible Johnny Abbes, jefe de la policía secreta del régimen, torturador y asesino por el gusto de hacerlo y por servicio a la patria, de acuerdo a sus espurias convicciones. Abbes no andaba con chiquitas. Servía a Trujillo con devoción y antes de que éste abriera la boca ya habían terminado de comer los tiburones cuando se trataba de supuestas traiciones. Abbes, claro, veía enemigos en todos lados y su entretenimiento favorito era “hacer cantar” a los que suponía contrarios a la dictadura. Entre sus preferencias figuraba la de sacar las uñas de los prisioneros valiéndose de métodos que el buen gusto y el decoro evitan narrar.

Ese fue el Santo Domingo de Trujillo. Y esa es también la atmósfera de la novela de Mario Vargas Llosa. En La fiesta del Chivo la ficción es un arma poderosa para reflejar la historia. Es más: se conoce la historia por la ficción. Gracias a los recursos de la escritura se perciben los sabores de aquellas tres décadas trágicas y se ausculta a sus protagonistas. Nadie hasta ahora había escrito una historia sobre Trujillo que calara tan hondo en el lector.

Quizás porque es en la construcción de la novela donde palpita la historia. Palpita con los datos reales y los inventados por el escritor. Aunque en verdad no hay nada que no surja de la realidad, y en este caso, el de Trujillo y su país, la prosa de Vargas llosa refleja tanto una manera de vivir como un tiempo donde la vida valía menos que una moneda y el terror acompañaba al hombre en sus quehaceres cotidianos.

En ese sentido el autor es un testigo privilegiado. Su potencia narrativa sirve para indagar allí donde los historiadores se detienen por falta de documentación o de coraje. Para decirlo sin vueltas: la verdad es la ficción. Y aunque el concepto dista mucho de ser original, en manos del autor de La ciudad y los perros se percibe como una apuesta de filosa ironía, acaso como un juego donde lo que queda al descubierto son las mentiras de la historia y las verdades de la novela. Pero esto no es todo. Dos personajes atraviesan el texto de punta a punta y consolidan su estructura: Urania y su padre, el senador Agustín Cabral, hombre de gran prestigio en el trujillismo hasta el día en que cae en desgracia, es decir, hasta el día en que pierde el valor y la mirada complaciente de su omnipotente jefe.

A Urania le ha ido bien en Nueva York, pero sólo en términos laborales. Su vida lleva la carga de todo lo vivido en ese país al que regresa para encontrarse con su progenitor, sentado ahora en una silla de ruedas, sin habla, derrotado por una hemiplejía que lo convirtió en una caricatura de sí mismo, en una sombra de lo que fue. Urania no ha formado pareja, y el lector de La fiesta del chivo sabrá por qué. Ha podido estudiar, es cierto, y crecer como profesional, pero las heridas de la infancia y la adolescencia no sanan con facilidad. Urania representa en la novela el impacto subjetivo que produce una dictadura en cualquier mortal. Se suele vivir el presente sin percibir las huellas que deja. Lo que no significa que las marcas no se noten con el tiempo. Y se notan en el lenguaje, en la manera de conducirse y, sobre todo, en la conducta. Por eso es tan importante que en un país la ley se ubique por encima de todo. Construir las leyes subjetivas que rigen la vida de un individuo es una tarea ardua, más compleja aún si en el Estado en el que vive se burlan las leyes o se acomodan a las circunstancias políticas. Como en La casa verde o en Conversación en la catedral, Mario Vargas Llosa alcanza otra vez la excelencia. Su dominio del idioma le permite al lector internarse en ese mundo fantástico y deplorable que ha sabido instalarse en las dictaduras latinoamericanas. La fiesta del Chivo nos alerta sobe los peligros que acechan cuando se derrumban las instituciones. Pero también nos ubica frente a ciertos personajes destinados a perdurar por sus nefastas cualidades.

http://www.canalaonline.com