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El Confesionario | Editora de noticias: Ana Fuster Lavin

Para Abelardo Castillo la literatura es un desafío cotidiano

El escritor argentino repasa parte de su vida y habla de sus preferencias literarias y de sus hábitos de trabajo.

"Yo quería estudiar física y filosofía –explica Abelardo Castillo, uno de los grandes escritores argentinos-. Física porque quería comprender la estructura matemática del universo y filosofía porque deseaba saber sobre el destino del hombre en el mundo. Por supuesto que era candoroso, pero en esa época ser candoroso supongo que no estaba mal. No pude hacer ninguna de las dos cosas porque tal vez con gran tino me expulsaron del colegio secundario y luego no pude dar las materias necesarias para ingresar en la universidad”.

-¿Ya en la adolescencia sabía que quería ser escritor?
-No, mi relación con la literatura siempre fue muy extraña. Borges declaraba haber sabido siempre que iba a escribir, y lo mismo decía Sartre. Creo que la literatura fue algo que puse fuera de mí. La literatura son los libros de los demás. No tengo mis textos en la biblioteca. Y cuando pienso en la literatura recuerdo las obras de los grandes escritores argentinos. O pienso en Sartre, en Thomas Mann, en Poe y en muchos otros. Tal vez por eso me sorprendió convertirme en escritor. En realidad lo decidí recién a los 23 años, cuando escribí “El otro Judas”. Y gracias a un encuentro con el poeta cubano Nicolás Guillén. El estaba en la Argentina y fui a visitarlo. Alguien intentó leerle poemas míos, cosa que me llenó de vergüenza. Le dije, entonces, que si quería conocer algo de lo que estaba escribiendo tenía una obra en preparación. Nos encontramos y le conté “El otro Judas”. Estuve cerca de una hora y media interpretando cada uno de los personajes. Le comenté, entonces, que quería enviar la obra a un concurso. Y él me dijo: “Oye chico, si la escribes tan bien como la cuentas tienes que ganarlo”. Y efectivamente, mandé la obra y gané el primer premio.

-Si hay un escritor que parece haber dejado huella en su obra y en sus ideas es Sartre. ¿Prefiere su literatura, su teatro o su filosofía?
-“La Nausea”, sin duda, es uno de mis textos favoritos. Pero también su teatro y su filosofía siguen teniendo para mí enorme interés. Los cuentos o relatos de “El muro” me parecen estupendos. Se han escrito muy pocas cosas en el mundo como “Infancia de un jefe”. Por otro lado, yo leí siendo muy joven “El ser y la nada”. Tenía 20 años y me impresionaron mucho sus ideas. Me interesó un poco menos “Los caminos de la libertad”. Pero creo que una obra como “El diablo y Dios”, de Sartre, es junto con “Galileo Galilei”, de Brecht, una de las tres o cuatro obras maestras del teatro del siglo pasado.

-¿Y “A puerta cerrada”?
-Es una obra profundamente subjetiva donde todos los personajes están muertos y el sito en el que se reúnen es una habitación de hotel. Pero ahí está la angustia de ese encierro y es allí donde aparece aquella famosa frase, ilustrada en la acción, que para Sartre es una piedra angular de su filosofía: “El infierno es la mirada de los otros”.

-¿Qué lugar tuvo Albert Camus en su formación?-Casi tan importante como el que tuvo Sartre. Una obra maravillosa de Camus es “Calígula”. La vi en teatro cuando se estrenó en Buenos Aires. El protagonista era Duilio Marzio, que actuaba muy bien en una puesta excelente. Obras como “El extranjero” o “La caída” son memorables. Entre sus ensayos, “El mito de Sísifo” y “El hombre rebelde” resultan fundamentales para comprender el pensamiento de nuestro tiempo. Décadas atrás, en Buenos Aires había dos bandos: el de Sartre y el de Camus. Yo creo que estaba más cerca del de Sartre, pero nunca ignoré, y creo que Sartre tampoco, que uno de los pensamientos decisivos de la época fue el de Camus. Casualmente en el libro de conversaciones de María Fasce (se refiere a “El oficio de mentir”, publicado por Emecé) hay un momento que confieso que “La peste” me había aburrido mucho y nunca, hasta hace poco tiempo atrás, había terminado de leerla.

-Se dice que los dos grandes cuentistas argentinos son Julio Cortázar y Abelardo Castillo. ¿Qué piensa al respecto?
-No soy yo quien puede negarlo o afirmarlo. Pero entre los grandes cuentistas de nuestra lengua están Borges, Cortázar, Rulfo y Horacio Quiroga. Con Cortázar ocurrió algo curioso. Mi generación lo conoció tardíamente. El primer libro que llegó a nuestras manos fue “Las armas secretas”, cuando él ya había escrito “Bestiario” y “Final de juego”. En el 60 yo ya había terminado “El otro Judas”, “Las otras puertas” e “Israfel”. Vale decir que los puntos de contacto entre su obra y la mía son muy curiosos. A veces existe una atmósfera cultural que posibilita que escritores contemporáneos escriban sobre las mismas cosas. Le pasó también a Cortázar con Bioy Casares. Yo casi no tuve tiempo de recibir la influencia de su obra al principio de mi escritura.

-¿Cuáles son los escritores argentinos que están presentes en su producción?
-Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal. Recuerdo que el 60 llegó desesperado a mi casa un poeta, Víctor García Robles, y me dijo: “Tenés que leer la mejor novela argentina”. Y me dio “Adán Buenos Aires”. La devoré en tres o cuatro noches. Y a partir de ese momento comencé a pensar que Marechal, junto con Borges y Arlt, era una de las tres personas de la santísima trinidad vernácula. Y se trata de hombres muy disímiles. Arlt no escribía ni tan bien como Borges ni tan bien como Marechal. Pero tenía una tensión existencial en sus textos que no alcanzaron nunca ninguno de los otros dos. Y la prosa de Marechal es muy distinta a la de Borges. No hay casi escritor argentino que no esté influido por alguno de estos tres creadores.

-¿Qué figuras del siglo XIX le parecen imprescindibles?
-No se puede prescindir de Sarmiento, de la generación del 80, de Mansilla, y de hombres que no fueron específicamente escritores, como el General Paz, que escribió unas memorias que más que a la historia pertenecen a la literatura. A principios de este siglo me parece relevante Leopoldo Lugones, que escribió dos libros memorables, “Las fuerzas extrañas” y “Los cuentos fatales”.
-“La madre de Ernesto” y “El candelabro de plata” son dos de sus cuentos más conocidos y admirables. ¿Cómo se gestaron?
-“La madre de Ernesto” no es un tema mío. Un amigo de San Pedro me contó la historia de la madre de Ernesto para que yo escribiese una obra de teatro en un acto. Se trata de unos chicos que van a acostarse con una prostituta que es la madre de uno de ellos. Esa mujer cuando ve a estas criaturas piensa que le pasó algo al hijo y el cuento termina cuando ella pregunta por él. En cuanto a “El candelabro de plata” surgió casi como un juego. Yo estaba en el servicio militar de franco y era navidad. Mi tía estaba en su casa y mi novia quería que fuese a la casa de ella. Pero yo nunca fui muy querido en la casa de mis novias, salvo en la de Silvia, que ahora es mi mujer. Aquella muchacha, entonces, estaba muy preocupada porque yo no tenía con quien pasar la navidad. Le dije, entonces, que no se preocupase. Y agregué: “Voy a buscar al más saparrastroso del barrio, lo hago pasar la noche buena conmigo y después lo tiro por el balcón”. Me pareció una buena historia y me lancé a escribirla.

-¿Dónde se siente más cómodo? ¿En el cuento, en la novela o en el ensayo?
-Mi lugar natural es el cuento. Pensemos que la novela “Crónica de un iniciado” me llevó terminarla veinte años. No es que no me cueste esfuerzo terminar un cuento, pero no me preocupa, sé que voy a concluirlo. La novela, en cambio, me resulta muy angustiante. El novelista se siente casi intrigado por su propia historia. No sabe adónde irán a parar sus personajes. El cuentista está acostumbrado a un sistema más cerrado. Cuando se sienta a escribir ya sabe todo lo que va a ocurrir. En cuanto al teatro, para mí es lo más cercano a la poesía. Yo escribí “Israfel” porque quería escribir sobre la vida de Poe. Y además porque estaba enojado con una pésima biografía que se había escrito sobre él. Pero nunca he sabido de teatro. No sé lo que es el foro, por ejemplo. Para mí el teatro es un acto político. Y nunca dirigiría una obra mía. Creo que el director suele encontrar en la literatura dramática cosas que muchas veces los dramaturgos ni siquiera sospechamos.

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