Antony Beevor, historiador: "Todavía siguen
vivos los conflictos que se taparon en 1945"
MIGUEL MORA | Madrid
La
agonía del Tercer Reich, la hábil estrategia
militar de Rusia y las torpezas de Alemania, mezcladas
con los testimonios directos de los soldados y los civiles.
El humor negro del día a día en los hacinados
refugios berlineses, narrado junto al salvajismo del
deshumanizado Ejército Rojo, capaz de violar
a cerca de dos millones de mujeres (alemanas, prusianas,
soviéticas) bajo los efectos de todo tipo de
bebidas. La paranoia esquizofrénica de Stalin
y el monstruoso delirio de vanidad de Hitler, explicados
en paralelo a las consecuencias de las cumbres de Teherán
y Yalta... Todos esos relatos cruzados, las grandes
y pequeñas historias sucedidas en torno a la
conquista de Berlín por el Ejército Rojo,
son el eje del fascinante libro Berlín: la caída,
1945, que publica en Crítica el historiador y
ex militar británico Antony Beevor, autor de
la muy elogiada y vendida Stalingrado.
'La historia es siempre colectiva y humana', explica
Beevor. 'Pero se suele narrar de una forma despersonalizada,
como si fuera ajedrez. Yo siempre he odiado eso. En
los años ochenta se puso de moda en Gran Bretaña
y EE UU la historia oral: cartas, diarios, entrevistas
a testigos y protagonistas. Pero eso no resolvía
los problemas. Había que combinar las dos miradas,
la de arriba y la de abajo. La historia de los líderes
no basta'.
Beevor buceó ('después de pedir permiso
a mi mujer') durante tres años y medio en multitud
de archivos rusos, alemanes, estadounidenses, británicos
y suecos. Creí que los rusos no me dejarían
ver un papel. Pero al final fue incluso divertido. Un
coronel me dijo: 'Elige el tema y nosotros elegimos
los documentos'. Al principio sólo me daban cartas
de ánimo a Stalin de los soldados que estaban
en el frente, pero cuando el superior desapareció
empezaron a dejarme ver todo, incluso los diarios de
los comisarios políticos. Ellos eran los curas
del Ejército Rojo. Y los curas y los médicos
suelen contar lo más interesante de las guerras'.
Su intención era escribir 'una historia llena
de grises': 'Ni todos eran buenos ni todos eran malos'.
¿Pero a qué obedecía esa sed violadora?
'Primero, a la visión deshumanizada de la población
alemana que produjo la propaganda de Stalin sobre la
brutalidad de los nazis en Stalingrado. Había
odio entre los dos pueblos, terror por ambas partes'.
Algunos oficiales soviéticos, añade Beevor,
consideraban que la piedad era un signo de humanismo
burgués. Pero la razón que explica que
también fueran violadas miles de mujeres en Prusia
Oriental, Pomerania o Ucrania fue la represión
sexual que Stalin instauró. 'Surgió entonces
el erotismo cuartelero. Soldados de Asia Central, que
nunca se habían relacionado con una mujer, se
encontraron rodeados de rubias. Eso les daba miedo,
y bebían para poder consumar las violaciones.
Productos químicos, anticongelantes... Muchos
quedaron ciegos, otros muchos murieron'.
Beevor define al Ejército Rojo como una tropa
de seis o siete millones de hombres sin esperanzas de
sobrevivir. 'Vivían con la muerte, y por eso
eran indisciplinados, capaces de matar a un oficial
si intentaba impedir una violación'.
La feroz batalla de Berlín dejó también
cientos de miles de muertos. 'No tantos como Stalingrado,
desde luego, porque allí hubo un millón',
dice Beevor, que calcula 100.000 víctimas alemanas,
78.000 rusas y medio millón de heridos.
Pero Berlín fue algo más que una tumba
gigantesca: fue el origen de la guerra fría.
'Tras la incomprensión que hubo entre Stalin
y Churchill en Yalta (Stalin era un paranoide que podía
crear los más peligrosos malentendidos), el mariscal
pensó que Churchill no cumpliría su palabra
sobre Polonia. Esa paranoia se agrandó hasta
pensar que los americanos iban a usar la bomba atómica
contra Rusia. No era verdad porque EE UU fue siempre
muy ingenuo con Stalin, y siempre subestimó el
trauma que le produjo el ataque alemán de 1941.
Las sospechas mutuas dieron lugar a la larga guerra
fría posterior. 1945 fue cuando Europa puso sus
problemas en una camisa de fuerza. Y no se la quitó
hasta 1989'. 'Pero me temo que el 45 todavía
dura', añade Beevor. 'Todavía siguen vivos
muchos conflictos étnicos que se taparon entonces.
Chequia, Yugoslavia...'.
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