Entrevista a Juan José Saer: "La lectura
nos da una imagen del mundo"
Susana Reinoso
Al
aterrizar ayer en Buenos Aires, bajo una niebla espesa
y un cielo gris, Juan José Saer tuvo la impresión
de estar en una ciudad "fantasmal y medio vacía
de gente". Superado el mal trago del vuelo desde
París, su ánimo era el mejor porque, como
dijo en diálogo con LA NACION: "Siempre
que llego me siento eufórico".
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Sencillo y cordial, de memoria y humor notables, se
muestra tan a gusto que hasta recita un poema de Jorge
Luis Borges. Se percibe que perdura en él el
afecto por los suyos y por su tierra santafecina.
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Saer, recientemente incorporado como columnista de LA
NACION, estará hoy, a las 20, en el Malba (avenida
Figueroa Alcorta y San Martín de Tours) en una
entrevista pública a cargo de Guillermo Saavedra.
Luego viajará a Santa Fe.
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Puesto a hablar sobre la incidencia de la lectura en
la literatura, el autor de "El limonero real"
(Seix Barral), que acaba de reeditarse en la Argentina,
dijo: "Prefiero la lectura a la escritura, porque
leer es siempre un gran placer y, al mismo tiempo, un
ejercicio de concentración, de reflexión
y de conexión con el mundo".
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Mientras recordaba su arribo a París en 1968,
el año del mítico "mayo francés",
Saer contó con humor: "Llegué tarde.
Me enteré acá por televisión. Ya
me perdí varias revoluciones". Y dijo tener
la impresión de que están volviendo las
vanguardias, como las que alumbró la cultura
del 68.
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-En "El arte de narrar", dice usted que no
importa cómo se llame la ciudad donde se esté,
porque siempre se está en la tierra natal. ¿Así
lo siente?
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-Eso tiene dos explicaciones. Por un lado, uno lleva
los signos de su origen adonde va y está modelado
por los primeros años de su existencia, por la
lengua materna, por las primeras impresiones. Pero hay
otra explicación contraria. Yo creo en la unidad
total de la especie humana. Nuestros límites
perceptivos, intelectivos, todo lo que podemos juzgar
y ver es siempre a partir de nuestra percepción,
de la que no podemos escapar. El universo es como la
casa natal. El lugar de todo hombre es el universo.
El hombre vive, al mismo tiempo, en su barrio y en el
universo. Por otra parte, la patria es la infancia.
La pertenencia a valores abstractos puede cambiar. La
infancia, la lengua y las primeras impresiones totalmente
intransferibles sirven de medida del mundo. Me siento
más que nada argentino y no tengo otra pertenencia.
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-En tren de hablar de la lengua literaria, ¿escribe
usted en español o en francés?
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-Escribo siempre en castellano y a mano. Ese español
tiene que tener la huella de la lengua hablada del litoral
argentino, porque es mi lengua natal y no es el español
genérico. Sólo he escrito en francés
dos o tres pequeños textos literarios para entretenerme.
Cuando hablo en francés, en una conferencia,
improviso, es decir, no tomo notas. Me ha pasado con
varios de mis ensayos que fueron conferencias improvisadas
en francés y luego traducidos al español.
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-¿Es usted escritor vocacional o por destino?
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-Prefiero el término vocación, porque
la palabra destino requeriría una explicación
filosófica. El destino es puro objeto de azar
la mayor parte del tiempo. Quizá podríamos
combinar ambos términos en forma crítica.
Uno intenta al mismo tiempo ser artista por vocación
y por destino. Por voluntad consciente y racional de
ejercer ese oficio, y por un conjunto de razones desconocidas
que nos empujan a escribir sin saber por qué.
Yo no sé por qué escribo. Barthes comenzaba
un magnífico texto con esta frase: "Se escribe
para ser amado". Con el tiempo me di cuenta de
que esa frase no es cierta, porque todo lo que hacemos
es para ser amados. Cuando escribimos, lo hacemos para
ser amados de un modo específico. Lo misterioso
es que sea a través de la escritura. Ser amados
por lo que escribimos es una singularidad misteriosa.
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-En "La narración-objeto" usted critica
las industrias culturales. ¿Cómo han modificado
éstas los propósitos y las manifestaciones
de la cultura?
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-No está ni bien ni mal que una obra literaria
o pictórica se transforme en un valor de cambio.
La fatalidad de un objeto bello y único es que
quien tenga los medios pueda poseerlo. Pero el problema
está cuando el proceso se invierte. Es cuando
el galerista le dice al pintor que haga 30 cuadros porque
van a llegar cuatro o cinco coleccionistas norteamericanos.
En EE.UU., por menos de 600 páginas, un editor
no publica un libro. Porque ya ha calculado el tiempo
que le lleva a una ama de casa leer un número
determinado de páginas por día y a cuánto
deben venderlo. Sólo al final se preocupan por
lo que le pone adentro.
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-¿Cómo incide la lectura en la escritura?
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-Para mí, la lectura es un gran placer. La prefiero
a la escritura, porque yo no escribo en forma placentera,
me cuesta mucho y lo hago en forma muy laboriosa. Ahora
estoy escribiendo una novela para dentro de dos años.
Al mismo tiempo, la lectura es una especie de puente,
una pasarela a través de la cual es necesario
transcurrir para poder tener una imagen del mundo. En
nuestra época es imposible tener una visión
aproximativa del mundo sin la lectura. Por eso es tan
importante que los chicos sean alfabetizados y lean.
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-¿Por qué unos autores y no otros se convierten
en referentes en el universo de los lectores?
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-Hay afinidades selectivas y misteriosas. Hay escritores
que marcan generaciones. Borges y Arlt (Roberto) marcaron
a la generación del 60. Antes de los 60 se estaba
con Borges o con Arlt. A partir de nuestra generación
se entendió que un escritor no es el más
culto o el que escribe con menos errores, sino el que
tiene un mundo personal y coherente, que expresa su
totalidad en cada texto. Eso define a un escritor como
tal. La intensidad de ese mundo le da un valor universal.
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