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El Confesionario | Editora de noticias: Ana Fuster Lavin

El ex director de la Biblioteca Nacional francesa arremete contra la institución
Reuters

El ex director general de la Biblioteca Nacional de Francia cuenta, en un ensayo a menudo cruel, esencialmente con los arquitectos, la movida historia de una institución, emblemática, en su opinión, del jacobinismo y de la «arrogancia francesa».

Catorce años después de que el presidente socialista François Mitterrand anunciara la creación de «una gran biblioteca» y siete años después de su inauguración, la BNF funciona y el público, escribe François Stasse, director general desde 1998 a 2001, dispone «de una herramienta de una calidad tal que no tiene parangón en el mundo». Pero, antes de llegar a eso, narra en «La verdadera historia de la gran biblioteca», los numerosos errores que se han cometido y a qué alto coste ha sido posible su funcionamiento. Stasse explica que hubo más preocupación por el edificio que por los libros.

El alto funcionario comenta los problemas entre los enamorados de los libros y los partidarios de la lectura por medio del ordenador, la voluntad presidencial de ver terminada la obra antes de que finalizara su mandato, la guerrilla interministerial entre el ministro de Cultura, Jack Lang, encargado del proyecto, y del secretario de Estado, Emile Biasinio, sin dejar atrás el papel del gurú de Mitterrand, Jacques Attali, en la vanguardia de la revolución tecnológica, que debió ceder ante los intelectuales más tradicionales. Lo sucedido, dice, sólo puede darse en Francia, donde el Estado y su jefe gozan de enorme poder.

Denuncia «la insondable pretensión teórica de los arquitectos», de los que reproduce, en páginas francamente vergonzosas, extractos de sus «dossiers» de presentación. Señala los tropiezos del principio, informática que fallaba, climatización débil, puertas demasiado pesadas... y asegura que ninguno de estos fallos se habría producido con un poco más de «humildad técnica, un poco menos de la arrogancia que destilan las grandes escuelas (...) donde se considera que las soluciones existentes, banales, probadas por otros antes que por ellos, son despreciables».

No deja de lado la cuestión económica y cuenta que la enorme cantidad de dinero invertido pudo diversificarse y servir para apoyar la lectura en provincias, ofrecer a todos los franceses bibliotecas universitarias dignas de competir con las anglosajonas, además de bibliotecas municipales mejor dotadas.

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