Novedades literarias para perderse sin perderse
Lejos
de las agencias de viajes y las masas, el mejor viaje
sigue siendo imaginario. Ningún destino es tan
brillante como lo habíamos soñado y el
paraíso siempre está más lejos.
Salvo en los libros. Román Piña, crítico
de viajes de El Cultural, selecciona los doce mejores
libros viajeros aparecidos este año para gozar
de la mejor aventura, del Congo a Venecia y Brasil.
Mundos que están al alcance de todos, y sin billete
de vuelta. Además, ofrecemos media docena de
guías... por si la huida se hace inevitable.
Planeta
Kurtz
Varios autores
Mondadori. 272 págs., 20’50 euros
En
el centenario de la publicación de El corazón
de las tinieblas de Conrad, este libro revisa el estado
de las relaciones entre africanos y europeos y examina
esta novela clásica. Algo más que un libro
de aventuras o de terror, la novela de Conrad, que navegó
por el río Congo de Leopoldo II, describía
una realidad, y su publicación supuso un escándalo
y ayudó a crear la conciencia en Europa que acabó
con la masacre con la que el rey belga engordó
sus arcas. Los editores Jorge Luis Marzo y Marc Roig
han reunido artículos de estudiosos, o afectados
por el tema, autores de todo el mundo entre los que
destacan el africano Chinua Achebe y Edward W. Said.
El volumen contará con el interés de los
enamorados de África y de Conrad en particular,
pero éstos tal vez encuentren poco rigurosa la
descalificación que de la novela hace Achebe.
Está muy bien la tesis del libro, la condena
del colonialismo vistos los efectos. No estaría
mal, para compensar, ojear el libro de César
Vidal sobre los exploradores de la reina Victoria. La
obra, que incluye la adaptación radiofónica
que Orson Welles hizo de la novela, propone, a imitación
de la obra analizada, “un buceo en la mente cultural
del sistema”. Un modo de ir a África alternativo
a la inyección intravenosa que Marzo utiliza
como metáfora.
Raymond
Isidore y su catedral
Edgardo Franzosini
Minúscula. 149 págs., 9’62 euros
Hay
libros verdaderamente peligrosos. Es el caso de esta
biografía que el perverso Franzosini ha sumado
a su galería de vidas imaginarias. La vida de
Isidore, “Picassiette”, un “Picasso
de los platos rotos”, es tan divertida que a uno
le entran ganas de viajar a Chartres aun sabiendo que
no va a encontrar nada de lo que Franzosini nos cuenta.
Picassiete, antes de convertirse en “birlaplatos”,
era ciego, pero una cataplasma de hierbas aplicada en
la catedral le devuelve la vista a los diez años
de edad. A partir de ahí consagra su vida a levantar
un hogar con sus propias manos. Dada su aversión
a los viajes (provocada por una visita a la Exposición
Universal de 1900 en París, cuando se trasladó
en media hora de Moscú a Pekín), tuvo
todo el tiempo del mundo para “hacer de su propia
casa la obra de una vida”. Imaginemos la casa
de este resucitado, completamente recubierta de fragmentos
de vajilla, sobre una argamasa de cal aérea,
según receta de Plinio y Vitrubio. En su pequeño
templo Picassiette soportará las visitas de los
admiradores más estrafalarios (los bailadores
moldavos merecen mención especial). Este libro
sí que hay que visitarlo.
El
saqueo de El Dorado
Patrick Tierney
Grijalbo. 640 págs., 21 euros
Sabíamos
que en las colonias que los occidentales establecieron
en el Nuevo Mundo, o en la África subsahariana,
el hombre blanco había causado estragos entrando
a saco. Los portugueses se labraron su buena fama de
traficantes de esclavos, y a los negros que no llevaron
a trabajar a las Antillas los explotaron o masacraron
en su propia tierra. Sabíamos, en fin, del saqueo
descarado de hombres de negocios sin escrúpulos.
Tierney ha escrito un monumento destinado a destapar
con pelos y señales el saqueo irresponsable o
directamente canalla de quienes se presentan ante la
sociedad mundial como filántropos: los periodistas
y los científicos. Más de seiscientas
páginas dedica a destapar la actual situación
de los indios yanomami del Amazonas, la tribu de auténticas
“reliquias vivientes de la cultura prehistórica”
que el famoso antropólogo Napoleon Chagnon descubrió
y estudio en su obra El pueblo fiero. Patrick Tierney
fue uno de tantos admiradores de la obra clásica
de Chagnon, publicada en los 60. Pero en los 90 se propuso
acercarse en persona al territorio de Chagnon y descubrió
un verdadero escándalo. El respetable Chagnon
postuló que este pueblo violento constituía
una prueba viva contra “la teoría del buen
salvaje”, pero Tierney explica que fue su presencia
entre los indios la desencadenante de los crímenes
de los que fue testigo. Por si fuera poco hoy Chagnon
está bajo sospecha de corrupción, al tener
intereses económicos enfrentados a la supervivencia
de estas tribus en su territorio.
El
caballero del desierto
Philippe Frey
Mondadori. 230 págs., 18’90 euros
Como
va siendo evidente, esta página no está
pensada para invitar al viaje, sino a la lectura. Y
es hora de confesar nuestra aversión por los
viajeros del nuevo milenio que persisten en el error
de contarnos la rutina de su odisea, ya sea diseñada
por una agencia de viajes o por un editor. Por eso nos
enternecen libros como El caballero del desierto, que
en forma de novela recrea una vida real, la de Anselme
d’Ysalguier, el primer hombre blanco que cruzó
el desierto del Sahara. El autor, Frey, es etnólogo,
monta a camello y es viajero, lo que no le ha impedido
echarle imaginación a la reconstrucción
de la aventura de su ilustre paisano. Hay que reconocer
que hasta hace bien poco los europeos éramos
geográficamente analfabetos, para suerte del
orbe. Que en el siglo XV ningún blanco hubiese
llegado a Tombuctú y hubiese vuelto para contarlo
no nos ha de extrañar teniendo en cuenta que
hasta el XIX Europa no explora el Nilo o el Níger.
El noble Isalguier fue instruido por sabios árabes
y judíos en España, lo que le ayudó
a sobrevivir hasta Tadmeka, casarse con una princesa
y volver a su país natal para escribir unas memorias
que se han perdido. A finales de siglo el portugués
Covilhâ llegó a Etiopía y fue más
listo: se quedó allí con su harén,
su palacio y sus sirvientes, gentileza del rey, y cuando
los portugueses, treinta años después
lo localizaron, prefirió quedarse donde estaba.
Venecia
Jan Morris
Península. 350 págs., 15 euros
Jan
Morris nos avisa de que la Venecia de hoy no es la misma
que ella se propuso inmortalizar en 1960. Cuando lo
editó en 1974 y después en 1983, ya no
reconoció la ciudad marcada por el aislamiento,
extraña a Europa, que descubrió tras la
II Guerra Mundial. Entonces se planteó actualizar
el texto, pero vio que era absurdo. Su Venecia no era
un informe objetivo sino “romántico e impresionista”,
y no tanto “una ciudad, sino una experiencia”.
La Venecia de Morris es una ciudad penetrada con los
ojos de la juventud, una ciudad melancólica “de
pesares antiguos”: triste pero exuberante, rebelde
y podrida, antigua, rara, íntima. Su encanto
tal vez radicaba en eso, en que era una ciudad con vocación
de Atlántida. Morris contempla la maravilla de
un tesoro que agoniza. Seguramente hasta la inundación
de 1966, que despertó la preocupación
de todo el mundo por la supervivencia de la ciudad,
Morris no lo entendió. Hoy, para esta edición,
la autora (que conoció Venecia con otro nombre
y otro sexo) reconoce una ciudad salvada pero artificial,
una “exposición grandiosa”, presionada
por las masas de turistas: salvada pero muerta, incapaz
de resucitar el amor que despertó la primera
vez. Por eso interesa este clásico sobre una
ciudad que sólo podemos encontrar ya en los libros,
que no está a la venta en las agencias.
Te
espero en Casablanca
Pedro Menchén
Odisea. 317 págs., 14’18 euros
La
segunda entrega de la Trilogía del amor oscuro
de Pedro Menchén, tras Una playa muy lejana,
es esta novela de amor ambientada en Marruecos. Mientras
a unos siempre les quedará París, otros
esperan en Casablanca a su media naranja. No sabíamos
que después de Ibiza y Cuba, Marruecos es un
destino resultón para el turista sexual, con
las limitaciones de sexo que implica la machista sociedad
islámica. Los reyes de la fiesta allí,
pues, pueden ser los homosexuales blancos. Pero la novela
de Menchén no es ni una nueva estampa del paisaje
exótico típico, ni tampoco un frívolo
regodeo en el “amor oscuro” entre hombres.
Wayne Anthony escribió una novela sobre sexo,
drogas y exceso en Ibiza titulada Spanish Highs, algo
así como “Subidones españoles”.
No van por ahí las intenciones de Menchén,
que plantea una reflexión moral en las relaciones
humanas, y que dibuja unos personajes accesibles intentando
romper el asilamiento al que se suele condenar a estos
asuntos novelescos. Debería superar las fronteras
del circuito gay una obra que no habla sino de sentimientos:
la ilusión de encontrar un amor, la dificultad
de olvidarlo, o de eliminarlo, arrojándolo a
la “papelera” del ordenador.
Autobiografía:
Bula Matari
Henry M. Stanley
Ediciones B. 587 págs., 21 euros
Creo
que fue Pérez de Albéniz quien relató
cómo la famosa frase de saludo de Stanley al
maltrecho Livingstone lo persiguió toda su vida.
Ese frío saludo a un enfermo al que llevaba meses
buscando en África (“Doctor Livingstone,
supongo”) ha trascendido casi más que la
verdadera proeza de su vida: Stanley resolvió
el enigma geográfico del río Congo, el
“Zaire”, “el río que se traga
los demás ríos”, al descender por
él hasta el Atlántico desde el lago Tanganika.
La increíble hazaña lo convierte en uno
de los mayores exploradores de todos los tiempos. Este
libro rescata unos primeros capítulos que redactó
Stanley de los primeros años de su vida, y muchos
extractos de sus notas, epistolarios, diarios y cuadernos
de viajes. Constituye un documento fundamental para
ahondar en la mítica aventura y en la vida de
este hombre que murió convencido de haber cumplido
con una misión divina. Vemos a un ser autoexigente
y de buena pasta, algo endiosado. Vázquez-Rial,
en su presentación, lo hace desfilar junto a
Tarzán o Batman, por su condición de huérfano.
Jiménez Fraile describió en otro libro
a un aventurero menos divino, un Bula Matari, Rompedor
de Rocas, demasiado consciente de su destino como para
escatimar dinamita en su camino en la selva.
Norte
grande
Eduardo Jordá
Península. 317 págs., 14’18 euros
Siempre
he sido escéptico con los desiertos. Entiendo
el imán de la nieve y las cumbres, pero la fascinación
por la tierra resquebrajada y seca como una vieja tarta
de manzana de un hotel barato me resulta lejana. Pero
Paco Nadal supo hacer de su experiencia en Sudán
un libro con chicha, y el excelente poeta que es Eduardo
Jordá, curtido viajero y lector de viajeros (editó
La Ruta Azul de Segarra), después de demostrar
en Canciones gitanas su capacidad para escrutar lo que
le rodea, no puede defraudarnos en el relato de su visita
al desierto chileno de Atacama. El desierto que, se
presume, es el más seco del mundo encierra la
historia de las explotaciones salitreras que desde el
XIX hasta los años treinta del XX ofrecieron
ciertos sueños de properidad a miles de obreros
chilenos. La banda sonora la pone Violeta Parra, a quien
Jordá está a punto de encontrar rediviva
en el mercado de Antofagasta, vendiendo zanahorias.
Lenta pero constantemente su cultura y sensibilidad
se alían para la descripción de los tipos
humanos. Es lo propio de quien se queda fascinado mirando
los volcanes, como “el pequeño príncipe”.
Y da fe de su loca pasión por las casualidades
al seguir el rastro hasta París de una mujer
que se bebió un café en Atacama a la salud
de Saint Exupery.
El
último lugar de la tierra
Roland Huntford
Península. 798 págs., 32 euros
Se
reedita veinte años después este tochazo
(que es una versión abreviada) de Huntford sobre
la carrera hacia el Polo Sur entre el noruego Admunsen
y el británico Scott. El Polo Sur para algunos
es una pasión insaciable. No importa cuántos
libros se hayan leído. La narración de
aquellas metas titánicas nos engancha de nuevo.
El libro de Huntford aportó entonces y recupera
ahora una visión distinta de la gesta antártica,
que sigue conmocionando, como afirma el prólogo
de Paul Theroux. Huntford se ganó el desprecio
de sus paisanos británicos al probar con este
libro los errores de Scott frente a los aciertos de
Admunsen, pues este documento viene a ser un análisis
de las dotes de mando que llevaron a unos al éxito
y a otros a la tragedia. Este retrato de Scott nos afea
la imagen que con tanto cariño y dolor nos legara
Cherry-Garrard, superviviente de la expedición
británica, en El peor viaje del mundo. Lo cierto
es que Amundsen representaba la modernidad, mientras
que Scott era víctima del patético orgullo
de su raza y estaba anclado en métodos desfasados.
No sabía lo que era un esquí. Pero el
poema de su muerte lo hace bello.
El arte de viajar
Alain de Botton
Taurus. 256 págs., 17 euros
El
autor de Cómo cambiar tu vida con Proust y Las
consolaciones de la filosofía ha sabido encontrar
un nuevo cauce para su lúcida pluma en este ensayo
sobre los entresijos del arte de viajar. Lo mejor de
este libro es que no invita a viajar. Invita a reflexionar
sobre los motivos que nos impulsan a hacerlo, y seguramente
habría incluido un capítulo adicional
de haber sido escrito después del 11-S. No hablemos
de destinos, sino de la absurda carambola por la que
en un momento dado nos encontramos en un hotel en Barbados,
bebiendo una coca-cola en un kiosko con techo de paja
y creyendo que conoceremos a la hermana de Bo Derek.
De Botton disecciona la actividad viajera como “dinamizadora
de la búsqueda de la felicidad”. Observa
que se nos ametralla con consejos sobre adónde
viajar, pero se nos dice poco de por qué y cómo
ir. Recuerda la deliciosa anécdota del Duque
des Esseintes, recluido en una inmensa quinta en las
afueras de París, leyendo a los clásicos,
y del lapsus que le llevó a creer que debía
viajar a Londres para ver lo que le contaba Dickens.
En la estación del tren recuperó el sentido
común y volvió a su casa, asustado de
su “aberración” de creer en el interés
de realizar una excursión.
El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson
Lawrence Weschler
Seix Barral. 176 págs., 13’22 euros
Pocos
viajes más agradecidos que los que se hacen por
casualidad, es decir, sin maletas. De repente te topas
con un letrero en una calle de una ciudad de paso y
descubres un túnel del tiempo. Es lo que le sucedió
a Weschler en Culver City, California, cuando descubrió
el Museo de Tecnología Jurásica del señor
Wilson.
Allí Weschler inicia un alucinado recorrido por
la historia de la ciencia, desde la orilla del asombro,
a través de los “gabinetes de las maravillas”,
esos habitáculos forrados de extrañas
reliquias, que hoy vemos –si nos lo creemos–
como una enciclopedia visual loca o una instalación
posmoderna genial. Hormigas hediondas, cuernos de mujer,
miniaturas talladas en huesos de frutas, manos de sirenas.
¡El primer párrafo de Historia de dos ciudades
grabado en la cabeza de un alfiler! En este amenísimo
relato Weschler nos propone una burla de la erudición
y un juego de espejismos.
¿Dónde está lo inventado y lo auténtico?
Todo es cierto, me temo, a partir de la aceptación
de que hay gente para todo. No se pierdan este recorrido
admirable por lo más estrafalario de la imaginación
humana. Descubrirán cosas como la cadena de oro
de cuarenta y tres eslabones, sujeta al candado y a
la llave, en el cuello de una pulga.
Viaje
al otro Brasil
Javier Nart
Ed. B. 280 págs., 16’50 euros
A
esto nos referíamos cuando comentábamos
antes el libro de Alain de Botton. ¿Qué
hace Javier Nart colgado como una longaniza con hernia
de disco en el abismo de Anhumas, en Brasil, 80 metros
de pared y una cuerda demasiado fina para el gusto de
alguien que hace rappel por vez primera? Nart se explica:
la culpa la tiene un personaje que siempre le ha fascinado,
el mariscal Cándido Rondón, mítico
pionero en el recorrido por la frontera occidental de
Brasil. Esta clase de mitomanías resultan muy
engorrosas a menos que seas ya de antiguo un aventurero,
como es el caso, o que te seque el sudor una hermosa
mujer que encima es tu hija, que también. Nart
va a buscar un paraíso en el corazón de
América para practicar su vicio confesable. Nos
encanta el hombre completo, que viste el chaleco de
las trincheras en los juzgados, en las tertulias radiofónicas
y en el escritorio. Cuando Nart recuerda su viaje, escribe
con la prosa en cascada que ya le conocemos en los micrófonos.
Le es más fácil controlar los esfínteres
por el miedo a despeñarse que restringir el caudal
de su locuacidad. Pero la misma velocidad que le hace
caer en expresiones como “mundo mundial”
le proporciona esa chispa y buen humor que hace de este
libro un perfecto aliado para solazarse bien quietecito
en una buena butaca.
GUÍAS
China.
VV. AA. Anaya Touring. 320 págs., 21 euros
Esta
Guía Total se divide en tres partes: una selección
de lugares de interés acompañada de mapas
y planos, deteniéndose en doce ciudades clave,
de Pekín a Shanghai; China a vista de pájaro
(historia, geografía, y cultura), e informaciones
prácticas.
Marruecos.
Mark Ellingham. Ed. B. 699 págs., 33’50
euros
De
Tánger a Marrakesh y Fez, Ellingham invita a
conocer el país, a través rutas de senderismo,
ciclismo de montaña o surf. ¿Perejil?
Se deja sólo para otros guisos.ç
Pequeños
pueblos medievales. P. Aloso y A. Gil. Susaeta. 220
págs., 11’98 euros
Medinacelli,
Calaceite o Morella son algunas de las joyas medievales
de nuestro patrimonio, casi un centenar de pequeños
pueblos en los que el tiempo se ha detenido y que esta
guía descubre breve pero intensamente.
Nueva
York. VV. AA. Fodor’s/ El País Aguilar.
496 págs., 18’55 euros
Cualquier
excusa es buena para devorar la gran manzana, y más
con guías como ésta, que invita a disfrutar
de la cultura y el ocio y que detalla itinerarios acompañados
de cuarenta páginas de planos... Además,
a diferencia de otras disponibles (Berlitz, Anaya, Geoplaneta,
Kouneman, Michelin,Trotamundos), para ésta las
Torres gemelas sí desaparecieron un 11-S.
República
Dominicana. Javier López Rejas. Anaya. 318 págs.,
18’10 euros
Escrita
a pie de playa, el autor ofrece itinerarios para todos
los gustos. Si desea conocer la zona, necesitará
una tan completa como Caribe (Fodor). Si opta por la
Suramérica más secreta descubra Bolivia
(Anaya) con Pilar Ortega.
Lisboa.
Acento. 176 páginas, 10’50 euros
Las
guías Acento son siempre una estupenda opción
para viajar. Y para leer el viaje, si escogemos una
de sus guías literarias, que recogen testimonios
escritos sobre las ciudades. De Lisboa hablaron Cervantes,
Saramago, Tabucchi...
http://www.elcultural.es