El reino de Elvis es de este mundo
Enric González
El
rey del rock sigue vivo en Estados Unidos en el 25º
aniversario de su muerte. Miles de seguidores volvieron
a concentrarse ayer en Graceland. Unos, convencidos
de que todavía anda por ahí, y otros,
para recordar a quien revolucionó la música
del siglo XX
Elvis
vive, aunque hoy se cumplan 25 años de su muerte.
Vive como sueño, como recuerdo, como negocio,
como símbolo de un país. Su tumba en el
Jardín de la Meditación de Graceland,
la mansión en Memphis en la que se atiborró
de drogas y dulces hasta sufrir el colapso definitivo,
amaneció ayer con más flores que nunca,
rodeada de ositos de peluche y hojas de papel con textos
de homenaje, y con una fotografía de los haces
de luz que ocuparon durante meses el vacío de
las Torres Gemelas. Había quien lloraba. Y se
esperaban muchas lágrimas en la vigilia convocada
para anoche, con una asistencia estimada en 70.000 personas.
Una
pequeña porción de la humanidad se niega,
todavía, a sentir el vacío de Elvis Presley.
El Museo Elvis Está Vivo, en Misuri, es el epicentro
de esa religión laica basada en la convicción
de que El Rey sólo se ha tomado unas vacaciones,
a partir de una serie de hechos supuestamente indudables:
el ADN del cadáver enterrado en la mansión
de Memphis (Tennessee) no se correspondía con
el ADN de Presley, nadie cobró un seguro de vida
de tres millones de dólares depositado en una
firma londinense, etcétera. Los creyentes afirman
que Elvis vive realmente en un lugar más o menos
apartado (con extraterrestres en Marte o con el Yeti
en el Himalaya, por citar las hipótesis más
sólidas) a la espera de un retorno triunfal.
La
reaparición de Elvis Presley en carne y hueso
sería la ruina de las casas de apuestas, que
siguen aceptando dinero. William Hill, la mayor empresa
británica del sector, paga mil contra uno (con
lo que considera más probable una reaparición
física de El Rey que una victoria de la Isla
de Montserrat en el próximo Mundial de fútbol)
y no deja de recaudar libras y dólares. Pero,
aun aceptando la obviedad de que Elvis murió
el 16 de agosto de 1977, su cadáver muestra una
extraordinaria vitalidad financiera. Elvis Presley es
el muerto más rico del mundo. Sus ingresos anuales
rondan los 37 millones de dólares, bastante por
encima de otro difunto con alta rentabilidad, John Lennon,
que sólo gana 20 millones.
'En
un sentido artístico, Elvis vive, por supuesto',
afirma Patsy Andersen, coordinadora de los clubes de
fans de El Rey desde la central corporativa de Graceland.
'Tiene más seguidores que los vivos y siguen
creándose clubes en países como Croacia,
Indonesia, Turquía...'. La página de Internet
mantenida desde Graceland, www.elvis.com, recibe más
un millón de visitas anuales. Y la venta de recuerdos
(ositos de peluche, prendas en imitación de leopardo,
Cadillacs de juguete de color rosa y otros iconos que
el difunto estimó en vida) no decae nunca.
El
negocio se extiende más allá de Elvis
Presley Enterprises, Inc., la corporación que
asegura el bienestar económico de Priscilla,
la viuda; de Liza Marie, la hija, y de futuras generaciones
de la familia. Kenny Krug, un ciudadano de Baraboo,
Wisconsin, asegura ganarse razonablemente la vida desde
hace 20 años con sus imitaciones de Elvis. Y
lo mismo vale para miles de imitadores americanos, filipinos
o de dónde sea. Un puñado de ellos se
congregaron el miércoles en Memphis para homenajear,
con un Love me tender y un golpe de pelvis, al gran
patrón del rock and roll.
Porque
Elvis es todavía el gran patrón, al menos
en Estados Unidos. Según una encuesta realizada
por la cadena de televisión ABC, Elvis Presley
se mantiene en la cumbre del rock and roll un cuarto
de siglo después de su muerte (40% de las opiniones),
seguido, a distancia, por Jimmy Hendrix, John Lennon,
Mick Jagger y Bruce Springsteen. Las ventas de sus discos
han alcanzado este año los 100 millones de unidades
en el mercado estadounidense, lo cual sólo es
superado por los Beatles (165 millones), Led Zeppelin
(105 millones) y el cantante country Garth Brooks (otros
105). Y el público, aparentemente, mantiene la
avidez por ver una y otra vez las imágenes del
arco vital de Presley, desde la del muchacho de Tupelo
(Misisipí) que enloqueció a los jóvenes
y escandalizó a los adultos, a finales de los
años cincuenta, hasta la del vocalista fondón
de Las Vegas cubierto de blanco y pedrería. Todas
las cadenas de televisión dedican horas esta
semana, la Semana de Elvis, a biografías, conciertos
y reportajes.
Algunos
datos son inquietantes. Según la ya citada encuesta
de ABC, Elvis es, para un 40% de los adultos preguntados,
un buen modelo para la juventud. Lo cual indica que
cuatro de cada 10 estadounidenses considera que a sus
hijos les convendría hacerse adictos a los tranquilizantes,
ofrecerse como 'agentes especiales secretos' al FBI
de Edgar Hoover, admirar a Richard Nixon y chutarse
azúcar cada 10 minutos. Y, en efecto, cuatro
de cada 10 ciudadanos con edades comprendidas entre
los 18 y los 34 años se declaran grandes admiradores
de Elvis y le tienen por 'modelo'; 25 años después,
se ha esfumado el patetismo de los últimos años
de la vida de Elvis Presley y sólo queda lo mejor:
una voz irrepetible y los bailes de la película
King creole.
'Que
borren la palabra guapo del diccionario; basta con decir
Elvis', aseguraba Cathy, una mujer de 61 años
en peregrinación a la mansión de Memphis.
Lo
que se veía ayer en Graceland era mucho anciano
(los fans de entonces son los pensionistas de hoy: Elvis
habría cumplido, el 8 de enero, 67 años)
y mucho jovencito. Mal asunto para la recaudación
de Graceland, cuyos administradores cobran sólo
media entrada a seniors y niños.
No
existe homenaje completo a Elvis, el 16 de agosto, sin
la ingestión completa de un 'bocadillo Elvis'.
Si los devotos de Ulysses, la gran novela de James Joyce,
se someten cada 16 de junio a un atroz desayuno de casquería
en homenaje al inicio de la narración de la peripecia
de Stephen Bloom, los devotos de El Rey necesitan sólo
unas cuantas rebanadas de pan de molde, una generosa
cantidad de mantequilla de cacahuete, un plátano
y una parrilla (se come caliente) para sentir uno de
los subidones de azúcar que tanto gustaban a
Elvis Presley, para siempre rey del rock and roll.
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