"La fama es una bestia peligrosa, es mejor ser
anónimo"
DONNA LEON, ESCRITORA
ROSA
MORA | Madrid
El turismo sexual y el escándalo de los laboratorios
farmacéuticos que venden medicamentos caducados
a países del Tercer Mundo son los dos principales
argumentos de El peor remedio (Seix Barral), la octava
novela del comisario veneciano Guido Brunetti, que Donna
Leon (Nueva Jersey, Estados Unidos, 1942) publica en
España. La escritora norteamericana afincada
en Italia desde hace más de 20 años tiene
cada vez más lectores en España y un importante
club de admiradores que esperan con impaciencia cada
nueva entrega de Brunetti. Ésta, desde luego,
no les decepcionará.
Paola
Brunetti, la mujer del comisario, harta del escándalo
del turismo sexual, y ante el escepticismo de su esposo,
decide actuar por su cuenta: rompe de una pedrada el
escaparate de una agencia de viajes dedicada al negocio.
Es detenida. Brunetti escamotea las pruebas. Bronca
familiar. Otra pedrada y la luna recién puesta
hecha añicos. Vuelve a ser detenida. Brunetti
ya no puede esconderlo y su jefe, el burocráta
Patta, lo suspende. Pero el propietario de la agencia
es asesinado y Patta no tiene más remedio que
llamar a su comisario para que le saque las castañas
del fuego. Lo que encuentra es mucho más gordo:
la venta ilegal de medicamentos caducados o la fabricación
de placebos para exportar al Tercer Mundo, un negocio
redondo.
Pregunta.
Todo eso ocurre en la realidad, ¿verdad?
Respuesta.
Por supuesto. Un amigo farmacéutico me lo explicó.
Las farmacias devuelven los medicamentos a los fabricantes
y si éstos los destruyen pierden dinero, así
que los mandan al Tercer Mundo y en lugar de perder
ganan y, además, quedan como héroes de
la beneficiencia. ¡Puaff!
P.
Novela a novela crece la figura de la signorina Elettra,
la secretaria del vicequestore Patta. A veces da la
sensación de que es ella quien resuelve la mayoría
de los casos.
R.
Pues espérense a leer la décima novela
de la serie. Elettra es como Despina, la criada de Così
fan tutte, que se disfraza de médico, de notario...
P.
En esta novela, como en las anteriores, vuelve usted
a criticar la justicia italiana.
R.
Para mí, la verdadera justicia es cuando Paola
lanza la piedra. Las agencias de turismo sexual seguirán
con su negocio hasta que pierdan dinero con ello. Paola
es pasional, podría haber hecho un manifiesto,
pero lo resuelve con una encantadora pedrada.
P.
¿Sigue sin querer publicar en Italia?
R.
Nunca lo haré. Está en mi contrato con
Diogenes . El otro día, estaba en un ponte esperando
a una amiga y me reconocieron tres alemanes, uno detrás
de otro. Así no se puede vivir. Cuando yo esté
muerta que hagan lo que quieran. La fama es una bestia
negra. Es mejor vivir anónimamente.
P.
¿No será también porque a los italianos
no les gustaría lo que usted escribe sobre ellos?
R.
A algunos sí y a otros no. Los italianos que
las han leído en inglés, en francés
o en alemán, opinan que es muy desconcertante
que una no italiana les comprenda tan bien.
P.
En abril publicó en Alemania y usted Willfol
behaviour, sobre la memoria del fascismo.
R.
Era un tema que tenía pendiente. Los italianos
creen ahora que durante la II Guerra Mundial todos eran
antifascistas. Es como en Estados Unidos con Vietnam.
En los setenta la mayoría estaba a favor de la
guerra, incluso se hablaba de lanzar una bomba atómica,
en cambio ahora, todos dicen que se opusieron. Los italianos
creen que en África los acogieron con los brazos
abiertos. Y lo que es más, en las escuelas la
Historia acaba con la I Guerra Mundial. Los de derechas
quisieran dar su visión en los textos escolares
y los de izquierda la suya, pero como los gobiernos
duran tan poco no tienen tiempo de hacerlo, así
que se han quedado en la I Guerra Mundial.
P.
En cada novela dispara usted contra alguien o contra
algo: el Gobierno, la Iglesia, el poder financiero,
la Mafia, la trata de mujeres del Este para ser prostituidas
en Italia... ¿Tiene más balas preparadas?
R.
Sí. En Uniform, que acabo de terminar, trato
el tema de los militares italianos, y me quedan más.
Por ejemplo quiero volver a la Santa Iglesia, con todo
esos santos que están haciendo. Se han vuelto
locos beatificando y beatificando, creo que van a hacer
santa hasta su Isbael la Católica. Otro tema
pendiente son los medios de comunicación. Y otro,
el agua, ¿quién la controla? Es un problema
europeo muy importante. También quiero escribir
sobre los anglosajones en Italia.
P.
¿Sobre los angosajones?
R.
Le pondré un ejemplo. Un grupo de neoyorkinos
de Venecia dan cada año una fiesta. Hace unos
años me invitaron y una mujer quería hablar
de Ezra Pound, pero no se acordaba del nombre y empezó
a preguntar y preguntar. '¿Cómo se llamaba
aquel viejo fascista loco?'. Y dale que dale. Al final,
dije yo ¿Viejo, loco y fascista? Ah, sí,
claro. Ronald Reagan. Me miró como si quiesiera
clavarme cuchillos en los ojos. No volvieron a invitarme
nunca más a esa fiesta. Sobre eso quiero escribir,
sobre cómo son los anglos que viven en Italia.
¿Por cierto no va a preguntarme sobre el 11 de
septiembre?
P.
Pues, vale.
R.
No me interesa nada. Soy una loca, lo confieso, pero,
por mucho que quieran hacérnoslo creer, Bin Laden
no es un problema importante. ¿El conflicto entre
Isreael y Palestina? Se acabará cuando los americanos
quieran, cuando les digan '¡Basta! Se acabó'.
El terrorismo tiene remedio, aunque no se sepa encontrarlo.
En cambio, hay otras cosas que ya no tienen remedio
y que son mucho más importantes, porque significan
el futuro.
P.
¿Por ejemplo?
R.
La ecología. La temperatura sube, sube y sube,
Alaska se está derritiendo. Todo el mundo quiere
tener coche y aire acondicionado. Tenemos que renunciar
a un modo de vida si de verdad queremos salvar el mundo.
Nos estamos suicidando. Soy una fanática de la
ecología, por eso sólo utilizo transporte
público. A estas alturas de mi vida, en lo único
en lo que creo de verdad es en la ecología.
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