Los
intelectuales y el futbol
Por
REDACCIÓN / Grupo Reforma
El
futbol, en tanto fenómeno social, ha concitado
el interés de muchos escritores. Por ejemplo,
el francés Albert Camus, en Lo que le debo al
futbol apuntó: "Pronto aprendí que
la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera
que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre
todo en las grandes ciudades, donde la gente no va siempre
'de frente'".
El mexicano Emmanuel Carballo
lo ha calificado como "un deporte de provincianos
religiosos... una diluida religión laica".
El estadounidense Vladimir Nabokov, en Habla memoria,
recuerda: "Oh, sin duda tuve mis días brillantes,
de grandes estímulos: el agradable olor del pasto,
el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando,
se acercaba cada vez más a mí, la nueva
pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego,
el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento
prolongado que producía...
Pero hubo otros días más memorables, más
esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área
de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota
tan grasosa como un budín de ciruelas...".
Para el escritor y director de cine italiano Pier Paolo
Pasolini, "el futbol es un sistema de signos, es
decir, un lenguaje. Tiene todas las características
fundamentales del lenguaje por excelencia... En efecto,
las palabras del lenguaje del balompié se forman
exactamente como las palabras del lenguaje escrito hablado".
El italiano Umberto Eco, en Segundo diario mínimo,
confiesa: "Yo no tengo nada contra el futbol...
si se tercia, me veo un buen partido con interés
y gusto en la televisión, porque reconozco y
aprecio todos los méritos de este noble juego.
Yo no odio el futbol, yo odio a los apasionados del
futbol...".
El argentino Jorge Luis Borges lo tildó de "deporte
feo estéticamente. Once jugadores contra otros
once corriendo detrás de una pelota no son especialmente
hermosos... Mucho más lindas que el futbol son
las riñas de gallos. Ocurren ahí no más,
al lado de uno, son ideales para miopes".
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