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El Confesionario | Editora de noticias: Ana Fuster Lavin

De la entrevista como una de las bellas artes
Por Julio Ortega

He sostenido que la entrevista literaria es un género literario, y para demostrarlo basta repasar las características que le dan ese rango: presupone un escenario del habla que no se confunde con ningún otro; sugiere un guión de personas y personajes en acción comunicativa; y, sobre todo, se hace leer en su peculiar protocolo, esto es, pasando del lenguaje a la convención de un diálogo. Por lo mismo, la entrevista literaria tiene las otras conductas discursivas propias de un género: colinda con otros géneros, en primer lugar con el periodismo; disputa las nociones de la actualidad porque está hecha para establecer los hechos y sostener las opiniones, y configura su propio archivo de referencias siendo como es una memoria del presente cambiante.

Hay grandes entrevistadores literarios (pienso en Emir Rodríguez Monegal, en Elena Poniatowska, que le han dado un carácter novelesco a la conversación) como hay grandes escritores entrevistables (Borges en primer lugar, pero también José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, quienes siempre tienen algo más que decir y proponer). Pero hay también algunas entrevistas clásicas, que han dejado un gesto de renovación en la escena literaria. Es el caso del diálogo con Juan Ramón Jiménez, en que José Lezama Lima reconstruyó sus encuentros con el gran poeta español y lo hizo hablar como un personaje suyo, con sus propias palabras. Juan Ramón quedó tan impresionado con esa reconstrucción imaginativa, que la hizo suya de inmediato. El otro caso pertenece también al genio de Lezama Lima, y es la entrevista que le hizo Armando Álvarez Bravo, el primer documento sobre la palabra ilimitada del maestro tutelar.

La historia de la entrevista es reciente. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, en el periodo del simbolismo y el modernismo, se popularizó en las revistas mundanas una suerte de entrevista que era menos que literaria y más que periodística, y que se podría calificar de encuesta porque era una lista más o menos fija de preguntas que los escritores y artistas respondían a nombre de sus peculiaridades. Una de esas preguntas típicas de la época era: "¿Cuál es su ideal?". Era una pregunta equivalente, en los años 60, por la persuasión ideológica o política. Nos hubiesen sido de gran utilidad, hoy día, las entrevistas que no se le hicieron a Rubén Darío, por ejemplo. Ya en los años 20 y 30 empiezan a aparecer unas entrevistas de actualidad, mezcladas con la crónica y la noticia, como la que un periodista le hizo a César Vallejo cuando llegó a Madrid. La voz del escritor aparece filtrada por el comentario del cronista. Tal vez la entrevista no se desarrolló en estos años porque todavía las opiniones personales no tenían el rango de documentos, y porque la figura del escritor aún no era la del protagonista de su tiempo. Por eso, cuando un periodista norteamericano le preguntó a Kipling qué pensaba sobre algún tema actual, el inglés lo amenazó con su bastón: "Con qué derecho me pregunta usted por mis opiniones personales". Todavía no hace mucho el entrevistado solía decir: "Yo, personalmente, creo...", a modo de excusa. Hoy, por el contrario, lo que esperamos es una revelación más personal.

Pero el género de la entrevista se convirtió en un instrumento de debate intelectual y político en manos de los intelectuales franceses, seguramente a partir de las polémicas a propósito de las purgas de Stalin, la ruptura de las izquierdas con la Unión Soviética y el pacto germano-soviético; también, a partir de la importancia social creciente de la figura del escritor. El papel de la prensa en ello fue fundamental. Los intelectuales usaron el espacio de la entrevista para definir sus posiciones ideológicas y políticas. No podemos entender esta época sin las entrevistas de todo tipo que propagó, por ejemplo, Jean Paul Sartre. Y más tarde, con una inteligencia menos rígida y más mundana, críticos como Roland Barthes. Como si los diálogos de Platón fuesen un modelo arquetípico, algunos filósofos convirtieron la entrevista en "conversación," con mayor espacio a su favor.

Más literarias han sido la serie de entrevistas dedicadas a un escritor y su oficio que se reproducen en cada número de la Paris Review. Compiladas en tomos sucesivos, esas entrevistas son un verdadero documento crítico sobre el arte de la escritura en la segunda mitad del siglo XX. En esa serie, son memorables las entrevistas hechas a Borges y García Márquez. En español, Borges es quien ha concedido más y mejores entrevistas, al punto que no podríamos ya comprender su relación con su propia obra sin acudir a ellas, que a veces ocupan un libro entero. Pero Borges también es un buen ejemplo para entender los límites de una entrevista, que no son otros que los de la opinión personal. Son, además, límites que tienen que ver con las estrategias del escritor, y hasta con sus tretas y bromas. Sería ocioso, pero ilustrativo, comparar, por ejemplo, las entrevistas que un escritor dio a la prensa internacional cuando era un protagonista de las izquierdas con las que dio a la misma prensa cuando pasó a protagonizar la buena conciencia dominante. Lo interesante no sería comprobar su cambio de opiniones y recomendaciones, sino el hecho de que, en ambas posturas, mantuvo el mismo arduo convencimiento en sus juicios. Más dado a relativizar los juicios, Borges, en cambio, es culpable de haber utilizado las entrevistas para crear mitos sobre su propia biografía. Es así que convenció a algunos lectores cándidos de que había leído el Quijote primero en inglés. Algunos españoles no le perdonan esa boutade sin entender que Borges estaba imitando a Byron, que decía haber leído a Shakespeare primero en italiano. Con todo, algunas revistas latinoamericanas han dedicado espacio especial a la entrevista, y hasta han hecho de ella la parte sensible de su actualidad. Fue el caso de Mundo Nuevo, la memorable revista que Emir Rodríguez Monegal dirigió en París, y de Marcha, el gran semanario montevideano cuya parte cultural estuvo a cargo de Ángel Rama. En los años 70, cuando estas revistas animaban el debate literario, la entrevista dirimía posiciones principistas con un dramatismo revelador de la importancia, muy probablemente excesiva, que el intelectual había asumido.

Hoy la entrevista se practica con más diversidad de formatos. Tiene otras imposiciones, ya no ideológicas pero sí mediáticas. A veces tributa el culto de la personalidad, la fama de las figuras públicas, y por ello muchas veces se rinde a la novedad y deja de lado lo nuevo. La mejor entrevista tendría que ser a un autor del todo desconocido: un acto de audacia crítica. El boom de la novela latinoamericana multiplicó en los años 70 y 80 la entrevista como espacio de opinión irrestricta: todo escritor se sintió obligado a dictar sus opiniones, que iban de la situación mundial a la situación literaria y abarcaban lo divino y lo humano. Hoy esa exacerbación ha pasado, y miramos como promiscuidad verbal cualquier exceso de afirmación rotunda. Nos es más propia la duda, más cercana la ironía, y más cierta la incertidumbre. Por eso, el mayor protagonista de las entrevistas es hoy el escritor menos convencido de su verdad. Éste es el caso de Alfredo Bryce Echenique, que asume la máscara del antihéroe del discurso, relativizando las viejas y encarnizadas convicciones. Por lo demás, las entrevistas en la televisión y el Internet deben estar cambiando la función del escritor, que promedia entre las figuras del espectáculo y las alzas y bajas del mercado.

A esta rica tradición de un género en permanente transformación contribuyen hoy no pocos escritores y periodistas a lo largo del continente. En el mundo hispánico que empieza a configurar sus propios relatos dentro de los Estados Unidos, las entrevistas de la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa, que dirige José Carvajal, agudo y sensible escritor y periodista dominicano radicado en Miami, están entre las primeras versiones de un diálogo con las literaturas hispánicas hecho desde esta frontera del español. Si la cultura hispana que se hace en los Estados Unidos cuenta ya con un extraordinario y diverso repertorio literario sobre la experiencia de la migración y sus sagas de todo orden, todavía le falta la dimensión autorreflexiva de un discurso que la interprete y articule. Los escritores hispanos y latinos han producido espléndidas novelas y excelentes poemas pero no aún la crítica cultural creativa y polémica de los grandes intelectuales Afro-americanos. Pero ese proceso debe estar en camino, y se hará oír a su tiempo. Por lo pronto, las historias del periodismo de fronteras, que Nicolás Kanellos ha compilado en su extraordinario proyecto dedicado a preservar la memoria hispánica; las biografías y narraciones familiares que varios escritores han emprendido, y, en fin, los foros de debate que algunos académicos, como Beatriz Pastor en Dartmouth College, han construido, son parte fundamental de ese camino. Lo es también el periodismo en español que hacen cientos de hispanos en periódicos comunitarios y radios exitosas, en corresponsalías alertas y programas de televisión activa.

A esa fuerza reciente del periodismo hispano en los Estados Unidos, pertenece Vanidad aparte. Sus entrevistas tienen la vivacidad y curiosidad del lector de este lado del español entendido como lengua franca de la cultura: están animadas por la necesidad de hacer más nuestra una literatura acrecentada por su vocación intercultural y transfronteriza. Son, se diría, un espejo elocuente donde nos desciframos en la aventura de leer y construir, con las palabras, un lugar más propio y compartido. Un diálogo, por ello, hecho a varias voces vivas.

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