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1 de Julio Sucedió en aquella época de la adolescencia cuando todavía nuestras madres por un acto totalmente inconsulto habían decidido nuestra entrada en el secundario. Y en el colegio del barrio. El de frente a los bomberos. Era en el comercial 9, de nombre "José Ingenieros", que todos llamaban Pepe. En ese tiempo te sorteaban el turno y había 4 divisiones de primer año. Dos de mañana y dos de tarde. Tres tenían de idioma inglés y uno francés. Vine a caer en primero, cuarta, que era a la tarde y francés. Nadie, entonces lo quería. Entre los primeros años, aparecía algo así como el patito feo. A mi mucho no me importaba, porque mis ganas de estudiar eran ínfimas. Había pasado ya la primavera camporista durante la cual escuchábamos por la radio. " Yo quiero que vuelva y usted,?..yo quiero que vuelva... " Por suerte había dos compañeros adelante mío con A, algo no muy frecuente: eran Acosta y Acuña. Estaban el infaltable Dodero y su compañero Núñez, Comotto, Cohen, Ishikawa, Finkestein, Gutierrez, Martinez, Mendilahatsu; Rossi, Solórzano, Tomaselli, Vaìn, Vicente, etc. Esa mañana había amanecido un cielo gris, pero todavía no se me ocurrían excusas razonables para faltar a clase... que mamá las aceptaba todas. En la primer hora de clase del lunes; teníamos Botánica. Yo me aburría largamente con la clasificación de las plantas en monocotiledóneas y dicotiledóneas, con el pistilo y el gineceo, con el costado de las nervaduras. El país estaba convulso y nuestras soledades eran infinitas. Y aquel susto de correr entre las balas, cuando fuimos en familia, a recibir aquél mediodía soleado, en Ezeiza al General. Entonces era tan chico; y el mundo era algo tan desconocido que hasta ignoraba que en el barrio de Flores todos mis vecinos eran radicales. Había noticias de Gelbard, de Mor Roig, Casildo Herreras, Taiana, Liotta, del desabastecimiento, la guerrilla y la inflación. La profesora de historia, Barrionuevo, me aburría con los egipcios, la de contabilidad, Ferrari; con los pagarés, y la Gandulfo (la que se le mató el hijo) saludaba: Yo, de botánica no había estudiado nada, pero todavía no habían llegado los años en que nos parábamos en la puerta y arengábamos a los compañeros diciéndoles: "Hoy no entramos, por los muertos de Trelew". O aquellos en que nos plantábamos ante el jefe de preceptores a decirle: "-mi mamá no tiene plata para que me corte el pelo, si no me dejan así, no entro". Ni sacábamos a la de E.R.S.A. llorando por los pasillos. Todavía puedo acordarme de la preceptora Sara, perenne entre las instituciones. Finalmente entró la profesora y saludó como todas las semanas. Era la Calcagno. El bimestre anterior me había cerrado con 1. Y ahora cuando abra la lista, me clava un ancho de vuelta (¿Qué le voy a decir a mi vieja?, pensaba triste y cansado.) Yo, ni a rezar había aprendido. De golpe entra el jefe de preceptores y le Nosotros nos mirábamos en serio como creyendo oír algo en broma. Yo me volvía caminando con los zapatos de goma sucios y los pantalones Oxford; muy atrás quedaba el colegio, allá atrás estaba el barrio; muy lejos de mi familia; perdido atrás de mi infancia. Cruzando Alberdi alguien tarareaba una canción de Sui Generis. Las ramas de los árboles, de un ocre muy desastrado, aparecían tan heladas, que sugerían intemperie. El cielo era tan plomizo que parecía caérsenos sobre la espalda, una lloviznita tenue nos barnizaba los hombros. No tejíamos ilusiones, sin embargo, hacía tiempo, mucho tiempo, que habíamos inaugurado territorios de dolor. Autor: Alejandro Altamirano
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