Mirando un viejo álbum de fotos...

Mirando un viejo álbum de fotos, he recordado la primera vez que fui a la escuela. Bueno, las primeras dos veces, pues soy especialista en que la cosa más normal del mundo, cuando me toca hacerla a mí se convierta en una odisea. Así que os contaré cómo fueron las dos primeras veces, porque aunque la primera era bien pequeña, la recuerdo como si fuera ayer.

Teniendo yo tres añitos, allá por el año 68, coincidiendo con la revolución de los claveles, comencé mi revolución personal en casa. Decidí que si mi hermana iba al colegio, a ver porque no iba a hacerlo yo... La verdad que los argumentos esgrimidos por mis progenitores carecían para mí de fundamento. ¿Qué importaba que en el colegio al que acudía mi hermana, no hubiera kinder, sólo parvulitos y hasta los cinco años no admitieran alumnos? Yo tenía en mi poder lo principal para acudir al cole. ¡Tenía una supermegacartera de la familia Telerín! No habría nadie sobre la faz de la Tierra que pudiera impedir que yo fuera al cole con mi cartera. Allí estaban todos sobre un fondo azulón. Cleo, Teté, Maripí, Coletitas y Cuquín. Ay, parecía que podía oírles cantar: Vamos a la camaaaaaaaa que hay que descansaaaaaaar... En fin, tras un verano de arduas negociaciones, mis papis decidieron que no era justo coartar mis ansias de aprenderlo todo ni privarme del privilegio de recibir una educación.

En vista de que no podía ir al cole de monjas, me matricularon en casa de la señorita Nati. Por lo visto en aquella época era habitual este tipo de escuelas. Una casa, unos cuantos pupitres, una señorita y niños de diferentes edades allí mezclados. Tengo borrada de mi memoria aquella mañana. Sólo recuerdo la entrada y la salida. La entrada, no fue precisamente triunfal. Cuando mi mamá llamó al timbre conmigo de la mano, entusiasmada con mi libreta mi lápiz y mis amiguitos plasmados en la cartera, una señora con una melena castaña lacia con raya al medio y unas gigantes gafas de concha, abrió, acercó su nariz a la mía (se tuvo que agachar bastante, por cierto) y preguntó con un gesto de indiferencia... ¿Esta es la niña? (Como si no se me notara, con el vestidito todo almidonado que llevaba y los lazos de las bragas de perlé asomando por los costados) Sí, dijo mi madre, tiene mucho interés. Ah, vale, respondió la señorita Nati. Y dicho esto, me cogió de la mano me llevó a una habitación donde había algunos niños con la nariz pegada a sus libros (por lo visto en aquella casa, era norma, pegar la nariz a lo que primero encontrara uno...), me sentó en una silla y me dijo... ”Hala, guapa, ahora estate quietita y no hagas ruido”. Lo que allí ocurrió el resto de la mañana, es para mí una incógnita. Pero sospecho que debí darle una mañana “toledana” a la buena mujer.

Cuando llegó la hora de salir, mi abuelo, al que por lo visto tenía subyugado con mis encantos, había venido a recogerme al portal. En cuanto me vio en el portal, me cogió en brazos, comenzó a lanzarme al aire y a gritar a pleno pulmón que qué mayor me había vuelto... jejeje. A cambio sólo recibió la visión de un ceño fruncido (el mío) que afirmaba que jamás volvería a la escuela, que la señorita Nati era una tonta que se había negado a ponerme “El Miginiano” (traducción al castellano del Virginiano) en aquella tele tan grande que tenía.

Efectivamente, no volví a aquella escuela. La señorita habló con mi madre y llegaron a la conclusión de que aún no estaba madura para comenzar mi andadura escolar. Por otro lado, mi padre, muy astuto él, también llegó a varias conclusiones la primera que su hijita no tenía en absoluto noción del tiempo. Principalmente porque en aquellos años la carta de ajuste, no comenzaba hasta media tarde... La segunda y más importante, que ya podía amarrarse los machos, su hija pequeña (no ya su hijita) prometía ser bastante cabezona cuando decidía algo.

No volví a repetir experiencia hasta dos años más tardes, cuando ya era una traumatizada párvula de cinco años (les costó Dios y ayuda convencerme de que si no iba al colegio por las buenas, unos señores vendrían y me llevarían a un colegio muy feo interna) y las monjas estaban encantadas de acogerme bajo su tutela. De aquel día no recuerdo ni la entrada ni la salida. Sólo recuerdo que me llamó la atención que la monja, no estaba vestida de monja. Tenía una bata azul claro, el pelo al aire y era la persona más alta y flaca que yo había visto. Sin embargo recuerdo con una claridad meridiana, que a la vuelta de comer... en aquella clase tan bonita, de mesas hexagonales pintadas de colorines, en medio del círculo verde que había dibujado en el suelo donde nos sentábamos para las actividades en grupo... había algo terrible. La monjita que abría paso a la comitiva de canijos se quedó paralizada. Allí en medio, insultantemente bien moldeada, de un color marrón casi perfecto, había una caca. Lo primero que pensó fue que habíamos sido uno de nosotros. Nos puso en fila contra la pared, y con dedo amenazante exigió que saliera el propietario de aquel presente a recogerlo. Visto que allí estábamos los cuarenta niños, sin decir ni pío, decidió que era lo bastante astuta como para averiguarlo ella solita. Con lo cual pasó al baño de las niñas, se sentó en la taza y nos hizo pasar uno a uno para revisar cual de nosotros era el que conservaba restos del acontecimiento. Se pasó la tarde con la tarea, ya que la investigación era de lo más meticulosa. Primeramente, palpaba, el segundo paso era asomarse a ver si olía algo y si no... decepcionada bajaba la braguita o el slip buscando la mínima manchita. Revisados concienzudamente los cuarenta culetes y sin prenda interior que exhibir como prueba incriminatoria, decidió recoger ella misma la caquita y cerrar el caso con una simple explicación: “Habrá sido un gitano que ha entrado por la ventana” Durante años no dejó de admirarme lo lista que había sido. No me explicaba como pudo saber que había sido un gitano. No me lo expliqué hasta que siendo un poco mayor y a base de convivir día a día con ellas... me di cuenta de que dentro del claustro de monjitas profesoras, no era oro todo lo que relucía, ni mierda solo las cacas.

Un saludo, Silvia.

Autor: Kamae
Edad: 38 años
Residencia: Santander (España)
Ocupación: Ama de casa
Hobby: Leer, practicar karate, escribir, salir por ahí... más o menos como todo el mundo
Fecha de publicación: 04/07/2003


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