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Vestido gris A los 12 años grabamos imágenes que nos acompañan el resto de nuestros días. Y muy especialmente, esos “personajes” que nos tocan de vecinos y de los que nadie se salva.
En el barrio no la querían (más por miedo que por prejuicio). Nunca se sentó en la vereda para conversar de temas trascendentales como el precio del cuadril, o de la hija del sastre, que quedó embarazada vaya uno a saber de quién, o de la eterna humedad porteña que no seca la ropa y que vida de porquería, para que trabaja tanto una si al final... La veía a diario sentada en el patio, leyendo libros enormes, incomprensibles, garabateados con su letra desordenada en el costado de las páginas; lejos de mi comprensión, acostumbrado a la colección de “Selecciones” paterna, con sus notas patrióticas contra los “rojos”; y las “Para Ti” maternas, pasquín que le permitió subsistir en sociedad durante mucho tiempo. Cuando le pregunté sobre su pasión por la lectura, me dijo: “cuando comenzás a leer, y esas palabras también te hacen soñar, podés elevarte tan alto, que nadie se animará a alcanzarte”. Por supuesto, no entendía nada hasta
que pasaron varios años, aunque creo que cuando me di cuenta,
ya tenía las alas quebradas por un tiro de fusil. Tampoco concurría a bailes ni tertulias, hecho que me hacía preguntar en qué forma conseguiría un novio, como mi hermana la mayor, bien casada con un bancario de saco y corbata, luego de tres años de riguroso noviazgo, registro civil, iglesia, fiesta, vestido blanco y todas esas cosas que, según mi madre, convertían en realidad el sueño de vida de cualquier mujer que se precie de tal. De lo que estaba casi seguro, es de la existencia de un amante que la visitaba seguido, aunque nunca pude corroborarlo, porque esos temas, tratados en la mesa familiar, se hacían acreedores de un soberano sopapo por parte de mi padre. Y ni hablar de la música que se filtraba por los postigos de la ventana: los cantores no cantaban, simplemente me envolvían con sus palabras, y me dejaban levitando en el cordón de la vereda. Todo lo contrario de mi casa, donde el perrito “Víctor”, con su eterna cara de idiota, se espulgaba al ritmo de los temas de moda. Cuando empecé el colegio secundario, y mi tiempo se repartió entre novias y amigos, dejé de interesarme en esa mujer, en sus raras costumbres y en sus vestidos grises de presidiaria. Ya casado, en otro barrio, sumergido en una
rutina sofocante y acogedora, la niñez pasa a ser un recuerdo
borroso. Volvía cada tanto a visitar a los viejos,
pero ni me asomaba a la vereda. Hasta que un día, en un clásico
almuerzo familiar dominguero, me enteré que “la mujer”
había muerto la noche anterior. Por curiosidad pregunté donde la velaban, y salí a despedirla silenciosamente. El velatorio era un gentío que se debatía
entre lágrimas forzadas y risas provocadas por cuentos verdes
contados en un murmullo. Ya casi sobre el ataúd, vi una sonrisa eterna en su cara, rodeada por el blanco de la mortaja y el gris del vestido. Y por un momento, se escaparon desde esas telas,
miles de colores que se disparaban de su cuerpo frío. Azules,
verdes, amarillos, rojos.... Todas las gamas posibles formaban un
calidoscopio enceguecedor. Autor: Silvina
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