El
mejor
La competencia siempre fue atroz.
La lucha por la hegemonía dentro de la casa tomaba rumbos
insospechados.
Rubén era menor que yo, pero no era importante la diferencia
de la edad, sino la de las contexturas físicas. La gesta
consistía en esclarecer la superioridad dentro de la familia.
Quién era el más fuerte, el mejor, física y
espiritualmente. Elegíamos las pruebas de manera premeditada
y de acuerdo a nuestras condiciones. No sólo lo superaba
en edad, también en altura, envergadura y peso, esta última
habilidad siempre era concluyente. Rubén era un alfeñique,
en casa le decíamos radiografía porque se le notaban
todos los huesos. Dos años menor, flaco y de naturaleza raquítica.
A pesar de sus escasas dotes físicas se las rebuscaba bien
a la hora de las definiciones. Cada uno escogía cinco deportes
para resolver la justa del mejor. Así la llamábamos.
Yo siempre optaba por mis clásicos. Lucha libre, porque bastaba
con que me tirara encima para que se rindiera debido a la falta
de respiración. Boxeo, donde la longitud de mis brazos y
altura me daban la ventaja definitoria. Artes Marciales, ninguno
de los dos sabía nada. La cuestión era darle unos
golpes y agarrarlo al final débil y bastante averiado. Lanzamiento
de la Bala, para lo cual utilizábamos un hierro viejo y oxidado
que en nada se parecía a una bala de cañón,
pero era lo bastante pesado como para que él no pudiera levantarlo.
Y mi última elección era el ajedrez. No porque fuera
más inteligente, sino porque Rubén no tenía
idea de como jugar. Yo le decía como mover las piezas, lógicamente
en forma magistral lo guiaba a la derrota. Cinco pruebas inobjetablemente
mías.
En las de él se explotaban la velocidad, la agilidad y la
destreza. Especialidades que a nadie le interesan. Los cien metros
llanos, trepar el pino del fondo, la payana, la bolita, y por quinta
prueba solía elegir el fútbol porque podía
desarrollar sus mejores condiciones de jugador. Pero la experiencia
le demostró que un foul artero, ladino y traicionero (pero
necesario), podía terminar con sus más hondas aspiraciones.
Entonces, ante la evidencia decidía por la bicicleta. Ultima
y definitoria prueba. Rubén se sentía seguro de ganar
porque era más rápido. Pero yo tenía un as
en la manga. La elección de la distancia corría por
mi cuenta. Tan sólo cincuenta metros. Al ser yo más
fuerte podía embalar con más potencia, lograba una
ventaja mínima que pronto se desplomaría por lo paupérrimo
de mi estado físico. Pero nunca antes de los cincuenta metros.
Así ganaba yo, con fuerza y con inteligencia para poner las
pautas. No había dudas, era el líder espiritual, político
y administrativo de la relación con mi hermano. Era el mejor.
Hubo revuelo en el barrio. Los del otro lado
de la avenida habían hecho un desafío. El Rata, el
capitán del equipo y el más grande con sus catorce
años, convocó a una selección. Elegiría
el equipo representativo después de realizar una práctica
en el campito de la calle Rivadavia. Los matices de los partidos
con los del otro lado siempre eran anormales, terminaban en pelea.
Había que ganar en la cancha y había que ganar en
la pelea. El Rata quería a los mejores. Era obvio que debía
presentarme.
Eramos como veinte en el potrero, incluyendo a Rubén. Le
advertí que volviera a casa, que la prueba iba a ser dura;
no se intimidó.
La práctica empezó con nerviosismo, nadie quería
cometer errores, nadie arriesgaba nada. Los ojos del Rata, fuera
del campo, parecían más severos que de costumbre.
Alguien despejó una pelota y cayó en la media cancha,
justo a los pies de Rubén. Su cuerpo no garantizaba nada,
pero a la hora de gambetear era difícil pararlo. La pisó
e hizo correrla por la derecha, con un par de amagues, el Polaco
y Drito, dos de nuestros mejores defensas quedaron desparramados.
Llegó hasta el fondo y tiró centro atrás. Justo
entraba el Negro, no tuvo más que empujarla. 1 a 0. Golazo.
Todos miraron al Rata, la mueca de satisfacción era clara.
Sentí una ligera sensación de orgullo. Pero aún
era el mejor.
El capitán gesticulaba a medida que aprobaba jugadores. Yo
todavía no integraba la lista. Necesitaba demostrar que podía
estar en el equipo. No tenía talento con la pelota, pero
era fuerte a la hora de defender. Otra vez Rubén tenía
la pelota, ahora se la daban más seguido, se habían
dado cuenta de la facilidad con que resolvía los problemas.
Eludió a uno y otro quedó parado después de
un túnel, era mi oportunidad de mostrarme. La pelota o él.
Siempre el bulto grande es el más fácil. Literalmente
lo barrí. La pelota siguió sola hasta que el arquero
conjuró el peligro. Rubén fue cayendo sobre mí.
En uno de los manotazos buscando apoyo, encontró mi nariz.
Caímos juntos, enmarañados. Nos levantamos y el dolor
en el centro de mi cara era insoportable. Un hilo de sangre fluía
desde adentro. Vi a mi hermano intacto.
Sangrante, dolorido y asustado me puse a llorar. Corrí hasta
casa. Seguro que lo había hecho a propósito, quería
humillarme delante de todos, me dije. Intensifiqué el llanto
al llegar, magnificando la situación con las manchas rojas.
Fui muy explícito al narrar lo sucedido. ¡Fue Rubén!
Mi padre mostró una expresión grave. Mientras Mamá
me curaba, Papá salió a la calle y ejecutó
el silbido con que siempre nos llamaba, un sonido corto y aflautado.
Rubén entendió. Tímidamente se acercó
a la casa. Desde el patio, ya repuesto y emparchado, observaría
como las cosas volvían a la normalidad. Se impondrían
el orden y la justicia.
No sé qué sucedía con mi padre. Esa tarde estaba
diferente. Descargó todo el mal humor en el cuerpo de Rubén.
Lo golpeó por todos lados. Quise gritarle: Papá fue
un accidente, solamente chocamos, me equivoqué. Papá
por favor. Papá no. Papá. Pero era tarde.
Rubén lloraba tirado en un rincón. Papá se
fue adentro cuando se cansó de pegarle. Me acerqué,
quise decirle algo pero mi lengua parecía de piedra. Me acerqué
más y le puse la mano en el hombro. Me abrazó. Lo
abracé. Lloramos juntos.
La competencia se me había ido de las manos.