Las ciruelas y la Legión Extranjera

No hay nada más delicioso que la fruta verde y caliente. Sólo debe cumplir una condición: haber sido robada.

Mediaba la siesta veraniega, todo parecía dormir. Excepto nosotros tres —que repetíamos nuestra hazaña semanal—, y las cigarras.

Por la calle de tierra, los pasos se amortiguaban en una opacidad parda.
Revisamos nuestras armas. El gordo Ricardo: su rifle de lata, que tira un corcho atado a un hilo. El colorado Rober: el arco, las flechas con sopapa. Y yo, el Orejas: mi revólver, con un rollo completo de cebitas, más la bolsa del mercado.

—Entramo, luego le atracamo —aclaró Ricardo—y nos largamo'e prisa. —Era el único que tenía televisor: las series dobladas en Puerto Rico estaban destruyendo sus cuerdas vocales.

Rodeamos la quinta, que cuidaba Don Luis. Pasamos distraídos frente al portón de recios candados, hasta llegar a nuestra entrada secreta.

Robertito y yo —cuerpo a tierra— reptamos por el agujero del alambrado. ¿Por qué el viejo Luis no lo arreglaba? Era un misterio. Agarramos por los brazos al gordo —tiramos con fuerza—, siempre se quedaba atrancado allí.

Permanecimos escondidos en el ligustro espeso, observando los alrededores.

Invisibles entre las hojas oscuras; imitamos a los soldados de "Ratas del Desierto", haciéndonos las mismas señas, salvo que desconocíamos el significado.

Ciruelos, durazneros y naranjos, se ofrecían a nuestra disposición.

El enemigo no estaba a la vista. Seguro que roncaba en la casilla de madera.

—¿Lo ves a Don Luis? Susurró Ricardo. Con la cabeza, contesté que no.

Eludiendo patrullas de alemanes, avanzamos hacia nuestro objetivo. ¿Cuántas veces, nosotros solos, ganamos la guerra?

Esos torpes caían en todas nuestras emboscadas. Los italianos no: el apellido del gordo era Di Pietro.

Vigilando a nuestro alrededor, Rober y yo trepamos a un ciruelo. Ricardo —a los saltitos desde el suelo— manoteaba algún durazno cabizbajo.

Empezamos a comer el botín in situ. El jugo rojizo nos corría hasta los codos. Saqué la bolsa de las compras y empecé a llenarla.

—¡Ajá, ladrones! El grito nos paralizó. Don Luis, azada en mano, nos apuntaba desde la puerta de su casilla.

Nos descolgamos y corrimos hacia la frontera del alambrado. Teníamos que llegar antes que Ricardo. Si entraba él primero se iba a atrancar otra vez y no era lo mismo tirar que empujarlo.

—¡Vengan para acá! —Vociferaba el viejo, persiguiéndonos —¡Ladrones! ¡Policía!

Rober se zambulló en el ligustro y cayó fuera, ya libre. Hice lo mismo. Detrás de mí, plaf: cayó la masa oscura del gordo. Otra vez tiramos de sus brazos y escapamos por un pelo. A la carrera dimos vuelta en la esquina. Ahí me di cuenta: había perdido el botín y la bolsa.

Todavía escuchábamos los gritos enojados de Don Luis.
—Tengo que volver —gemí—, si no, mi mamá me mata.
—¿Sos loco? — previno Ricardo —¿No oíste que va a llamar a la policía?
—¿Qué vas a hacer? Rober debía pensar en la reacción de su propia mamá.
—Tengo que escaparme, irme a algún lado... Mi desolación iba en aumento.
—¡La Legión Extranjera! Gritó el gordo. Habíamos visto “Beau Geste” la semana anterior.
—No tenés que llevar nada, te dan el uniforme y el rifle. —Los ojos de Rober brillaban, seguro que se venía conmigo. —Y te enseñan a manejar la ametralladora, a tirar granadas…
—No piden documentos ni nada —Ricardo se entusiasmó—, decís que tenés quince años y listo.
—Pero tengo siete, tarado, se van a dar cuenta.
—¿Ah, sí? ¿Y vos que te creés, que vas a llegar mañana? —se enojó el gordo. Siempre discutíamos—. Por ahí cuando llegás tenés, que sé yo, pongamos doce. Entonces no mentís, bueno, no mucho... ¡Y tarado sos vos, que te dejaste la bolsa!
—No se peleen che, ¿No ven que es la última vez que vamos a estar los tres juntos? —intervino Rober, mirando a Ricardo—. El Orejas se tiene que ir para siempre... si no le dan una medalla.
—Si me condecoran puedo volver, y le compro otra bolsa a mi vieja... Seguro que ahí me perdona. O si me matan los árabes y el jefe de la legión le manda mi medalla. Ella llora y dice: "pobrecito Marcelo, por una bolsa de morondanga..." y también me perdona.
—¡Qué vivo! Si te morís te perdonan todo. Así yo también me muero —Siempre práctico, el gordo.
—¿Vamos? Preguntó Rober.
—¿Venís conmigo? Me alegré.
—Hasta la esquina, tengo que tomar la leche...
—Yo también. Ricardo me dio la mano. Nunca lo habíamos hecho. Tuve ganas de llorar, pero me iban a decir maricón y me contuve.
Rober me palmeó la espalda.

Di un rodeo. ¿Habría llegado la policía? Desde el baldío observé el tapial de mi casa.

Quería llevarme el cortaplumas y la linterna, para el viaje.

Trepé por los ladrillos desparejos. Negro se acercó moviendo la cola; me agaché y le di un beso en la nariz pegajosa. Miré por última vez la casita del árbol. Por suerte tenía pantalones cortos, en el desierto hace calor. Me picaban los ojos.

Entreabrí la puerta de la cocina. Escuché: mamá hablaba con alguien, se reía. Traté de grabar en mi memoria su voz y su risa. Ojalá el Jefe de la Legión le mandara una carta con la medalla, y le dijera que yo había sido valiente.

Me deslicé hasta mi cuarto, revolví en el cajón de la cómoda.

—¡Marcelo! Vení un momentito —mi mamá. ¿Cómo me oyó?— Pensé en entrar como si tal cosa y, de paso, verla antes de partir. Las piernas no me respondían. Desanimado, entré en la sala...

Don Luis tomaba café, sentado en el sillón. En la mesa baja destacaba una fuente llena de ciruelas oscuras.

Me clavó la mirada, el iris aureolado de blanco. La sonrisa del cazador que acorrala a la presa.
—¿Viste cuántas ciruelas? Las trajo Don Luis. Mamá le sonrió. Aún no sabía nada. El viejo esperaba el momento para denunciarme.
—¿No me da un vasito de agua, señora? Graznó mi verdugo.

Mamá salió de la habitación. Don Luis metió la mano en el bolsillo trasero; sacó un bollo de tela.
—Tomá —me tendió la bolsa de las compras, me apuntó con un índice, que ya me parecía bendito. —Y la próxima vez, vos y tus amigos, hagan menos ruido. ¡No me dejan dormir la siesta!.

Autor: Kalessin – Marcelo
Fecha de publicación: 28/06/2002


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
07/06/2006 11:39:19 »» AMCI:
YO LO QUE ROBABA ERAN NISPEROSY TIRABA AL TANQUE BOTELLAS PARA DESPUES UNDIRLAS CON LAS PIEDRAS.¿SETRA LA CRISIS DE LOS CUARENTA? ESTO DE RECORDAR LAS AZAÑAS INFANTILES
04/02/2003 17:12:19 »» Alexandra:
jaja...estuvo genialísimo, me encantó.
07/08/2002 5:01:27 »» bryan:
Te quiero agredecer tu relato: por el revivi algo de mi infancia en Argentina, se me estan cayendo las lagrimas,gracias de nuevo