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La Luna y el Sol La luna y el sol no te pertenecen solamente a vos. Me decía mi padre. Cuando volvíamos de la escuela, caminando por las veredas de mosaicos vainillados, que expandían hacia la calzada, las casas de mi barrio. ¿Por qué? Lo interrogaba. Pues simplemente porque son de todos. En casa, mamá nos esperaba con una taza
de leche caliente, unos bizcochos de maicena y todo el cariño
que siempre nos brindaba. La única tristeza que sentía mi viejo, era imaginar su propia muerte antes de que yo cumpliera los dieciocho años de edad. Papá murió cuando yo aún no había cumplido los catorce años. Mamá siguió a mi lado con su taza de leche caliente y sus bizcochos de maicena. Yo continuaba preguntándome: ¿Por qué la luna y el sol no eran de mi exclusiva propiedad?. Tu padre estaría orgulloso de vos, si estudiaras una carrera en la universidad. Me decía mi madre, como obligándome a tomar la decisión de continuar mis estudios. El quería para vos el titulo de Ingeniero. Claro que a mis dieciocho años, la vida no me había otorgado la respuesta a la pregunta de mi infancia. ¿Por qué no me pertenecen a mi exclusivamente la luna y el sol?. Tal vez - pensaba - el tiempo me dará algún día la respuesta esperada. Mamá decidió vender las pocas cosas que teníamos, incluyendo la casa que con tanto esfuerzo el viejo construyó en el pueblo natal y se marchó conmigo a la ciudad grande. Allí comencé a estudiar Ingeniería. Compramos una pequeña casa en las afueras
y mamá consiguió trabajo en la casa de una importante
familia capitalina. Me recibí al cabo de seis años. No le podía pagar a mamá, más que con ello. Con el esfuerzo de realizar la carrera en los años que correspondían. Me casé un año después. Con la hija del dueño de la Empresa Constructora donde comencé a trabajar. Llegaron a mi vida, mis cuatro hijos. Junto con la compañía de mi madre, que ahora sin tener que trabajar, podía por fin, jugar con la descendencia de su propia sangre. Mis preguntas de la infancia se habían
perdido, por entonces, en el propio espacio de la vida. Y sinceramente
no las recordaba. Así me dijo. Le contesté ignorando si ello era cierto. Luego se aferró con fuerza a mi mano derecha y caminamos lentamente las cuatro cuadras que separaban el edificio escolar de la casa. Las veredas - me di cuenta - eran de mosaicos vainillados, como aquellos de la infancia. Levanté mi mirada hacia el cielo. Allí estaba la luna, blanca, muy cerca de un sol brillante que iluminaba la tarde de agosto. Dos lágrimas entonces, rodaron por mis mejillas. ¿Por qué lloras, papá?
Se inquieto mi hijo. Dudó un instante
y luego me dijo:
Víctor José
Stilp Piccotte
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