FUTBOL
DE AYER Y DE HOY
Llegan como todos los martes
y jueves a las 18:30 a su hora de fútbol. Son pequeños
de edades similares, bajan de los autos de sus padres, con camisetas
nuevas e impecables ninguno trae pelota.
Durante un lapso predeterminado de tiempo se inician en la práctica
del deporte argentino por excelencia; tienen un profesor, pelota
artificial, luz artificial, césped artificial.
El gimnasio es amplio pero cerrado y no hay contacto ni con la luz
del sol ni con el aire de la tarde.
Los veo y mientras continúo caminando de regreso al hogar
no puede dejar de recordar a mi fútbol infantil.
Teníamos una cancha en una manzana baldía ubicada
a la vuelta de casa y las calles eran aún de tierra. La alcantarilla
marcaba el límite de ese nuestro mundo con aroma a alfalfa
y trébol; el ruido a agua corriendo nos acompañaba
mientras iba calle abajo rumbo al arroyo.
Esperábamos los viernes con ansiedad, todos íbamos
a la primaria de mañana; así que después de
almorzar corríamos al potrero a dar comienzo a los primeros
picados que se prolongaban hasta casi entrado el sol.
La cancha fue totalmente hecha por nosotros. Varias tardes nos corrimos
hasta el Paso Peraca con hachas o serruchos, tomados de los galpones
de nuestros padres, y elegíamos los fresnos más altos
y derechos, de los que había en las márgenes del arroyo.
Cortarlos y transportarlos fue toda una odisea, pero el sacrificio
valía la pena. Una vez en el terreno hubo que cavar los pozos
y engarzar los troncos hasta formar los arcos; que alegría
! cuando los vimos parados por primera vez.
Todas las rayas del perímetro y las áreas también
fueron marcadas a pala y caladas por nosotros con cal sustraída
a algún tío bondadoso.
Una vez concluido el predio con todos los detalles, decidimos encarar
otro emprendimiento de importancia, la compra de las camisetas para
todos.
El dinero era escaso así que hubo que ingeniárselas
y ponerse manos a la obra. Nos llevó varios meses lograrlo
mientras acometíamos cualquier tipo de tareas a cambio de
alguna moneda; limpiamos vidrios, barrimos veredas, juntamos botellas,
cartones, vidrios; recorrimos todos los barrios de la ciudad en
busca de elementos que nos pudieran ser de utilidad.
Cuando al fin llegamos a la suma establecida, se formó el
conjunto con unas hermosas camisetas verdes con vivos blancos imitación
de las de Ferrocarril Oeste; ese club chico que jugaba los domingos
en primera y que escuchábamos por la radio, relatado tan
bien por el apodado Relator de America ( José Maria Muñoz)
Pasamos tardes maravillosas entre gambetas, algunas facturas, agua
fresca de una bomba del caserón de enfrente y ya un poco
más crecidos algún cigarrillo de apuro escondido debajo
de un carro que habían dejado abandonado en el centro de
nuestra manzana.
Todo era amistad, solidaridad y la vida más serena como respetando
al tiempo.
El dueño de la pelota por más malo o gordo que fuera
jugaba siempre, y generalmente los Reyes Magos nos salvaban con
algún fútbol número 5 de cuero, como el de
los profesionales.
Una vez comenzado el Nacional nos fuimos alejando de esa hermosa
y querida cancha; llegó el asfalto y luego la manzana se
pobló de bellas e innumerables casas que la borraron por
completo.
La verdad lo que borraron fue el espacio físico; pero esas
tardes con sus aromas, el cansancio, los sueños y la camaradería
no lo podrán borrar jamás de los once corazones de
los que formáramos aquel equipo hace más de treinta
años.