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POMPONES DE LANA Recuerdo que en 4to grado de la escuela primaria cuando una tía que amaba tejer me enseñó a hacer pompones de lana para pasar el rato. Ya con cierta "inclinación comercial" desde chico comencé a fabricar pompones de variados colores, tamaños y volumen, que al principio vendía en el circulo familiar que, aunque sabía que era un mercado reducido y las compras eran más por compromiso o para evitar producirme una sensación de fracaso, me daba mis alegrías de tener un par de Pesos Argentinos en el bolsillo y soñar con ser un nuevo Rockefeler. Dije "al principio", pues mi ambición llegó más allá y mientras mis amiguitos disfrutaban de tardes en la plaza o jugando, como era lógico de cualquier niño de esa edad, yo me quedé encerrado en mi casa una semana fabricando pompones de lana. Un nuevo mercado me esperaba: el que quedaba "familia afuera". Para mis amigos era un misterio mi ausencia de las carreras de bici, mis regresos a casa tempraneros y apurado y mi negativa a salir a jugar como solíamos hacerlo, pero tenía un negocio que debía mantener en secreto si lo quería hacer prosperar. Solo era cuestión de encontrar la estrategia justa, lo que luego conocería en la universidad como Plan de Marketing. Y dije, quién no va a ayudar a una escuela? Sin saber de leyes penales y haciendo mis primeros pasos en la mentira premeditada, me largue al mercado con el slogan: "Pompones de lana para juntar dinero para la Cooperadora del Colegio Sagrado Corazón". ¿Qué madre por un Peso Argentino podía dejar de comprar un pompón a un niño parado en la puerta con cara de "si no me compra un pompón tal vez el Colegio cierre por falta de fondos"? El primer día fue de maravillas y ya el segundo un rotundo éxito. Recuerdo aún que tenía que esconder la plata porque pensaba que mi papá no me creería que hacía tanto dinero (relativo, no?) vendiendo pompones a los 9 años de edad. Ya después la empresa creció y decidí organizar las calles que recorrería cada día para no dejar una casa sin visitar. La gente se moría al verme ahí repitiendo una y otra vez la frase de la ayuda a la Cooperadora del Colegio y elogiaban mi esfuerzo por tan noble causa. Tanto que un día fui a dar con una casa, donde no me atendieron el primer día, pero que decidí volver al siguiente porque era muy linda y suponía que ahí me iban a comprar varios pomponcitos. Y fue así nomás, mi palpito era correcto. Me atendió una chica muy sonriente que luego de escuchar mi frase sonrió mucho más, lo que me llamo mucho la atención, pero luego que me comprara 3 pompones no le di mayor importancia y proseguí con mi "negocio". (Reflexión: Dios te da muchas oportunidades y el destino siempre te "advierte". Si uno es demasiado ambicioso las cosas van a empezar a salir mal. Y así fue nomás. Es por eso que la empresa tuvo un final catastrófico y con un remanente de stock muy abultado, pero las pérdidas monetarias y de tiempo fueron pocas. Al día siguiente de aquella gran triple venta en aquella casa maravillosa en la que esa chica sonrió tanto, me encontraba formado en la fila de entrada a la escuela cuando antes de izar la bandera la Directora de la escuela interrumpió tan sagrado momento para decir unas palabras que me llegaron al corazón y tan profundo llegaron que me lo paralizó por un instante, y no porque hablara del orgullo de pasar a izar la bandera sino que se refirió a que alguien estaba vendiendo pompones en la calle en nombre la Cooperadora del Colegio y yo no podía mas que darme por aludido ya que era casi imposible que a alguien se le hubiera ocurrido la misma idea y en el mismo momento que a mí. Terrorífico. Aquella linda casa, con la chica sonriente y ganadora del premio al mejor comprador no era más que la de la Directora y aquella muchacha era su hija. La ambición me llevó a ni siquiera tomar recaudos de caer a vender en la casa de alguna maestra o, lo que era mas riesgoso aún, en la de la propia Directora del Colegio. El momento que pasé desde que fuimos al aula y el primer recreo en el que fui citado a una entrevista exclusiva con la señora Directora fue eterno. No le dejé más opciones que llamar a mis padres a presenciar el momento de la confesión de los hechos. No fue para tanto, recuerdo que todos se reían y mi castigo no fue tal. Simplemente un momento de vergüenza por mi mentira y un "que no se repita". Hoy pienso que tal vez la señora Directora tendría visión de futuro y, habrá pensado que no me debía castigar por eso, simplemente porque sabía los momentos difíciles que venían (que hoy llegaron) y que esa era una muestra de que me estaba preparando bien para rebuscármela haciendo algo si era necesario. Es el día de hoy que cada vez que me viene ese recuerdo a la mente sigo pensando en el mensaje que me ha querido dar la vida.
Paki |
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