Despertar de los sentidos

Casi no me reconozco en las fotos de mi niñez. Una niña seria, introvertida, mediocre, educada (muy a mi pesar) entre los altos muros de un colegio de monjas donde dejé una moral represiva. La falda de cuadros escoceses era un auténtico coñazo que había que soportar como una cruz (cómo picaba la muy condenada), todas igualitas uniformadas como una manada de carneros que seguían a la voz de la religiosa de turno. Soñaba con el día que puediera escapar de aquel colegio que para mí era algo así como una prisión.
Recuerdo que a los 12 años, una edad en la que empieza a despertarse el interés natural por la sexualidad, soñábamos con el prototipo de hombre ideal (con los años me di cuenta que ni siquiera existía el primo segundo del príncipe azul). Ninguna de nosotras había dado un beso en los labios a un chico, así que teníamos la curiosidad y por otro lado el miedo de no saber cómo sería aquel ósculo. Evidentemente, a las monjas no se lo íbamos a preguntar, así que optamos por comprar revistas femeninas algo subiditas de tono para nuestra mentalidad inocente. Recuerdo que cuando mirábamos la sección de "consultorio sexual" nos quedábamos con cara de aleladas porque no nos enetrábamos de casi nada. Por suerte, contábamos con la traducción de las repetidoras que estaban más puestas en el tema. Ahora me río cuando me acuerdo de aquellos momentos en los que nos reuníamos en el cuarto de baño, como si fuésemos una secta proscrita, para ojear páginas de revistas que nos hablaban de algo tan natural como la sexualidad humana.
Aquella niña de faldita a cuadros pronto tendría la necesidad de salir de su caparazón hacia el exterior, de abrirse al mundo con todas sus consecuencias. La primera de ellas fue descubrir que, en contra de mis predicciones, no sonaron violines de fondo cuando di mi primer beso, con trece años(pero bueno, ¿y para esto tanto misterio?). Como también aprendí que cada beso es un acto personal, y no hay dos iguales ni se trata de ir a una maratón a ver quién despliega más habilidades. Se puede sentir más con una mirada prolongada más segundos de lo normal o con el tacto en unas milésimas de segundo de la persona que deseas.
Pero al fin y al cabo siempre quedan aquellos tabúes de la infancia, que a veces se recuerda con más o menos extrañeza. Aunque haya tenido todas las comodidades en mi infancia, cuando fui verdaderamente feliz fue cuando hice trizas aquella falda de cuadros que me aprisionaba hasta el alma: cuando salí de esos muros para mostrarme al mundo cómo soy y empezar de nuevo a marcar mi camino yo sola.


Alejandría

21 años
Residencia: Sevilla, España
Ocupación: estudiante
Hobby: viajar


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