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Verano caliente. Sol rajante
que descubre cada oasis de sombra. Allí en el
campo, esa sombra del follaje verde, es lugar bendito del descanso, del
alto
reparador, es también techo que cobija del aguacero, es el rancho
natural,
pausa y refugio de caminantes.
La tierra fértil se abre a las semillas generosas, presencia del
amor de
Dios, regalándonos su magia, aún en esos días de
fuego, de sol ardiente,
cuando solo corretean sobre la tierra caliente esas diminutas y ágiles
lagartijas verdes. Un catre bajo el alero del rancho, permite el sosiego
y
el sueño reparador. Allí estaba Pedro, el "Negro",
ese chaqueño curtido
encargado del lugar, junto a Juan, su ayudante. Adentro, su mujer, Zunilda.
Todo es quietud, todo es silencio, en momentos quebrado por el trino de
un
jilguero o el cacareo de alguna gallina. Ahí, afuera,
el astro de vida se
señorea y hace brillar el verde del alfalfar pintado con sus flores
lilas
visitadas por mariposas que se posan juguetonas agitando sus alas amarillas.
Tonos de verdes que se mueven en hojas temblorosas salpicadas de colores
luminosos en los frutos. Jardín multicolor y hortalizas de almácigos
trabajados con cariño y esperanzas.
Todo es verde, todo está pintado por la paleta del Creador. Todo
es belleza
y sosiego. Placidez que es testigo del paso perezoso de las horas, hasta
que el paisaje se tiñe de brillo rojizo bajo el sol poniente que
alarga las
sombras.
Pedro se levanta, va a la bomba y refresca su cara "tajeada"
por el paso del tiempo al aire libre, agua fresca con la que moja también
su nuca afiebrada.
Zunilda acerca un mate, que va pasando en una repetida ronda fraterna
de los tres. ¡Vamos...! le dice el "Negro" a Juan, y salen
para afuera, acariciados por el sol de esa media tarde. El día
va cayendo en el horizonte. Cuando llegan al claro, traspasada la arboleda,
miran aterrados el cielo y lanzan al unísono un grito indio: ¡Langostas!
¡Viene una manga de langosta!
¡Patrón... se nos viene una manga de langostas muy grande...!
Y todo el
mundo corre adentro, cierra puertas y ventanas, con sus postigos abiertos
para mirar hacia afuera. Ya no hay tiempo para más... pero los
hombres,
presurosos, intentan defender su trabajo, su ambiente... tratan de impedir
la llegada de ese azote...
En esa paz circundante, de repente, esos gritos y ese ruido sordo rompiendoel
éxtasis... Se agiganta velozmente un zumbido que está preñado
de miedo... de angustia. Una invasión se desploma y sobre los vidrios
de las ventanas cerradas, se estrellan mil cuerpos, salpicando de amarillo
en su estallido.
Son miles de langostas marrones, de largas alas y feroces patas
aserruchadas, que se posan por doquier, cubriendo todo en un manto movedizo,
que "muerde" y "tritura" la vida vegetal.
Yo llegaba a casa a la carrera, porque desde el camino vi hacia el oeste
esa
enorme nube negra que rápidamente aumentaba de tamaño y
supe que eran langostas en su ruido de mil ventiladores, con su ulular
de alas cada vez más cerca. Traspuse de un salto la tranquera,
encarando la alameda de
casuarinas florecidas en penachos anaranjados, cuando sentí sobre
mí los
golpes de esos bichos zancudos. Cubriéndome con mi sombrero, en
mis zancadas iba pisando "barro" que "explotaba" a
cada paso. Alerta mi madre, entreabrió la puerta y me "zambullí"
adentro, jadeante, junto con algunas visitantes, de las que rápido
se encargaron dos gatos de la casa.
Mangas de langostas... mejor no experimentar su presencia. Nadie se imagina
ni espera ser sorprendido así, en un día tan brillante,
de sol radiante, en ese paisaje de trabajo y gozo cotidiano, ni menos
que de la noche a la mañana desaparezcan hojas y flores y hasta
la corteza de los tallos más tiernos de las plantas.
Todos cargamos la frustración, porque los esfuerzos realizados
para evitar
el inmenso daño fue en vano. Ni las fogatas, ni el humo, ni los
ruidos
provocados sirvieron. Es un momento triste para el espíritu atormentado,
angustiado, en el que la gente se desespera por espantar esa desgracia,
procurando que no aterricen, que sigan en su viaje destructor... pero
es
inútil... allí están... allí se quedan...
A la mañana, vuelve el astro sol a mostrarnos el panorama. Todo
quedó
pelado, da tristeza... Solo se ven ramitas blancas cuando levantan vuelo
para continuar su fantasmal migración...
La manga de langosta ya se fue, después de su siniestra "poda"
realizada en un tiempo breve que parece un siglo. Ha comido y desovado
y, claro, debemos encontrar dónde lo hicieron. Esas langostas depositan
sus cientos de huevos como pequeñas larvas blancas en orificios
que hacen en la tierra, generalmente en lugares soleados y los cubren
con una "baba" blanquecina.
Las palas trabajan dando vuelta el terreno, dejando a la vista esos huevos,
sobre los que se derrama kerosén y se lo enciende fuego. Probablemente
se
destruyen muchos huevos, probablemente mueren muchas larvas, pero después,
siempre, aparecen de a miles, pequeñas langostas "saltonas"
más voraces que sus progenitoras, porque deben crecer, y porque
permanecen en el lugar todo el tiempo necesario para desarrollar sus alas
y así poder volar y seguir su migrante camino devastador. Crecen
rápidamente devorando todo lo que encuentran en su saltarín
desplazamiento.
Cuando empezaron a nacer esos pequeños monstruos, el "Negro",
Juan, los
peones, incluso con la ayuda de los chicos, cavaron zanjas y tendieron
las
barreras de chapas de zinc en estratégicos bretes hacia los que
fueron
"conduciendo" a esos millares de "saltonas" que aparecieron
pese a la
destrucción de nidadas que se hizo en la cuidadosa búsqueda
de los desoves.
Se "arrearon" a las "saltonas" hacia esa "trampa" y así fueron conducidas
hacia su destino de muerte. Las bañaron con kerosén y les encendieron
fuego. Los lanzallamas "cocinaban" a esos insectos indeseados. ¡Cuántas
langostas "saltonas" eran, mi Dios...! Tengo vivo en mis retinas e incluso
aún "siento" en mis manos sus movimientos, de cuando "descolgábamos" de
los troncos de los árboles esos "enjambres" que formaban. Es una experiencia
muy excitante, muy fuerte e inolvidable.
Paradoja de la naturaleza. Autodestrucción del medio ambiente, como tantas
veces lo hace el fuego y el agua, pero que se recompone. Es una realidad
que el hombre siempre ha tratado de mitigar, tal vez contradiciendo el
ciclo de la vida... que él mismo modifica y destruye todos los días...
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