EL ULTIMO VERANO
Aquel verano terminaban para mí muchas
cosas hermosas e importantes, tan importantes y hermosas como difíciles
de precisar y explicar. La única diferencia palpable y concreta
consistía en que, para el verano próximo, habría
cumplido trece años. Había conseguido estirar la vida
y las ideas de la infancia hasta los doce años, pero ahora
la adolescencia pugnaba por abrirse camino tratando de dejar atrás
una época que se resistía con vehemencia a tal cambio
y para la cual ya parecía demasiado tarde. Sabía que
al terminar aquel momento fugitivo en representación de todo
el verano muriente y de toda la acabada edad, yo ya sería otro.
En tanto miraba por una vez más, qué hermosas se veían
las imponentes montañas alrededor del río que serpenteaba
a sus pies, como queriendo también escapar de su inevitable
destino. A lo lejos se divisaban los puntos oscuros de los caballos
que vagaban dentro del pequeño valle en completa libertad.
El sol último, por el otro lado, teñía de rojo
el precario puente y los dos bajos edificios que conformaban el complejo
de las termas con el hotel correspondiente. A nosotros, digo mis padres
y yo junto a una treintena de personas más, nos correspondía
la humilde construcción al otro lado del río, la que
estaba arrendada por la obra social de los petroleros. De todos modos,
de poder elegir, no hubiera cambiado por nada la calidez de nuestro
paraje, circundado por una vegetación que contrastaba con lo
árido de los alrededores y que además contaba con la
agradable familia que administraba el lugar, más los huéspedes
que conformaban un alegre y unido grupo humano. Pero si quiero ser
totalmente sincero, el verdadero motivo que me impulsaba a esa elección,
era la presencia de la Nelly, la hija de los caseros.
Las veces que la habré soñado en las cálidas
tardes de esas obligadas siestas plagadas de mosquitos y olor a espiral.
Ella no era gran cosa, pero tenía unos ojos entre tristes y
maliciosos que parecían invitar a cosas que yo aún no
comprendía muy bien. Me la figuraba recostada entre la maraña
verde, con el olor al río cercano, ofreciéndome aquel
sueño prohibido. Hubiera preferido mil veces estar tendido
junto a ella que participar en las correrías y juegos que incansablemente
perpetrábamos los chicos que integraban la efímera banda
de cada verano.
Pero allí, al aire libre, así hubiera querido yo. Estoy
seguro que hasta me parecería linda. Pero jamás me animaría
a concretar ese oculto deseo. Tenía un miedo terrible de que
la Nelly se echara a reír en mi cara y me hiciera una cruz
a aquellas ganas inmensas de ser hombre que ya pugnaba por asomar.
A mí alrededor, con precisión espontánea y sorprendente,
la vida de las personas a las que había visto desde siempre
parecía mantenerse igual que uno, tres, seis años atrás,
solo que todo el mundo parecía haber crecido un poco. Quizás
hacia la muerte, pensé por primera vez.
Las bromas de Santiago, el pintor de paisajes, eran las mismas de
siempre y sin embargo sonaban frescas entre los rostros familiares
luego de casi un mes de convivencia. Me hubiera gustado tomar una
foto de alguno de esos instantes en que todo el grupo se juntaba en
el amplio comedor. La fotografía hubiera estado muy bien, puesto
que la fortuita circunstancia que nos había reunido, acaso
por una vez en nuestras vidas, tipificaba enteramente el relativo
momento histórico y de honda significación que tenía
para mí.
La noche de despedida se organizaba un baile, coincidentemente con
el fin del carnaval. Los chicos queríamos disfrazarnos y recurrimos
a la mamá de la Nelly. A Cacho, a Seba y a mí, nos convirtió
en improvisados árabes con la ayuda de unas viejas sábanas
y un corcho quemado con el que nos forjó unos finos bigotes.
Ignacio y Lalo fueron transformados en dudosos indios merced a unas
viejas bolsas de arpillera a las que desflecó y adornó
con apropiados dibujos. Finalmente, Juancito, se tornó en "cow-boy"
con la ayuda de un viejo sombrero, un pañuelo al cuello, un
poco de papel crepé y la recurrencia al corcho quemado. Con
esos atuendos irrumpimos en el salón donde ya sonaba la música
con todo el volumen de un viejo combinado de mesa. Estabamos inmersos
en nuestros roles, gritando y corriéndonos entre las mesas,
cuando noté la aparición de la Nelly enfundada en un
luminoso traje de hada. Dejé de correr y me quedé mirándola
embelesado esperando a que me tocara con su varita mágica !
para convertirme en un bello príncipe del que quedaría
totalmente prendada. Por supuesto, no ocurrió nada de eso,
solamente se dignó a dedicarme una fugaz mirada y continuó
su pavoneo por el salón. De todos modos a mí solo me
bastaba verla y jugar con mi imaginación.
Cuando el tren de la mañana hizo sonar su silbato y con una
fuerte sacudida comenzó moverse, comprendí absolutamente
que jamás se repetiría aquella etapa. A medida que tomábamos
velocidad, veía con dolor como quedaba atrás para nunca
regresar, el último verano.
Jaime Victor Haimoff
Desempleado
61 años
Olivos - Buenos Aires (Argentina)
Escribile
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