EL LOCO

"... un día me pidieron en la escuela que realizara un trabajo sobre la ancianidad.
Nos reunimos con un grupo de compañeros y decidimos ir a visitar un geriátrico para poder hacer un buen informe para presentar.

Pactamos que el próximo sábado visitaríamos el geriátrico municipal.

Una vez allí, conversamos con los doctores, las enfermeras, las mucamas, estábamos reuniendo mucho material. Antes de retirarnos, el médico de guardia nos invitó a recorrer las instalaciones.

Pudimos observar a los abuelos haciendo distintas cosas, algunos jugaban a las bochas, otros miraban la televisión, otros escuchaban la radio, etc.

Cerca de la ventana había un anciano con una cajita muy apretada entre sus manos, con la mirada perdida en su particular paisaje. Me llamó la atención su cara arrugadita y su humilde pero elegante presencia.

Le pregunté a la enfermera quién era:
- Ese,... ese es el loco - me respondió.
- ¿Está demente?, Pregunté sorprendida, ¿qué hace acá?...

- Es manso, sólo mira por la ventana todo el tiempo, no habla con nadie y no le podemos tocar esa cajita que lleva encima, nadie lo visita, no tiene familia... - comentó indiferente la enfermera.

Luego de charlar un rato, agradecimos por la atención y nos retiramos conformes porque habíamos obtenido suficiente información, teníamos bastante para trabajar.

Los días pasaban, yo no podía dejar de pensar en ese hombre, me preguntaba que le pasaría, había otros abuelos que estaban mal, pero ese me había dejado perturbada. No aguanté más y decidí ir a visitarlo.

Al llegar, el se encontraba como siempre mirando por la ventana, me acerqué despacito, porque al mismo tiempo me provocaba un poco de miedo.

- buenas tardes abuelo- le dije suavemente, pero él ni se movió...
- Lindo día para salir al patio ¿ no le parece?- ni siquiera movió la vista de la ventana
- No malgastes tu tiempo chiquita- me dijo otro abuelo
- Está loco, lleva años así, ni siquiera te va a mirar...

Varias veces le hablé sin conseguir ni siquiera una mirada, pero había algo en él que me atraía, no sé qué, pero necesitaba saber que le pasaba.
Cada vez que podía lo visitaba.

Habían pasado unos meses de infructuosas visitas interminables, así que decidí ir por última vez. Me acerqué como de costumbre:

- Abuelo... ¿cómo está?...
- Abuelo... quisiera charlar con usted...
de pronto se acerca el doctor:
- ¿Qué tal la samaritana? ... sin respuestas ¿no?, Nunca habló, no se porqué lo haría con vos- y sonrió.
- ¿Porqué no?- le contesté un tanto molesta por la forma en que me había hablado. Miré de nuevo al abuelo:
- ... fue un gusto conocerlo... no voy a poder venir más... hasta siempre...
Al darme vuelta para irme, el abuelo, sin mirarme, me toma la mano como impidiendo que lo deje, mi corazón empezó a retumbar dentro de mi pecho.
- Abuelo, ¿quiere que me quede?- le dije un tanto nerviosa.

Pero él ni me miró, ni me contestó, apretó fuerte mi mano y luego la soltó.
Me dirigí a casa sin decir a nadie lo que había sucedido.
Pasaron algunos días hasta que decidí volver. Ahora yo no preguntaba nada, simplemente le contaba todo lo que hacía, a qué me dedicaba, que pensaba en él y porqué siempre volvía a visitarlo.

Así pasaron varios meses.
Una tarde entre tantas cosas que le contaba, le dije lo mucho que había sufrido cuando perdí a mi abuela, lo mucho que la quería y cuanto la extrañaba y necesitaba todavía.

De pronto, el abuelo da vuelta su cabeza, y apoyando sus ojos en los míos, veo cómo deja correr una lágrima de esos ojazos transparentes. Me quedé muda, no supe que hacer ni que decir, un silencio me invadió y me retiré.

No me animaba a volver a verlo, sentía miedo, no quería lastimarlo pero algo muy dentro de mí me decía que tenía que ir.

Después de unos días regresé, pero él no estaba en la ventana como de costumbre, estaba en su cuarto, me desesperé, creí que le había pasado algo, corrí a su encuentro. Al abrir la puerta, sus ojos parecían esperarme.

No le dije nada.
Me senté a su lado y sólo lo observaba.
Pasaron, creo, un par de horas, de pronto, me toma la mano y me mira...

- No estoy loco, espero la muerte por años, no tuve el coraje de matarme... - me dijo, y volvió a cerrar sus ojos nuevamente.

Yo temblaba como una hoja, no entendía sus palabras, no sabía si gritar... si salir corriendo... me quedé con él... inmóvil.

Los ojos del abuelo volvieron a posarse en los míos... otra lágrima rodó.
De pronto estiró su mano y me entregó la cajita que siempre guardaba tan celosamente, la tomé, me levanté hecha un manojo de nervios y salí de ese lugar como envuelta en una burbuja, aislada del mundo. Al llegar a casa me desplomé sobre mi cama, pero no me atrevía a abrir la caja, no sé cuánto tiempo pasó hasta que por fin me animé.

Para mi sorpresa tenía un atado de cartas y unos recortes de diario.
Comencé por leer las cartas, eran unas bellísimas cartas de amor, un amor de años, eran del abuelo, se las había escrito su novia, quién después fue su esposa, pero que aún de casados le seguía recordando con dulces palabras el amor que por él sentía, mis entrañas se emocionaron, Cuánto amor! Cuánta dulzura! , mis sentidos se enloquecían de placer, mis ojos no paraban de bañar con lágrimas esas viejas hojas de papel...

Luego de leerlas las até como estaban.
Tomé los recortes de diario y el pánico se apoderó de mí, las noticias decían que una mujer había quedado aprisionada por el fuego en su cuarto, sin que los esfuerzos desesperados de su esposo pudieran salvarla...
No pude leer más...

Guardé todo en la cajita como estaba y salí corriendo hasta el geriátrico, pero para mi sorpresa, el abuelo estaba ahí... otra vez en la ventana... como siempre...
Me acerqué... no pude decirle nada. Le devolví la cajita, ni me miró... lo respeté...

Allí comprendí sus palabras...
- no estoy loco, espero la muerte por años, no tuve el coraje de matarme...
el no era loco, en todo caso, era un loco, muerto en vida, pero loco de amor..."


SOL. ( Patricia Castro)
Escribile al autor


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