LA MANO NEGRA
La escena se repetía cotidianamente, a excepción
de los fines de semana que podía ser circunstancialmente alterada.
Serían seis, siete, u ocho los años que tenía.
No recuerdo con precisión, generalmente me queda una leve insinuación
del tiempo en el que ocurrieron mis recuerdos.
Ahí estaba yo, acostado; y a mí lado Facundo, mi hermano
diez meses y medio mayor.
La noche hacía que la rutina no varíe sustancialmente.
Todo comenzaba con el horario, cada vez que el reloj marcaba las 22
hs, abandonábamos con resignación el televisor, y nos
íbamos a acostar a nuestro cuarto. Detrás, mí mamá
y mí abuela nos acompañaban tan incondicionales como siempre.
Una vez acostados ellas se sentaban a los pies de nuestras camas y cantábamos.
Cantábamos? Si, Mamá y la abuela se sentían tan
felices como nosotros cada vez que les pedíamos otra canción.
Así, "María Santana", "Cachito", y
"Santiago Querido", eran entonadas en ese clima particular
e inolvidable.
Cuando terminábamos de cantar nos hacíamos la señal
de la cruz y rezábamos en voz alta. Después, nos daban
un beso a cada uno, y en el mismo momento en que mamá apagaba
la luz nos decía:
-Que sueñen con los angelitos!
Y se iba, eterna, hasta el día siguiente.
Sin embargo aquella escena mágica y perfecta
no solía impedir que cierta sensación intolerable y perversa
se manifestara.
En silencio Facundo dormía repentinamente. Luego pasaban los
segundos, las horas y los minutos, el reloj continuaba avanzando incansablemente.
Y el tiempo transcurría, hasta quedar toda la noche en silencio.
En esa circunstancia ya no se oía el murmullo que provenía
del comedor, y que era resultado de la conversación que mamá
tenía con la abuela, cuando se quedaban jugando a las cartas.
Con ese aire de presencia desaparecía también la claridad,
y las luces se apagaban dejando la noche infinita e inmensa.
Yo estaba ahí, solo y desamparado. Desde mi cama, frente a mí,
apenas se divisaba una penumbra muy leve. Observaba, inmóvil,
la oscuridad amenazante que se me imponía decidida y parecía
jugar con mi impotencia. Sabía que cualquier movimiento sería
riesgoso, porque podría delatarme.
Pero el silencio y la oscuridad no eran lo más característico
de aquellas noches. Junto a ellos, algo extraño surgía
dominando el momento. Una figura difusa y acusante aparecía dibujada
con violencia sobre la pared del comedor, que estaba frente a mi pieza.
Aquella imagen, que parecía ser la representación de una
mano, cautivaba mi atención y paralizaba mi mirada.
Muchas veces, cuando esta situación se volvía insoportable,
decidía quebrar el silencio, y gritaba:
Mamá !!!! Mamá !!!!
Este era un recurso que, reiterado tres o cuatro
veces, no fallaba. Entonces, se encendían las luces y mamá
venía nuevamente a mi cama.
-Por qué gritás como loco, qué
te pasa?
-Mamá, la mano negra, la ví, estaba ahí.
Yo intentaba explicarle lo que había visto,
y le contaba cómo una mano negra aparecía y se esfumaba
inmediatamente desde el pasillo. Era cierto, yo sabía, y ella
tenía que saberlo. Entonces, se sentada a los pies de la cama
y escuchaba atenta cada una de las explicaciones que yo le daba.
Después, cuando menos lo esperaba, me dormía
del cansancio. Por supuesto, en la cama de mis viejos, donde no le tenía
miedo a nada.-
Juan Manuel Valentini
24 años
Cnel. Pringles (Argentina)
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autor
El Confesionario - Comentarios sobre el texto
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Comentarios de los lectores |
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18/11/2007 0:35:13 »» Alberto:
Un buen texto, aunque sencilla la redacción me gustó mucho |
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18/11/2007 0:26:50 »» juan:
sfdsf |
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17/11/2007 15:24:38 »» Raquel:
gracias por compartir este recuerdo! |
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